El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron. ¿Por qué no quieren los liberales y los masones decirte la Verdad?
CAPÍTULO I
LA MENTIRA FUNDACIONAL
Tesis central
El 24 de septiembre de 1810 no puede comprenderse seriamente como una simple y espontánea «gesta libertaria» nacida de la voluntad unánime del pueblo cruceño. Los acontecimientos fueron bastante más complejos. La documentación y la historiografía permiten reconstruir la intervención de dirigentes formados en Charcas, la llegada de emisarios vinculados a los movimientos revolucionarios de Chuquisaca y Buenos Aires, la movilización previa de Membiray y, finalmente, la deposición de las autoridades realistas y la constitución de una Junta que reconoció a la Junta de Buenos Aires.
Por eso, más que una insurrección espontánea surgida aquella mañana de septiembre, lo que encontramos es un proceso revolucionario previamente preparado, en el que participaron actores locales y agentes vinculados a los centros revolucionarios del Alto Perú y del Río de la Plata. La expresión «gesta libertaria» pertenece a una memoria histórica posterior. El historiador que quiera comprender lo ocurrido tiene que ir más allá de la celebración y volver a los hechos.
Porque una cosa es la historia. Y otra, muy distinta, es la historia convertida en mito.
I. Antes del 24 de septiembre: la revolución ya estaba en marcha

Antonio Vicente Seoane (joven revolucionario) frente a su padre, Antonio Seoane de los Santos (fiel a la Corona)
Para comprender lo sucedido en Santa Cruz hay que abandonar, por un momento, la imagen tradicional de una ciudad que despierta súbitamente el 24 de septiembre y decide liberarse. La realidad fue anterior. Las noticias de los levantamientos de Chuquisaca de 1809 y, posteriormente, de Buenos Aires en mayo de 1810 llegaron a Santa Cruz. Con ellas llegaron también hombres que habían tomado parte, directa o indirectamente, en aquel movimiento revolucionario.
Entre ellos aparece Antonio Vicente Seoane, formado jurídicamente en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Su regreso a Santa Cruz no fue políticamente inocente. Según la tradición historiográfica recogida por autores cruceños, Seoane y Juan Manuel Lemoine llegaron como emisarios relacionados con el movimiento revolucionario de Charcas y comenzaron a trabajar para conseguir adhesiones dentro de la ciudad.
Y aquí aparece un detalle particularmente significativo. Seoane no era simplemente un espectador de los acontecimientos. Había estado vinculado al movimiento de Chuquisaca. Había conocido de cerca las nuevas ideas políticas. Y regresaba precisamente a la tierra donde su propia familia había permanecido vinculada a la fidelidad monárquica.
La documentación historiográfica incluso conserva el contraste entre padre e hijo: Antonio Seoane de los Santos, padre de Antonio Vicente, aparece descrito como un hombre de firme lealtad a la Corona, mientras que su hijo había tomado otro camino político. La ruptura no era solamente política. En cierto modo, era también generacional.
El hijo regresaba con las ideas revolucionarias que había conocido en Charcas; el padre representaba todavía el orden político en el que Santa Cruz había vivido durante generaciones. No estamos, por tanto, ante una ciudad políticamente homogénea. Estamos ante una sociedad en la que las lealtades comenzaban a dividirse.
II. Seoane, Lemoine y Moldes: la conexión con los centros revolucionarios
A Seoane se sumó Juan Manuel Lemoine, también relacionado con el movimiento de Charcas. Pero el personaje que introduce un elemento todavía más significativo es Eustaquio Moldes. Moldes llegó a Santa Cruz vinculado a la Junta de Buenos Aires. Las fuentes históricas consultadas coinciden en señalar su intervención en el movimiento y su reconocimiento como enviado de aquella Junta.
Esto modifica sustancialmente la imagen de una revolución puramente local. No significa que los cruceños carecieran de iniciativa propia. Tampoco significa que todos los acontecimientos fueran dirigidos desde Buenos Aires como si Santa Cruz hubiese sido una simple pieza pasiva.
Significa algo más concreto y, precisamente por eso, más importante: la revolución cruceña estuvo conectada desde sus comienzos con una red revolucionaria que atravesaba Charcas, Cochabamba y Buenos Aires. La propia composición de la Junta formada el 24 de septiembre lo demuestra.
En ella encontramos a Seoane, Suárez, Salvatierra, Lemoine y Moldes. No es una composición que permita hablar fácilmente de una rebelión espontánea y aislada. Había una organización previa.
Había contactos. Había hombres que habían llegado desde otros centros políticos. Y había un objetivo político concreto: sustituir a las autoridades existentes y adherir al movimiento revolucionario que tenía en Buenos Aires uno de sus principales centros.
III. Membiray: el acontecimiento que precedió a la fecha oficial

El presbítero José Andrés de Salvatierra a caballo liderando a cientos de campesinos e indígenas a caballo en la región de Cordillera,
Pero existe un hecho todavía más importante. Cuando hoy se habla del «24 de septiembre», se suele presentar esa fecha como si fuera el comienzo absoluto del movimiento revolucionario cruceño. Eso no es exacto. Antes de la jornada de septiembre ya había ocurrido un levantamiento en Membiray, en la región de Cordillera. El protagonista fue el sacerdote José Andrés de Salvatierra, capellán vinculado a las fuerzas de la zona.
Las fuentes cruceñas sitúan este movimiento en agosto o septiembre de 1810; incluso existe una discusión historiográfica sobre la fecha exacta, con referencias al 10 de septiembre. Lo importante para nuestro propósito no es aferrarnos artificialmente a un día cuya cronología presenta discrepancias documentales.
Lo importante es el orden de los acontecimientos. Membiray precedió al movimiento del 24 de septiembre. Y allí se produjo una movilización que vinculó a criollos, militares e indígenas de la región. Carlos Dabdoub Arrien, recogiendo referencias de José Mariano Durán Canelas y de investigaciones posteriores, señala que el movimiento de Membiray se produjo antes del levantamiento de la capital y que allí Salvatierra y Antonio Suárez reunieron una fuerza considerable con participación indígena.
Otros trabajos que recogen la tradición historiográfica cruceña hablan incluso de centenares de hombres montados y de una importante participación de indígenas de las misiones de Cordillera. Por eso, el 24 de septiembre no aparece ya como un relámpago aislado. Es el siguiente capítulo de una revolución que ya había comenzado a moverse.
IV. Antonio Suárez y la cuestión militar
También merece atención la situación de Antonio Suárez. Su posición es importante precisamente porque muestra que la adhesión militar no puede darse por supuesta desde el principio. Suárez era segundo comandante de las fuerzas de Cordillera. La historiografía cruceña señala que fue ganado para la causa revolucionaria por los emisarios que actuaban en la región.
Esto tiene una consecuencia sencilla. Si los hombres que controlaban militarmente determinados puntos estratégicos tenían que ser persuadidos, significa que la estructura militar existente no había nacido revolucionaria. La lealtad a la Corona continuaba siendo una realidad.
Y esto vuelve a mostrarnos algo que la versión escolar suele ocultar: la sociedad cruceña de 1810 estaba dividida. No todos querían lo mismo. No todos entendían de la misma manera lo que estaba sucediendo. No todos consideraban que la ruptura con la monarquía fuese un acto de liberación. La revolución tuvo que conquistar adhesiones. Y eso es precisamente lo que hace que una revolución sea una revolución.
V. ¿Fue realmente «el pueblo»?
Aquí llegamos a uno de los puntos más delicados. La expresión «el pueblo cruceño se levantó» parece sencilla. Pero históricamente no basta. ¿Quiénes se levantaron? ¿Quiénes permanecieron fieles al rey? ¿Quiénes apoyaron el movimiento? ¿Quiénes fueron movilizados posteriormente? ¿Quiénes combatieron? ¿Y quiénes terminaron pagando el precio de una guerra cuyo significado político quizá no comprendían de la misma manera que sus dirigentes?
La respuesta es mucho más compleja de lo que deja entrever la frase «gesta libertaria». El historiador cruceño Humberto Vázquez-Machicado señaló una realidad particularmente importante: la Junta de Seoane, pese a pertenecer a la aristocracia urbana, no encontró sus principales apoyos dentro de su propia clase, sino entre artesanos y campesinos.
Y al referirse a la aristocracia cruceña, la historiografía de Vázquez-Machicado subraya que ésta permaneció en buena medida distante de la causa revolucionaria. Esto coincide con la observación de otros historiadores cruceños, entre ellos José Mariano Durán Canelas y Gabriel René-Moreno, sobre la resistencia de sectores privilegiados de la sociedad cruceña a la causa patriota.
El dato es importante. Porque obliga a modificar la imagen de una ciudad entera levantándose unánimemente contra España. No fue así. Había partidarios de la revolución. Había realistas. Había personas indecisas. Había sectores populares que posteriormente se incorporarían a la guerra.
Y había también miembros de las élites que permanecieron fieles al orden monárquico. La sociedad estaba dividida. Y una sociedad dividida no puede convertirse retrospectivamente en un pueblo unánime sin que la historia haya sido simplificada.
VI. La revolución de los dirigentes y la guerra de los pueblos
Existe aquí una distinción que conviene hacer con mucho cuidado. Una cosa es quién inicia políticamente una revolución. Otra es quién termina combatiendo en ella. Y una tercera es quién obtiene finalmente los beneficios del nuevo orden. Las tres cosas pueden ser diferentes.
La revolución política de 1810 fue impulsada inicialmente por determinados dirigentes: abogados formados en Charcas, militares que se incorporaron a la causa, sacerdotes comprometidos con el movimiento y emisarios vinculados a otros centros revolucionarios. Pero la guerra posterior necesitó hombres.
Muchos hombres. Campesinos, indígenas, artesanos, mestizos y habitantes de las zonas rurales terminaron integrándose en las fuerzas que combatieron durante los años siguientes.
La figura de José Manuel Mercado, el «Colorao», resulta especialmente reveladora. Después de la llegada de Ignacio Warnes, buena parte de las fuerzas patriotas locales se apoyó precisamente en sectores populares y campesinos.
Aquí aparece una paradoja histórica. La revolución puede comenzar en las manos de una minoría políticamente organizada y terminar convirtiéndose en una guerra en la que participa una parte mucho mayor de la población.
Pero eso no significa que quienes combatieron posteriormente hayan sido necesariamente los autores intelectuales del movimiento inicial. Y mucho menos significa que todos hubieran compartido desde el principio la misma concepción política.
VII. Del hecho histórico al mito fundacional
Aquí comienza la segunda parte de nuestro problema. Una revolución necesita legitimidad. No basta con conquistar el poder. Hay que explicar por qué se conquistó. Hay que encontrar héroes. Hay que establecer fechas. Hay que levantar monumentos. Hay que enseñar una determinada interpretación a las generaciones siguientes.
Y así nace lo que podríamos llamar una memoria fundacional. El 24 de septiembre adquiere entonces un significado que va mucho más allá del acontecimiento concreto ocurrido aquel día. Ya no es simplemente la deposición de una autoridad, la formación de una Junta y la adhesión a un movimiento revolucionario.
Se transforma en «la libertad». Los protagonistas pasan a ser «libertadores». La ruptura política pasa a ser «emancipación». Y quienes permanecieron fieles al orden anterior quedan, con frecuencia, reducidos al papel de obstáculos de la historia.
Aquí conviene detenerse.
No porque haya que negar la existencia de un movimiento revolucionario. Existió. No porque haya que negar la participación de cruceños. La hubo. No porque todos los que combatieron posteriormente fueran manipulados. Eso sería igualmente una simplificación.
La cuestión es otra. ¿Tenemos derecho a sustituir la complejidad del acontecimiento por una leyenda política? La respuesta del historiador debe ser no. La historia debe devolver a los muertos su propia complejidad.
VIII. ¿«Gesta libertaria» o revolución política?
La expresión «gesta libertaria» contiene ya una interpretación. No describe solamente un hecho. Lo juzga. Cuando decimos «gesta», estamos introduciendo una valoración heroica. Cuando decimos «libertaria», estamos identificando el acontecimiento con un determinado concepto de libertad. Pero la libertad no es una palabra mágica.
Para un católico, la libertad no consiste simplemente en separarse de una autoridad política. La libertad humana está ordenada al bien. La libertad no puede separarse de la verdad. Y ninguna revolución política puede convertirse automáticamente en una redención del hombre. Aquí la tradición cristiana introduce una distinción que la propaganda política suele olvidar.
No toda rebelión contra una autoridad es justa por el mero hecho de rebelarse. La autoridad puede ser legítima. Puede ser defectuosa. Puede ser ejercida injustamente. Puede existir una obligación moral de resistencia en determinadas circunstancias. Pero cada una de esas cuestiones necesita ser demostrada. No basta con invocar la palabra «libertad».
Por eso, desde una perspectiva católica tradicional, no podemos aceptar sin más la teología política implícita en determinadas celebraciones patrióticas: aquella según la cual la ruptura con el orden político anterior constituye por sí misma una liberación moral. La libertad política no sustituye a la salvación.
Una bandera no es un sacramento. Una república no es el Reino de Dios. Y una revolución no convierte automáticamente al hombre en libre.
IX. Una cuestión todavía más profunda: ¿de quién se liberó Santa Cruz?
Aquí aparece una pregunta que la historiografía oficial rara vez formula con suficiente crudeza. Si Santa Cruz se independizó de la Monarquía española, ¿qué ocurrió después? ¿Desapareció la dependencia? ¿O simplemente cambió de forma? La pregunta merece ser formulada, pero no debe responderse con una consigna.
Hay que estudiar los hechos. La relación posterior con Buenos Aires. La reorganización del poder en el Alto Perú. La formación de nuevas estructuras estatales. La subordinación posterior de Santa Cruz a centros políticos externos.
Las guerras internas. La creación de Bolivia. Y, finalmente, la posición de Santa Cruz dentro de la nueva república. Sólo después de estudiar ese proceso podremos determinar hasta qué punto la independencia significó autonomía efectiva para los cruceños y hasta qué punto produjo nuevas dependencias.
Por eso prefiero una pregunta histórica antes que una respuesta propagandística: ¿Qué cambió realmente para el hombre común de Santa Cruz después de 1810? Esa pregunta es mucho más incómoda. Y precisamente por eso es mucho más interesante.
X. Lo que podemos afirmar y lo que todavía debemos investigar
Llegados a este punto, conviene separar cuidadosamente los hechos de las interpretaciones. Podemos afirmar con fundamento que el movimiento de 1810 estuvo relacionado con la revolución de Chuquisaca y con los acontecimientos de Buenos Aires. Podemos afirmar que Antonio Vicente Seoane y Juan Manuel Lemoine tuvieron relación con los movimientos revolucionarios de Charcas.
Podemos afirmar que Eustaquio Moldes estuvo vinculado a la Junta de Buenos Aires y participó en el movimiento cruceño. Podemos afirmar que hubo un levantamiento previo en Membiray. Podemos afirmar que Antonio Suárez terminó adhiriéndose al movimiento revolucionario. Podemos afirmar que el 24 de septiembre se depuso al subdelegado Pedro José Toledo Pimentel y se constituyó una Junta.
Podemos afirmar que aquella Junta reconoció a la Junta de Buenos Aires. Podemos afirmar también que la sociedad cruceña no fue políticamente uniforme y que sectores importantes de la aristocracia local permanecieron fieles a la causa realista.
Todo esto está dentro del terreno histórico. Otra cuestión es afirmar que todo el movimiento fue una operación extranjera cuidadosamente diseñada desde Londres y Buenos Aires. Eso exige una documentación específica. Buenos Aires sí aparece claramente en la documentación disponible como centro político vinculado al movimiento.
La conexión con Charcas también es evidente. La eventual influencia británica es una cuestión historiográfica diferente y debe demostrarse mediante correspondencia, instrucciones, agentes, financiación o documentación diplomática concreta. No debemos adelantar la conclusión a la prueba. Un buen apologista no necesita exagerar. Le basta con demostrar.
XI. La memoria de los vencidos
Y aquí llegamos al punto que personalmente considero más doloroso. Cuando una revolución triunfa, suele escribir la historia desde la perspectiva de los vencedores. Los que vencieron tienen monumentos. Los que vencieron dan nombre a las calles. Los que vencieron aparecen en los manuales escolares. Los vencidos, en cambio, quedan reducidos a una nota.
Pero ellos también eran personas. Tenían familias. Tenían convicciones. Tenían una idea de justicia. Tenían una patria. Tenían una religión. Tenían una concepción del orden social. Y muchos de ellos no consideraban que obedecer al rey fuera una forma de esclavitud.
Por eso no podemos juzgar a los hombres de 1810 únicamente desde nuestras categorías políticas actuales. Hay que intentar comprender qué significaba para ellos la fidelidad, la autoridad, la religión, la monarquía y la comunidad. Eso no significa declarar que todos ellos tuvieran razón. Significa hacerles justicia histórica.
XII. Conclusión: no festejar el mito, sino estudiar la verdad
Yo, Richard Marcelo Romero Cossío, cruceño, no necesito aceptar una leyenda para amar a Santa Cruz. Precisamente porque la amo, quiero conocer su historia sin adornos. El 24 de septiembre de 1810 fue un acontecimiento decisivo. Pero no fue una escena sencilla en la que «todo el pueblo» se levantó espontáneamente para conquistar la libertad.
Fue el resultado de un proceso revolucionario que venía desarrollándose desde antes; un proceso en el que intervinieron dirigentes locales, hombres formados en Charcas, militares que fueron ganados para la causa, sacerdotes comprometidos con el movimiento y emisarios vinculados a otros centros revolucionarios. Membiray había precedido al levantamiento de la capital.
La Junta de Buenos Aires aparece vinculada al movimiento. La sociedad cruceña estaba dividida. Y sectores importantes de las clases propietarias permanecieron fieles al rey. Después vendría la guerra. Y con ella, el sacrificio de miles de hombres que probablemente nunca habían redactado una constitución, nunca habían discutido una teoría de soberanía y quizá tampoco comprendían las grandes disputas políticas de las élites.
Fueron ellos quienes terminaron poniendo el cuerpo. Por eso mi juicio histórico no puede limitarse a venerar a los vencedores. Quiero recordar también a quienes quedaron del otro lado. No porque todos fueran santos. No porque todos tuvieran razón. Sino porque también formaban parte de nuestro pasado. Y porque una historia que sólo honra a los vencedores termina convirtiéndose en propaganda.
Yo no niego la historia.La tomo en serio. No niego que hubo una revolución. Niego que tengamos que convertirla automáticamente en una epopeya. No niego a los protagonistas. Niego que debamos canonizarlos políticamente. Y, sobre todo, me niego a llamar «libertad» a todo aquello que simplemente rompe una cadena sin preguntarse qué viene después.
Porque la verdadera libertad no consiste solamente en dejar de obedecer a alguien. Consiste en ordenar la voluntad hacia el bien y la inteligencia hacia la verdad. Y esa libertad no la concede una revolución. La concede Dios. Por eso, para quien mira la historia desde la fe católica, la pregunta definitiva no es simplemente quién ganó en 1810.
La pregunta es mucho más seria:
¿qué concepto de hombre, de autoridad, de libertad y de sociedad comenzó a abrirse paso aquel día?
Esa será precisamente la cuestión que tendremos que seguir examinando en los capítulos siguientes.
Fuentes que fortalecen esta versión
He encontrado respaldo particularmente útil en material de Humberto Vázquez-Machicado, cuya obra tiene especial valor para este capítulo porque fue historiador cruceño y trabajó documentalmente sobre la historia regional. La Secretaría Municipal de Cultura de Santa Cruz reconoce su importancia como investigador histórico boliviano. (Cultura e Turismo)
También encontré una reproducción de material de la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos de Santa Cruz que recoge la llegada de Seoane y Lemoine, la intervención de Moldes, la adhesión de Suárez y el desarrollo del levantamiento del 24 de septiembre. (Seghscz)
El estudio de Carlos Dabdoub Arrien resulta particularmente útil para Membiray, pues recoge la tradición de Durán Canelas y referencias a las fuerzas reunidas por Salvatierra y Suárez antes del movimiento de la capital. (Icees)
Y hay un punto que me parece especialmente valioso para el argumento social del capítulo: la síntesis de materiales de Vázquez-Machicado conserva la afirmación de que la Junta de Seoane, pese a proceder de la aristocracia urbana, encontró apoyos especialmente entre artesanos y campesinos, mientras sectores de la aristocracia cruceña permanecían realistas. (Conectorium)
He dejado fuera de la versión principal la afirmación tajante de que «la dependencia nueva fue la de Londres y Buenos Aires». No porque sea imposible investigarla, sino porque Buenos Aires sí está documentalmente presente en las fuentes que hemos encontrado, mientras que para Londres necesitaríamos una cadena documental mucho más precisa. Esa distinción es exactamente la que nos permitirá que los capítulos posteriores sean combativos sin perder rigor histórico.
CAPÍTULO II
1808, EL AÑO EN QUE ESPAÑA DEJÓ DE SER ESPAÑA
Tesis central
El 24 de septiembre de 1810 no puede comprenderse mirando únicamente las calles, el Cabildo o los protagonistas de Santa Cruz. Para entender aquel día hay que retroceder dos años. Hay que volver a 1808. Porque antes de que Santa Cruz discutiera a quién obedecer, España ya había entrado en una crisis de legitimidad que estremeció los fundamentos mismos de la Monarquía. Carlos IV había caído. Fernando VII estaba cautivo. Napoleón había intervenido directamente en la sucesión de la Corona. José Bonaparte ocupaba el trono por decisión imperial. Las instituciones tradicionales se habían visto obligadas a reorganizarse en medio de una invasión.
Y entonces apareció la pregunta que cambiaría la historia de ambos hemisferios:
Si el Rey está ausente, ¿quién tiene derecho a mandar? Ése es el verdadero punto de partida. Sin 1808, no se entiende 1810. Y sin comprender 1808, resulta demasiado fácil aceptar la versión escolar según la cual todo comenzó espontáneamente con un súbito deseo de libertad. La realidad fue bastante más compleja.
I. EL HECHO — Quod est
La crisis de la Monarquía -19 de marzo de 1808: Aranjuez
La crisis no comenzó en América. Comenzó en la propia Corte. En marzo de 1808, el llamado Motín de Aranjuez precipitó la caída de Manuel Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando. Las fuentes del Museo del Prado sitúan la abdicación de Carlos IV el 18 de marzo, después del levantamiento iniciado el día anterior. (Museu do Prado)
Fernando VII apareció así como el nuevo rey. Pero aquella tranquilidad duraría muy poco. Napoleón ya había introducido tropas francesas en la Península bajo el marco del Tratado de Fontainebleau de 1807. El ejército francés no era ya una presencia distante. Estaba dentro de España. Y la cuestión dinástica se convirtió rápidamente en una cuestión de soberanía.
Mayo de 1808: Bayona
Napoleón convocó a Carlos IV y a Fernando VII en Bayona. Allí se produjo uno de los episodios más decisivos de toda la historia española contemporánea. Fernando renunció a la Corona en favor de su padre; Carlos IV, a su vez, cedió sus derechos sobre la Corona española a Napoleón; y el emperador francés colocó finalmente a su hermano José Bonaparte en el trono.
El Museo del Prado resume la secuencia con precisión: el 6 de mayo Fernando VII abdicó en su padre, que previamente había abdicado ante Napoleón, y éste designó a su hermano José como rey de España. (Museu do Prado)
La cuestión ya no era solamente quién ocupaba el trono. Era algo mucho más grave: ¿Podía una potencia extranjera disponer de la Corona de una Monarquía entera?
2 de mayo de 1808: Madrid se levanta

El pueblo luchaba en 1808 contra el invasor masónico francés, manteniendo la fidelidad a Dios y al Rey.
Mientras la crisis dinástica se desarrollaba en Bayona, Madrid explotó. El 2 de mayo, la población madrileña se levantó contra la presencia francesa. La represión posterior convirtió aquella jornada en el comienzo simbólico de una guerra que se prolongaría durante años. (Museu do Prado) Pero hay aquí una precisión que conviene hacer. España no quedó simplemente «sin gobierno». Quedó con varias autoridades que afirmaban actuar en nombre de la legitimidad del Rey cautivo. Y precisamente ahí comienza el problema que llegará hasta América.
II. LA CAUSA — Propter quid
Cuando el Rey estaba ausente, ¿dónde estaba la soberanía?
Éste es el punto que suele perderse cuando se cuenta la historia desde categorías políticas posteriores. En 1808, la cuestión fundamental no era todavía la independencia nacional de las futuras repúblicas americanas. Era la legitimidad del poder. Las Juntas que surgieron en la Península afirmaban ejercer provisionalmente el poder en nombre de Fernando VII. La Junta Central Suprema Gubernativa del Reino se instaló en septiembre de 1808 y juró defender la religión católica, la fidelidad a Fernando VII, sus derechos y soberanía, así como los fueros, leyes y costumbres de los Reinos. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Esto es importantísimo.
Porque demuestra que, al menos en el lenguaje político inicial de la crisis, la resistencia no se presentó como una revolución contra la Monarquía, sino como una defensa de la Monarquía frente al usurpador extranjero. Y esa lógica cruzó el Atlántico.
España y América todavía formaban un mismo problema político
Los territorios americanos de la Monarquía no recibieron la noticia de Bayona como espectadores extranjeros. La crisis los afectaba directamente porque formaban parte de aquella misma Monarquía. Una fuente contemporánea de Caracas resulta particularmente reveladora. En noviembre de 1808, sus autores declaraban su fidelidad a Fernando VII, hablaban de la defensa de la religión, de la conservación de la integridad de la Monarquía y proponían una Junta que ejerciera autoridad en nombre del Rey mientras éste regresaba al trono. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
La frase es extraordinariamente significativa: «mientras regresa al Trono nuestro amado Rey el Sr. Don Fernando VII». Eso no es todavía un manifiesto de independencia. Es una respuesta a una crisis de legitimidad. Y precisamente por eso debemos tener cuidado con las categorías posteriores.
La palabra «independencia», utilizada sin distinguir momentos y actores, puede hacer que 1808 parezca el comienzo de una ruptura que todavía no estaba definida de la misma manera para todos. Había criollos autonomistas. Había realistas. Había reformistas. Había revolucionarios. Había hombres sinceramente fidelistas. Y, sobre todo, había una institución común cuya cabeza había desaparecido temporalmente: la Monarquía.
III. LA CONSECUENCIA — Quid inde
De la fidelidad al conflicto
Aquí comienza el proceso verdaderamente peligroso. Cuando desaparece el ejercicio ordinario de la autoridad, otros poderes ocupan el espacio vacío. Primero fueron las Juntas. En la Península surgieron juntas provinciales que asumieron funciones de gobierno en nombre de Fernando VII. En septiembre de 1808 se constituyó la Junta Central Suprema, que pretendía coordinar aquella resistencia y actuar como depositaria de la autoridad real. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
En América ocurrió algo semejante. Pero apareció una diferencia fundamental: ¿Debían las provincias americanas obedecer a una Junta peninsular simplemente porque estaba en España? La pregunta tenía consecuencias enormes. Y aquí comienza a cambiar la naturaleza del conflicto.
No todo empezó como separatismo
Una fuente contemporánea de Caracas de 1808 muestra claramente el razonamiento inicial: conservar la religión, defender a Fernando VII, mantener la unión de los pueblos españoles y preservar la integridad de la Monarquía. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) La historiografía sobre el período ha señalado igualmente que entre 1808 y 1810 buena parte del movimiento juntista americano mantuvo la defensa de los derechos de Fernando VII como fundamento de su actuación. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) Esto no significa que todos los americanos pensaran igual.
Significa algo más importante: la ruptura de 1810 no puede proyectarse retrospectivamente sobre todas las posiciones de 1808. Primero apareció la crisis de legitimidad. Después aparecieron las disputas sobre quién debía ejercer el poder. Y sólo posteriormente, en determinados territorios y sectores políticos, esas disputas fueron adquiriendo una orientación abiertamente revolucionaria e independentista.
IV. 1809–1810: CUANDO EL VACÍO SE AGRANDA
La derrota española de Ocaña, en noviembre de 1809, abrió a las tropas francesas el camino hacia Andalucía. En enero de 1810 la Junta Central decidió trasladarse a la Isla de León y, finalmente, dejó el ejercicio del poder en manos de una Regencia. La propia documentación oficial explica que la Junta consideraba que las circunstancias exigían concentrar la autoridad en un Consejo de Regencia. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Y aquí aparece una precisión histórica decisiva. No es correcto decir simplemente: «España dejó de tener autoridad.» Lo que ocurrió fue más dramático y más interesante: la autoridad comenzó a disputarse. La Junta Central afirmaba poseer legítimamente el depósito de la soberanía. La Regencia recibió posteriormente esa autoridad.
Pero en América hubo territorios y grupos que cuestionaron que una institución peninsular tuviera automáticamente autoridad sobre ellos en semejantes circunstancias. El propio decreto de la Junta Central de enero de 1810 muestra hasta qué punto el problema americano estaba presente: se contemplaba representación de América en las Cortes y hasta se reservaba para las provincias americanas una forma de representación política. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) No era una cuestión secundaria. Era el corazón de la crisis.
Y entonces llegó 1810. Cuando la Junta Central desapareció, no desapareció el problema.
Lo heredó la Regencia. La documentación oficial de febrero de 1810 reconoce explícitamente que, ante el avance francés y la crisis de autoridad, la Junta Central había terminado por resignar en la Regencia el depósito de la soberanía que afirmaba poseer legítimamente. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Pero para determinados grupos americanos aquella solución ya no resultaba convincente. Y ahí la fidelidad comenzó a transformarse en autonomía. La autonomía, en algunos casos, en soberanía. Y la soberanía terminaría conduciendo a la independencia.
El proceso no fue instantáneo. Fue una cadena.
V. SANTA CRUZ ENTRA EN ESCENA
Y ahora podemos volver a Santa Cruz. Aquí comienza a adquirir todo su peso lo que estudiamos en el capítulo anterior. El 24 de septiembre de 1810 no aparece como un fenómeno aislado. Santa Cruz recibe el impacto de una crisis que llevaba dos años sacudiendo al mundo hispánico. La pregunta ya no era simplemente: «¿Somos libres?» La pregunta era mucho más concreta:
«¿A quién debemos obedecer?» Y esa pregunta tenía varias respuestas posibles. Fernando VII. La Regencia. Las autoridades virreinales. La Junta de Buenos Aires. Las autoridades locales.
O una nueva autoridad creada en la propia ciudad. Ahí está el núcleo político del problema. Por eso resulta insuficiente explicar el 24 de septiembre como una simple explosión espontánea de libertad. Había una crisis internacional. Había una crisis de legitimidad. Había una crisis institucional. Había intereses locales. Había redes políticas. Y había hombres que estaban preparados para aprovechar aquel momento.
Como vimos en el capítulo anterior, Antonio Vicente Seoane, Antonio Suárez, José Andrés Salvatierra, Eustaquio Moldes y otros protagonistas no aparecen en un vacío histórico. Forman parte de una cadena de acontecimientos que ya había comenzado a desarrollarse en Charcas, Buenos Aires y Santa Cruz.
La revolución cruceña de 1810 no nació de la nada. Llegó después de 1808. Y por eso 1808 es indispensable para comprenderla.
VI. EL ERROR DE MIRAR 1810 CON LOS OJOS DE 1880
Aquí aparece una de las grandes trampas de la memoria histórica. Nosotros conocemos el resultado. Sabemos que posteriormente surgirían repúblicas independientes. Sabemos que Fernando VII regresaría. Sabemos que las guerras terminarían destruyendo la antigua unidad política. Sabemos que Bolivia existiría como Estado independiente.
Pero los hombres de 1808 no conocían ese futuro. Y esto importa muchísimo. Una fuente contemporánea de la propia Caracas hablaba todavía de «la defensa de la persona y Sagrados derechos» de Fernando VII y de la conservación de la integridad de los dominios de la Monarquía. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Por eso debemos resistir la tentación de convertir todo lo ocurrido entre 1808 y 1810 en una sola revolución perfectamente planificada desde el principio. La historia fue más humana. Más desordenada. Más contradictoria. Y, precisamente por eso, más interesante. Hubo hombres que querían conservar la Monarquía. Hubo hombres que querían reformarla.
Hubo hombres que querían autonomía. Hubo hombres que querían una ruptura. Y hubo hombres que cambiaron de posición conforme cambiaban las circunstancias. La crisis abrió la puerta. Después entraron por ella distintos proyectos políticos.
VII. ¿Y QUÉ TIENE QUE VER TODO ESTO CON «EL 24 DE SEPTIEMBRE: LA HISTORIA QUE NO TE CONTARON»?
Tiene que ver con todo. Porque El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron no puede reducirse a una discusión sobre nombres, fechas o monumentos. Hay que comprender primero qué mundo político estaba desapareciendo. La versión escolar suele comenzar en Santa Cruz y terminar en la independencia. Nosotros estamos haciendo el camino inverso. Estamos retrocediendo hasta encontrar el momento en que comenzó a quebrarse el edificio. Y ese momento es 1808. No porque 1808 haya producido mecánicamente 1810.
Eso sería demasiado simple. Sino porque 1808 creó las condiciones extraordinarias que hicieron posible que en 1810 distintas fuerzas políticas disputaran la autoridad. Ésa es la diferencia. No estamos hablando de una chispa aislada. Estamos hablando de una estructura que se estaba derrumbando.
VIII. EL REMEDIO — Quid agendum
Comprender para no repetir
La lección de 1808 no consiste en repetir el viejo enfrentamiento entre «España mala» y «América buena». La historia seria es mucho más incómoda. La lección es ésta: cuando la autoridad legítima entra en crisis, el vacío no permanece vacío. Alguien lo ocupa. Y quien ocupa ese espacio termina imponiendo una interpretación de la realidad. En 1808, el problema comenzó con una crisis dinástica y una invasión extranjera.
Después aparecieron Juntas. Después una Junta Central. Después una Regencia. Después nuevas disputas sobre representación, soberanía y autonomía. Y finalmente, en varios territorios americanos, la ruptura. Santa Cruz llegó a 1810 dentro de esa tormenta. Por eso no podemos comprender el 24 de septiembre mirando únicamente aquel día.
Tenemos que mirar Bayona. Tenemos que mirar Aranjuez. Tenemos que mirar Madrid. Tenemos que mirar Sevilla. Tenemos que mirar Cádiz. Tenemos que mirar Chuquisaca. Tenemos que mirar Buenos Aires.
Y sólo entonces volver a Santa Cruz. Porque el 24 de septiembre de 1810 no fue el comienzo de la historia. Fue el resultado de una historia que ya llevaba dos años ardiendo. Y ésta es precisamente una de las preguntas que la historia oficial rara vez formula: ¿Qué ocurrió realmente cuando Santa Cruz decidió llenar aquel vacío de poder? Ésa será la cuestión que tendremos que seguir examinando.
Porque una cosa es declarar que una ciudad se liberó. Y otra muy distinta es preguntar: ¿De quién quedó libre, ante quién quedó obligada y quién terminó ejerciendo el poder después de aquella ruptura?
Ahí comienza la verdadera historia. Y ahí comienza también El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO III
EL CABILDO DEL 24 DE SEPTIEMBRE: QUIÉNES ERAN REALMENTE LOS “PRÓCERES”

La trastienda de la revolución no fue una masa espontánea, fue una estrategia política bien orquestada.
Tesis central
Hay fechas que la historia convierte en monumentos. El 24 de septiembre de 1810 es una de ellas. Cada año se repite la misma escena: el pueblo cruceño, unido y decidido, habría despertado espontáneamente a la libertad bajo la dirección de unos hombres excepcionales que hoy llamamos «próceres». Pero cuando dejamos por un momento el monumento y volvemos a los documentos, aparece una realidad bastante más compleja.
No encontramos una revolución surgida de la nada. Encontramos hombres que ya estaban vinculados a los movimientos de Charcas y Buenos Aires; emisarios que llegaron desde fuera; contactos políticos anteriores al 24 de septiembre; un militar que tuvo que ser ganado para la causa; una conspiración que buscó primero atraer al comandante de las fuerzas; y finalmente una jornada en la que la autoridad existente fue desplazada y sustituida por una Junta que reconoció la autoridad de Buenos Aires. (El Diario)
Esto no significa que nadie en Santa Cruz apoyara el movimiento. Sería absurdo afirmarlo. Las fuentes hablan de una concurrencia popular importante y de la participación del vecindario y de miembros del Cabildo. Lo que sí debemos preguntar es algo mucho más preciso:
¿Quién organizó políticamente aquella jornada, quién la condujo y qué proyecto de poder quedó establecido después? Ésa es la pregunta que la historia oficial suele pasar demasiado rápidamente. Y precisamente por eso, para comprender El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron, tenemos que mirar primero a los hombres que estuvieron detrás de aquella operación.
I. ANTONIO VICENTE SEOANE
El hombre formado en Charcas
Antonio Vicente Seoane ocupa un lugar central en esta historia. No apareció de repente en Santa Cruz el 24 de septiembre. Su trayectoria política se había formado en Charcas. Las fuentes históricas lo presentan como uno de los hombres que, después de la revolución de Chuquisaca de 1809, llegaron a Santa Cruz vinculados a aquella corriente revolucionaria. Un estudio histórico conservado por la Universidad Católica Boliviana señala que Seoane, recién doctorado en la Universidad de Charcas, fue enviado junto con Juan Manuel Lemoine para propagar las ideas de rebelión en su ciudad natal. (Pueblos Originários)
Esto cambia completamente la imagen del «héroe espontáneo». Seoane no era simplemente un vecino que aquella mañana decidió levantarse contra una autoridad. Llegaba con una formación política determinada. Y no venía solo. Con él estaba Juan Manuel Lemoine.
Ambos estaban vinculados al ambiente revolucionario de Charcas y trabajaron para conseguir apoyos entre los habitantes de Santa Cruz. La misma fuente señala que esa labor consiguió finalmente atraer a un militar decisivo: Antonio Suárez. (Pueblos Originários)
Aquí aparece un detalle fundamental. La revolución necesitaba organización. Necesitaba hombres. Necesitaba contactos. Y, sobre todo, necesitaba fuerza militar. Por eso Suárez era tan importante.
II. SEOANE Y LA FRACTURA DE LA ÉLITE
La historiografía cruceña de Humberto Vázquez-Machicado resulta especialmente interesante en este punto. Su interpretación de la sociedad cruceña permite observar que el movimiento revolucionario no representaba automáticamente a toda la élite local. La sociedad estaba dividida. Existía una generación vinculada al orden colonial y a la fidelidad monárquica, mientras otros sectores abrazaban las nuevas corrientes políticas.
Eso es fundamental. Porque una revolución puede triunfar sin representar a toda una clase social. Y puede incluso encontrar resistencia dentro de la misma clase de la que proceden algunos de sus dirigentes. Por eso la figura de Seoane debe ser estudiada con mayor precisión.
No era «el pueblo entero». Era uno de los hombres que consiguieron organizar una corriente política dentro de una sociedad dividida. Y ésa es una diferencia enorme.
III. JOSÉ ANDRÉS SALVATIERRA
La frontera se mueve antes que la capital
Si Seoane representa la conexión con Charcas, José Andrés Salvatierra representa otro elemento decisivo: la movilización en la frontera. Salvatierra era sacerdote y capellán vinculado al Fuerte de Membiray. Y aquí aparece uno de los episodios más importantes —y también más necesitados de precisión documental— de toda esta historia.
Diversas fuentes sitúan en agosto o septiembre de 1810 un movimiento revolucionario en Membiray anterior a la jornada del 24 de septiembre. Carlos Dabdoub Arrien, siguiendo a José Mariano Durán Canelas y otras referencias, sitúa un primer alzamiento en Membiray antes de la jornada de la capital. (Icees)
Esto significa que el 24 de septiembre no fue necesariamente el primer movimiento revolucionario producido en el territorio de Santa Cruz. La frontera ya estaba en movimiento. Y allí aparece la relación entre Salvatierra, Antonio Suárez, Eustaquio Moldes y las comunidades indígenas de la región. Pero aquí debemos detenernos un momento. Las cifras transmitidas por las fuentes no son uniformes. Algunas narraciones hablan de unos 300 hombres; otras mencionan fuerzas mucho mayores cuando incluyen contingentes indígenas de las misiones de Cordillera. Dabdoub, por ejemplo, recoge una fuerza de trescientos hombres montados y armados y más de mil doscientos indígenas, citando a Nino Gandarilla. (Icees)
Por eso no sería serio convertir una cifra discutida en una certeza absoluta. Lo que sí podemos afirmar con seguridad histórica es lo esencial: antes del 24 de septiembre ya existía una movilización revolucionaria en la región de Membiray. Y eso modifica la cronología tradicional.
IV. EUSTAQUIO MOLDES
El hombre que llegó desde Buenos Aires
Aquí la conexión externa resulta todavía más evidente. Eustaquio Moldes no era un dirigente nacido de la política local de Santa Cruz. Era un hombre vinculado al movimiento revolucionario rioplatense y llegó como emisario de la Junta de Buenos Aires. Las fuentes históricas consultadas son explícitas en este punto. Carlos Dabdoub señala que, después de la formación de la Junta de Buenos Aires el 25 de mayo de 1810, Moldes llegó a Santa Cruz con la misión de conseguir adhesiones y promover el movimiento. (Icees)
No estamos, por tanto, ante una simple coincidencia. Buenos Aires estaba intentando extender su autoridad política. Y Santa Cruz se encontraba dentro del espacio sobre el que aquella Junta pretendía ejercer influencia. Moldes tenía una misión. Y la misión era política. No llegó como turista. No llegó como observador. Llegó para conseguir adhesiones. Éste es uno de los datos más importantes para comprender El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron.
V. ANTONIO SUÁREZ
El militar que había que ganar para la causa
Aquí aparece quizá el detalle más revelador. Una revolución puede tener discursos. Puede tener abogados. Puede tener sacerdotes. Puede tener emisarios. Pero si pretende desplazar una autoridad establecida, necesita fuerza. Y Antonio Suárez tenía precisamente aquello que los conspiradores necesitaban: milicias.
Las fuentes consultadas describen que Seoane y Lemoine consiguieron convencer a Suárez para que abrazara la causa revolucionaria y movilizara las milicias bajo su mando. (Pueblos Originários) Pero antes habían intentado atraer a otro hombre. José Miguel Becerra. La narración histórica recogida por El Diario señala que los conspiradores intentaron primero que Becerra encabezara el movimiento. Becerra no aceptó. Entonces las miradas se dirigieron hacia Suárez, quien finalmente se convirtió en colaborador decisivo. (El Diario)
Este episodio es extraordinariamente importante. Porque demuestra que el movimiento no disponía desde el comienzo de un respaldo militar automático. Había que conseguirlo. Primero se intentó con Becerra. Becerra rechazó. Entonces se buscó a Suárez. Suárez aceptó. Y ese cambio pudo alterar completamente el desenlace. No es una leyenda romántica. Es política.
VI. BECERRA: EL HOMBRE QUE DIJO NO
José Miguel Becerra constituye el contrapunto perfecto. Mientras la memoria oficial suele presentar el movimiento revolucionario como una corriente irresistible, la historia de Becerra demuestra que existían hombres con autoridad militar que no aceptaron incorporarse a la revolución.
La documentación historiográfica recogida por diversas fuentes relata que Becerra rechazó la propuesta de encabezar el movimiento y posteriormente intentó resistirlo. Terminó huyendo hacia Cochabamba después de la pérdida de Membiray. (El Diario)
Esto es importante por una razón muy sencilla: si todos estaban convencidos, ¿por qué hubo que convencer a algunos? Y más aún: si la revolución era inevitable, ¿por qué Becerra pudo rechazarla? La respuesta es evidente. Porque la sociedad cruceña de 1810 no era políticamente uniforme. Había partidarios del movimiento. Había hombres indecisos. Había hombres fieles a la autoridad existente. Y había hombres que estaban preparados para utilizar la crisis en favor de un nuevo proyecto político. La historia real es mucho más compleja que una plaza llena de hombres que, al unísono, gritaron «libertad».
VII. EL 24 DE SEPTIEMBRE
Cuando la conspiración se convierte en poder

Ocurrió durante la fiesta patronal el uso de la fe popular como marco para la toma del poder político.
Y llegamos finalmente al día decisivo. Santa Cruz celebraba la festividad de Nuestra Señora de las Mercedes. La tradición histórica señala que una gran parte de la población se encontraba reunida en torno a la plaza con ocasión de la festividad religiosa. Posteriormente se produjo el llamamiento al Cabildo Abierto. (Scribd)
Aquí debemos ser rigurosos. Podemos afirmar que la concentración religiosa proporcionó una extraordinaria concurrencia humana en el centro de la ciudad. Pero no podemos demostrar, solamente con ese dato, que la festividad hubiese sido organizada deliberadamente como una «trampa» para ejecutar la revolución.
La diferencia es importante. Una cosa es decir: la concentración religiosa proporcionó el escenario y la concurrencia para una movilización política. Otra, mucho más fuerte, sería afirmar: los conspiradores organizaron la fiesta religiosa para utilizarla como instrumento revolucionario. Lo primero está documentado en las fuentes históricas.
Lo segundo requiere pruebas específicas. Y nosotros no necesitamos exagerar. La realidad ya es suficientemente significativa. Mientras la población se encontraba reunida, el movimiento político entró en acción. Según la reconstrucción publicada por El Diario, Suárez apareció acompañado por un piquete de soldados y una multitud, se desconoció la autoridad del subdelegado Pedro José Toledo y se constituyó una nueva Junta. La misma fuente señala que el nuevo gobierno reconoció mediante acta la autoridad de la Junta de Buenos Aires. (El Diario)
Éste es el punto que no puede desaparecer detrás de la palabra «gesta». Una autoridad fue depuesta y otra fue constituida. Eso es un cambio de poder.
VIII. ¿QUIÉNES ERAN REALMENTE LOS «PRÓCERES»?
Ahora podemos volver a la pregunta inicial. ¿Quiénes eran? No eran una masa anónima. Eran hombres concretos.
Antonio Vicente Seoane
Formado en Charcas y vinculado al movimiento revolucionario de Chuquisaca.
Juan Manuel Lemoine
También relacionado con Charcas y participante en la labor de propagación de las nuevas ideas políticas en Santa Cruz.
José Andrés Salvatierra
Sacerdote y protagonista de la movilización en Membiray antes de la jornada capitalina.
Antonio Suárez
Militar decisivo que fue ganado para la causa y cuya participación permitió movilizar las fuerzas bajo su mando.
Eustaquio Moldes
Hombre llegado desde el espacio rioplatense y vinculado directamente a la Junta de Buenos Aires.
La propia historiografía tradicional de la revolución reconoce esta combinación de actores locales y externos. Una fuente histórica boliviana resume precisamente la presencia de Seoane y Lemoine como emisarios de Charcas y de Moldes como emisario de Buenos Aires, junto con la adhesión de Suárez. (Pueblos Originários)
Por tanto, llamarles simplemente «próceres cruceños» puede ocultar algo esencial: sus trayectorias políticas no eran exclusivamente cruceñas. Había redes. Había influencias. Había proyectos que atravesaban las fronteras de la provincia. Y había una conexión evidente entre Santa Cruz, Charcas y Buenos Aires.
IX. ¿UNA MINORÍA SIN APOYO POPULAR?
Aquí debemos hacer una distinción que fortalece —y no debilita— nuestro argumento. No sería correcto afirmar que el movimiento no tuvo apoyo popular. Las fuentes hablan de una multitud y de una participación considerable del vecindario. Incluso algunas reconstrucciones hablan de miles de personas congregadas en la plaza. (studylib.es)
Pero de eso no se desprende automáticamente que: todo el pueblo apoyara la revolución; ni que: todos conocieran su alcance político; ni que: todos compartieran el mismo proyecto; ni mucho menos que: la mayoría hubiese elegido espontáneamente la independencia en el sentido que hoy damos a esa palabra.
Ésa es la distinción que debemos mantener. Una multitud puede participar en un acontecimiento sin haber diseñado su programa político. Un Cabildo puede expresar una decisión colectiva y, al mismo tiempo, estar condicionado por quienes controlan la fuerza militar y organizan la acción. Y una revolución puede obtener apoyo popular sin haber nacido espontáneamente de las masas.
La cuestión, por tanto, no es negar la presencia del pueblo. Es preguntar: ¿quién condujo políticamente al pueblo aquel día?
X. ¿PRÓCERES O CONSTRUCTORES DE UN NUEVO PODER?
Ésta es quizá la pregunta más incómoda. La palabra «prócer» ya contiene un juicio. Convierte al protagonista de una revolución en héroe antes de que el historiador haya terminado de estudiar lo que hizo. Nosotros podemos respetar a esos hombres como personajes históricos sin convertirlos automáticamente en modelos políticos. Seoane fue un revolucionario.
Salvatierra participó activamente en el movimiento. Suárez aportó la fuerza militar decisiva. Lemoine trabajó en la organización política. Moldes llegó desde el espacio revolucionario de Buenos Aires. Eso está documentado en diversas reconstrucciones históricas. (Pueblos Originários) Pero la pregunta histórica continúa:
¿Qué hicieron con el poder que conquistaron?
La respuesta nos lleva inmediatamente fuera del 24 de septiembre. Porque la Junta no quedó suspendida en el aire. Tomó decisiones. Ejerció autoridad. Envió hombres. Organizó fuerzas. Y terminó vinculándose al proceso revolucionario rioplatense. El movimiento, por tanto, no fue simplemente una ceremonia. Fue una transferencia efectiva del poder.
XI. LA CONCLUSIÓN QUE NO QUIEREN HACER
Después de estudiar los nombres, las conexiones y los acontecimientos, podemos decir algo con bastante seguridad: el 24 de septiembre no fue un acontecimiento aislado ni espontáneo. Fue el resultado de un proceso político que venía desarrollándose desde antes. La revolución de Chuquisaca había dejado emisarios. Buenos Aires había enviado agentes políticos.
Membiray ya había experimentado un movimiento revolucionario. Suárez tuvo que ser incorporado. Becerra se negó. Y finalmente las milicias fueron movilizadas en la ciudad. Después se convocó el Cabildo. Se depuso a la autoridad existente. Y se estableció una Junta vinculada a Buenos Aires. (Pueblos Originários) Esto no significa que cada habitante de Santa Cruz fuera un conspirador.
No significa que toda la población estuviera contra la revolución. No significa siquiera que todos los protagonistas tuvieran exactamente el mismo propósito. Significa algo mucho más concreto: la dirección política del acontecimiento estaba organizada antes de que la jornada terminara convirtiéndose en un acto público.
Y eso cambia completamente la interpretación.
XII. POR ESO NO FESTEJO EL 24 DE SEPTIEMBRE
Yo no necesito insultar a Seoane. No necesito convertir a Salvatierra en villano. No necesito negar la valentía de Suárez. No necesito negar que hubo cruceños que creyeron sinceramente estar trabajando por el bien de su tierra. La historia no necesita caricaturas. Necesita verdad.
Por eso precisamente me niego a aceptar que aquellos hombres sean presentados sin más como representantes espontáneos de todo el pueblo cruceño. Porque cuando uno estudia sus trayectorias encuentra otra cosa:
Charcas. Buenos Aires. Membiray. Milicias. Conspiraciones. Negociaciones. Un cambio de autoridad.
Y finalmente una Junta que reconoció la autoridad de Buenos Aires. (El Diario) Ésta es la pregunta que queda abierta: ¿Santa Cruz decidió libremente su destino, o fue incorporada a un proceso revolucionario mucho más amplio cuyos centros de decisión estaban fuera de ella? No responderemos esa pregunta con consignas. La responderemos siguiendo los documentos. Porque ése es precisamente el propósito de El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron. No destruir la memoria. Sino volver a examinarla.
No negar a los muertos. Sino preguntarles, a través de los documentos, qué hicieron realmente. Y cuando la historia deja de ser monumento y vuelve a ser investigación, los «próceres» dejan de ser estatuas. Vuelven a ser hombres. Con sus ideales. Con sus intereses. Con sus aciertos. Con sus errores. Y, sobre todo, con sus decisiones. Eso es historia. Y la historia, cuando se la toma en serio, no necesita propaganda. Necesita verdad.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO IV
EL PUEBLO “LIBERADO”: POR QUÉ LOS ACOMODADOS DE SANTA CRUZ ERAN MAYORITARIAMENTE REALISTAS
Tesis central
La historia oficial suele contar el 24 de septiembre de 1810 como si aquella mañana hubiera despertado una ciudad entera. El pueblo habría comprendido de repente que era hora de ser libre. Los próceres habrían interpretado ese sentimiento colectivo. Y la antigua sociedad colonial habría quedado, casi de un día para otro, frente a una multitud decidida a romper sus cadenas.
Pero cuando dejamos de mirar la estatua y empezamos a mirar la sociedad, aparece una realidad mucho más incómoda. Santa Cruz estaba profundamente dividida. Y uno de los datos más importantes de esa división es precisamente éste: buena parte de los sectores acomodados, propietarios y vinculados al antiguo orden permanecieron fieles a la Monarquía.
No es una interpretación inventada hoy. Lo escribió un historiador cruceño de enorme importancia: Humberto Vázquez-Machicado. Y sus palabras son suficientemente claras como para que merezcan ser tomadas en serio.
I. EL “HECHO INCÓMODO”
Humberto Vázquez-Machicado escribió: “El cruceño acomodado fue en su mayoría realista.” La frase es breve. Pero sus consecuencias son enormes. Porque si el sector acomodado de la sociedad cruceña era mayoritariamente realista, entonces la imagen de una revolución nacida de la totalidad de la sociedad comienza a resquebrajarse.
No significa que todos los ricos fueran realistas. No significa que ningún propietario apoyara la revolución. Y tampoco significa que las clases populares fueran automáticamente revolucionarias. Significa algo más concreto: el realismo tenía una base social importante precisamente entre quienes ocupaban posiciones económicas y sociales privilegiadas.
Y eso obliga a mirar de otra manera a los hombres que encabezaron el movimiento. Vázquez-Machicado llega incluso a señalar que Seoane y su junta, aunque pertenecían a la nobleza urbana, no encontraron seguidores suficientes dentro de su propia clase y casta. Su interpretación apunta así a una fractura dentro de la propia élite.
No estamos, por tanto, ante una lucha sencilla entre «el pueblo» y «los ricos». Estamos ante una sociedad dividida. Y ésa es una diferencia fundamental.
II. UNA GENERACIÓN CONTRA OTRA

Familias divididas por la lealtad al Rey: la brecha entre la vieja guardia colonial y la juventud idealista
Vázquez-Machicado describe aquella sociedad mediante una oposición generacional que resulta particularmente reveladora. Por un lado estaba la generación antigua: “la generación vieja, la colonial, española o criolla ‘goda’, firme en la fidelidad al orden antiguo”. Por otro aparecía una generación más joven, influida por las nuevas ideas políticas que circulaban por Charcas y por otros centros del mundo hispánico.
La fractura, por tanto, no fue simplemente económica. Fue también: generacional; política; cultural; y, finalmente, militar. Esto explica una aparente paradoja. ¿Cómo podía una revolución estar dirigida por hombres pertenecientes a sectores privilegiados y, al mismo tiempo, encontrar resistencia precisamente entre otros miembros de esos mismos sectores?
Muy sencillo. Porque las clases sociales no piensan como un solo hombre. Seoane podía pertenecer a la nobleza urbana y, al mismo tiempo, convertirse en adversario político de otros miembros de esa misma nobleza.
Eso no disminuye la importancia de Seoane. La aumenta. Porque demuestra que el conflicto fue realmente una lucha por el poder dentro de una sociedad fracturada.
III. LA FAMILIA SEOANE Y EL PESO DEL REALISMO
La cuestión resulta todavía más interesante cuando observamos el entorno familiar del propio Seoane. Gabriel René-Moreno describió a la familia Seoane como formada por personas que eran, según la expresión recogida por la historiografía cruceña, “realistas obstinados, incluso fanáticos”.
Si la propia familia de uno de los principales protagonistas revolucionarios permanecía vinculada al realismo, tenemos delante una prueba más de que la sociedad no estaba dividida según el esquema simplista:
revolucionarios = pueblo y realistas = extranjeros o tiranos. La realidad era mucho más incómoda. Había cruceños realistas. Había cruceños revolucionarios. Había familias divididas. Había propietarios que permanecieron fieles al Rey. Había hombres de posición social elevada que se incorporaron a la revolución. Y había sectores populares que terminarían desempeñando un papel fundamental en la guerra.
La historia deja de parecer una película de buenos contra malos. Empieza a parecer lo que realmente fue: una guerra política y social dentro de una sociedad que se estaba descomponiendo.
IV. ¿DÓNDE ESTABA ENTONCES LA BASE SOCIAL DE LA REVOLUCIÓN?
Ésta es la pregunta decisiva. Si una parte considerable de las clases acomodadas permanecía vinculada al realismo, ¿quién terminó sosteniendo militarmente la revolución? La respuesta comienza a aparecer con claridad durante la etapa de Ignacio Warnes. Cuando Warnes llegó a Santa Cruz en 1813, la situación social había cambiado profundamente.
Humberto Vázquez-Machicado observó que Warnes comprendió aquella realidad y buscó deliberadamente apoyo entre los sectores populares, llegando a organizar un cuerpo militar de pardos. El dato es significativo. No porque demuestre que todos los pobres fueran revolucionarios. Eso sería otra simplificación.
Sino porque demuestra que la revolución necesitaba construir una base social y militar diferente de aquella élite acomodada que en buena medida seguía siendo realista.
La guerra transformó la naturaleza del movimiento. Ya no bastaban las actas. Ya no bastaba el Cabildo. Ya no bastaban los abogados, sacerdotes, militares y hombres de posición que habían intervenido en los primeros acontecimientos.
Había que combatir. Y para combatir había que movilizar hombres. Muchos de ellos procedían de los sectores populares.
V. WARNES Y LOS “PARDOS”
Aquí aparece una figura que resulta imposible ignorar: Ignacio Warnes. Su llegada desde Buenos Aires marcó una nueva etapa. Warnes no solamente asumió el gobierno. También comprendió que el conflicto iba a resolverse en el campo de batalla. Y para ello necesitaba una fuerza militar capaz de sostener la causa revolucionaria. Vázquez-Machicado señala precisamente su acercamiento a las clases bajas y la organización de un cuerpo de «pardos».
Esto es importante porque rompe otro mito. La guerra de independencia no fue sostenida exclusivamente por las familias que aparecen en las actas. Las guerras no se ganan con firmas. Se ganan con hombres. Con campesinos. Con trabajadores. Con soldados. Con gente que marcha, combate, transporta provisiones y muere. Y en Santa Cruz esa realidad adquirió dimensiones enormes.
VI. MERCADO Y LA GUERRA DE LOS CAMPESINOS
José Manuel Mercado, «el Colorao», representa otra dimensión de este fenómeno. La guerra cruceña no terminó con la jornada del Cabildo. Al contrario. Después comenzó una larga lucha que convertiría la región en escenario de guerrillas, persecuciones, combates y represalias. Vázquez-Machicado dejó una observación particularmente significativa sobre las fuerzas de Mercado:
“Los integrantes de las fuerzas de Mercado eran campesinos y gente trabajadora.”
Aquí aparece una realidad que la iconografía patriótica suele ocultar. Los hombres que posteriormente sostuvieron la guerra no eran necesariamente los mismos que habían redactado o firmado los documentos políticos. Los primeros podían escribir actas. Los segundos tenían que sostener la guerra. Y eso cambia completamente nuestra comprensión del proceso.
VII. CAÑOTO: CUANDO LA REVOLUCIÓN ENTRA EN LAS CALLES
Y entonces aparece Cañoto. Andrés Ibáñez —no confundir con el homónimo revolucionario de 1876— pertenece a la memoria popular de Santa Cruz como cantor, trovador y combatiente de la causa revolucionaria. Su importancia histórica no reside solamente en las armas. Reside también en la cultura. La guitarra. Las coplas. La burla. La clandestinidad. La transmisión oral de la causa.
Mientras los ejércitos combatían fuera de la ciudad, personajes como Cañoto ayudaban a mantener viva una determinada memoria política dentro de ella. Y aquí aparece otro detalle que no debemos perder. Las fuentes tradicionales señalan que, cuando Cañoto entraba clandestinamente en la ciudad durante períodos de control realista, encontraba ayuda entre personas humildes, que se arriesgaban a ocultarlo y protegerlo.
Esto nos muestra algo muy interesante. La guerra ya no era simplemente una disputa entre miembros de la élite. Había comenzado a penetrar en las capas populares. La revolución estaba adquiriendo una base social distinta.
VIII. LA GRAN IRONÍA
Y aquí aparece una de las observaciones más fuertes de Vázquez-Machicado. Según su interpretación, el realismo cruceño contaba con un apoyo particularmente importante entre las clases acomodadas. Y la ironía histórica llega todavía más lejos. Años después de proclamada la República, el general Francisco Javier Aguilera todavía pudo encontrar seguidores para una rebelión de carácter fernandista.
Esto merece detenernos. Porque Aguilera no era un personaje abstracto. Era un cruceño. Era un criollo. Y permaneció fiel a la causa del Rey incluso después de la proclamación de la independencia.La historiografía reciente también ha subrayado su origen criollo y su fidelidad prolongada al ejército realista hasta el final de la guerra. Por tanto, el realismo no desapareció mágicamente el día en que se proclamó la independencia.
Persistió.
Tuvo seguidores.
Y encontró apoyo incluso después del nacimiento de la República.
Eso demuestra algo fundamental:
la ruptura política no produjo automáticamente una conversión ideológica de toda la sociedad.
IX. LA INDEPENDENCIA NO BORRÓ LAS LEALTADES ANTIGUAS
Éste es uno de los errores más frecuentes al estudiar las guerras de independencia. Se observa la creación de la República y se proyecta ese resultado hacia atrás. Como si todos hubieran sabido desde 1810 que la Monarquía estaba condenada. Pero no fue así. Hubo hombres que lucharon durante años por el Rey. Hubo otros que cambiaron de bando.
Hubo revolucionarios que terminaron defendiendo proyectos distintos de los que habían imaginado inicialmente. Hubo realistas que aceptaron posteriormente el nuevo orden. Y hubo quienes continuaron resistiendo. La historia no fue una línea recta. Fue una sucesión de decisiones tomadas en circunstancias cambiantes. Y esto es particularmente importante en Santa Cruz.
Porque la permanencia del realismo demuestra que la población no tenía una única voluntad política.
X. ¿QUIÉN ERA ENTONCES “EL PUEBLO”?
Aquí llegamos al corazón del problema. La expresión «el pueblo» parece sencilla. Pero históricamente es peligrosísima. ¿Quién era el pueblo de Santa Cruz en 1810?
¿Los propietarios? ¿Los comerciantes? ¿Los artesanos? ¿Los campesinos? ¿Los indígenas? ¿Los mestizos? ¿Los miembros del Cabildo? ¿Los milicianos? ¿Los habitantes de la ciudad? ¿Los pobladores de la campaña? No podemos utilizar la palabra como si todos hubieran pensado exactamente lo mismo. Y por eso la frase: “El pueblo cruceño se levantó por la libertad.” necesita una pregunta inmediatamente posterior:
¿qué pueblo?
Porque si los sectores acomodados eran mayoritariamente realistas, mientras que posteriormente la guerra revolucionaria encontró una importante base entre campesinos, trabajadores, pardos y otros sectores populares, entonces estamos ante una sociedad políticamente fragmentada. Y eso es mucho más interesante que el relato de una voluntad popular unánime.
XI. EL MITO DEL PUEBLO UNÁNIME
El mito no consiste necesariamente en afirmar que nadie apoyó la revolución. Eso sería fácilmente refutable. El verdadero problema está en convertir un apoyo real —pero socialmente diferenciado— en la voluntad uniforme de toda una ciudad. Una multitud no es automáticamente un plebiscito. Un Cabildo no es automáticamente una elección moderna.
Una revolución no es automáticamente la expresión de la mayoría. Y una posterior victoria militar no demuestra que todos hubieran deseado aquella revolución desde el principio. Éstas son distinciones elementales. Pero cuando se olvidan, la historia se convierte en propaganda. Por eso resulta tan importante volver a Vázquez-Machicado. Su observación sobre el cruceño acomodado es incómoda precisamente porque rompe la imagen de unanimidad.
No todos estaban allí.
Y quienes no estaban allí también forman parte de la historia.
XII. LOS QUE NO APARECEN EN LAS ESTATUAS
Éste es quizá el capítulo que más falta en la memoria oficial. Los realistas no desaparecieron. Los que dudaron tampoco. Las familias que permanecieron fieles al Rey tampoco. Los campesinos que combatieron tampoco. Los trabajadores que sostuvieron las guerrillas tampoco. Los hombres que murieron sin que nadie escribiera sus nombres tampoco.
La historia monumental selecciona. Escoge héroes. Levanta estatuas. Construye fechas. Pero la historia verdadera tiene otra textura. Tiene miedo. Tiene hambre. Tiene lealtades familiares.
Tiene intereses económicos. Tiene religión. Tiene vínculos personales. Tiene traiciones. Tiene conversiones. Tiene hombres que un día son realistas y otro día revolucionarios. Tiene familias divididas. Y tiene, sobre todo, una cantidad inmensa de personas anónimas que nunca tuvieron la posibilidad de decidir el curso de los acontecimientos.
XIII. ENTONCES, ¿QUIÉN FUE “LIBERADO”?
Ésta es la pregunta que debemos conservar. Si una parte importante de los propietarios y sectores acomodados permaneció fiel al Rey… Si Seoane y sus compañeros encontraron resistencia dentro de su propio mundo social… Si posteriormente Warnes tuvo que buscar apoyo entre las clases bajas… Si Mercado sostuvo sus fuerzas con campesinos y trabajadores… Si Cañoto sobrevivió gracias también a personas humildes… Y si incluso después de la proclamación de la República persistieron apoyos al realismo…
entonces la frase “el pueblo fue liberado el 24 de septiembre de 1810” resulta demasiado sencilla para explicar lo ocurrido. La revolución tuvo seguidores. Por supuesto. Tuvo combatientes. Tuvo mártires. Tuvo hombres sinceramente convencidos de estar luchando por una causa justa. Pero también tuvo adversarios. Tuvo realistas. Tuvo familias divididas.
Tuvo sectores sociales que no la apoyaron. Y tuvo hombres que, sencillamente, fueron arrastrados por acontecimientos que no habían provocado. Ésa es la diferencia entre la historia y la leyenda.
XIV. ¿LIBERTAD DE QUIÉN? ¿PATRIA DE QUIÉN?
Después de cuatro capítulos, la pregunta empieza a adquirir una forma distinta. En el primer capítulo vimos que el 24 de septiembre no surgió de la nada. En el segundo vimos que la crisis de 1808 creó el vacío político que permitió aquella transformación. En el tercero examinamos a los hombres que organizaron y ejecutaron el cambio de autoridad.
Ahora aparece una cuarta pieza: la sociedad que debía vivir con las consecuencias no era políticamente uniforme. Y aquí la historia oficial tropieza con un problema. Puede hablar de «el pueblo». Pero el pueblo tenía realistas. Tenía revolucionarios. Tenía neutrales. Tenía propietarios. Tenía campesinos. Tenía artesanos. Tenía indígenas. Tenía mestizos. Tenía hombres que combatieron por la revolución y hombres que combatieron contra ella. Por eso yo no puedo aceptar sin más la frase:
“El pueblo cruceño se liberó el 24 de septiembre.” No porque niegue que existieran cruceños que quisieran cambiar el orden. Sino porque esa frase convierte una sociedad dividida en una voluntad única. Y una sociedad dividida no tiene una sola voz. Tiene muchas.
XV. POR ESO NO FESTEJO EL 24 DE SEPTIEMBRE
Yo no rechazo la historia de Santa Cruz. Al contrario. La tomo demasiado en serio como para conformarme con una versión cómoda. No necesito llamar traidores a todos los realistas. No necesito llamar santos a todos los revolucionarios. No necesito negar el sacrificio de los hombres que murieron. Ni necesito negar que muchos combatieron sinceramente convencidos de estar defendiendo la libertad.
Pero sí puedo hacer una pregunta. Una pregunta sencilla. Una pregunta que no necesita propaganda: ¿realmente todos querían aquello que después llamamos independencia? Los documentos y los propios historiadores cruceños muestran una realidad mucho más dividida. Vázquez-Machicado dejó escrito que el cruceño acomodado era mayoritariamente realista.
Y la historiografía posterior muestra que la fidelidad realista sobrevivió incluso después de la creación de la República. Entonces la historia cambia. El 24 de septiembre deja de parecer el momento mágico en que una ciudad entera despertó simultáneamente. Se convierte en el comienzo visible de una larga lucha política, social y militar. Una lucha en la que diferentes sectores de Santa Cruz defendieron proyectos diferentes. Y precisamente por eso debemos seguir preguntando.
¿Quién habló en nombre del pueblo? ¿Quién tenía las armas? ¿Quién tenía el poder? ¿Quién obedecía a quién? Y, sobre todo: ¿quién pagó finalmente el precio de aquella revolución?
Porque los hombres que firmaron las actas pueden quedar grabados en bronce. Pero fueron campesinos, trabajadores, milicianos y gente humilde quienes terminaron poniendo el cuerpo en una guerra que duró años. Ésa es la otra historia. La historia que no cabe fácilmente en una estatua. La historia que no se aprende repitiendo consignas. La historia que tenemos que volver a mirar.
Y por eso este estudio continúa. Porque cuanto más examinamos el 24 de septiembre, más difícil resulta sostener la imagen de una ciudad políticamente unánime.
El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron no pretende sustituir un mito por otro. Pretende hacer algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más incómodo: preguntar qué ocurrió realmente.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO V
La Sombra de Buenos Aires
El 24 de Septiembre no fue un “Grito Cruceño”, fue un eco porteño
Hay fechas que la memoria convierte en monumentos.
Cada año se repite que el 24 de septiembre de 1810 Santa Cruz despertó, se levantó contra la tiranía y proclamó su libertad. La escena ha quedado grabada en la memoria colectiva: la plaza llena, los hombres del cabildo, el pueblo reunido y, sobre todos ellos, la palabra mágica que parece explicarlo todo: libertad. Pero la historia, cuando se la examina sin la obligación de venerar el relato oficial, comienza a formular preguntas incómodas.
¿De dónde procedían las ideas que desembocaron en aquel movimiento? ¿Quiénes habían trabajado políticamente en Santa Cruz antes del 24 de septiembre? ¿Quién llegó desde fuera con una misión concreta? ¿A qué autoridad se adhirió la nueva Junta? Y, sobre todo:
¿por qué aparece Buenos Aires en el centro de todo este episodio? La respuesta obliga a mirar más allá de la plaza cruceña. Porque el 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron no comienza en Santa Cruz. Comienza en Buenos Aires.
I. El hecho: Buenos Aires se adelanta
El 25 de mayo de 1810, en Buenos Aires, se produjo la caída del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y la formación de la Primera Junta. Aquello no significó simplemente un cambio administrativo dentro de una ciudad aislada. La nueva Junta tenía ante sí un problema fundamental: su autoridad debía ser reconocida por los demás territorios que habían formado parte del Virreinato del Río de la Plata.
Y ese reconocimiento no fue automático. Varias jurisdicciones rechazaron la autoridad porteña. Precisamente por eso, Buenos Aires organizó expediciones militares y políticas destinadas a extender y consolidar la autoridad surgida de la revolución. La Biblioteca Nacional de Chile resume este proceso señalando que la Junta de Buenos Aires organizó una expedición con el propósito de extender y legitimar su autoridad, encontrando resistencias en diversas provincias. (Memoria Chilena)
Aquí aparece una diferencia fundamental. La historiografía patriótica posterior suele presentar aquellos acontecimientos como si todos los territorios hubieran avanzado simultáneamente hacia una misma independencia americana. Pero en 1810 todavía no existía esa unidad política.
Existían proyectos, jurisdicciones, ciudades, cabildos, intereses locales y autoridades enfrentadas.
Buenos Aires no era simplemente una espectadora de los acontecimientos del Alto Perú. Era una potencia política revolucionaria que intentaba conseguir reconocimiento para su nueva autoridad. Y Santa Cruz quedó atrapada dentro de ese movimiento.
II. Moldes: la presencia porteña tiene nombre y apellido
En este punto la historia deja de ser una interpretación abstracta. Tiene un nombre: Eustaquio Moldes. Las fuentes históricas sobre Santa Cruz señalan que, después de la actividad revolucionaria procedente de Chuquisaca, llegó otro emisario, esta vez procedente de la Junta de Gobierno de Buenos Aires: el capitán Eustaquio Moldes.
La tradición historiográfica recogida por Humberto Vázquez-Machicado y reproducida por estudios posteriores es explícita: Moldes llegó con la misión de urgir a los conspiradores a precipitar la acción. (Soy Santa Cruz)
Esto cambia completamente la perspectiva. Ya no estamos solamente ante un grupo de cruceños que, espontáneamente, decide levantarse. Tenemos una secuencia:
Chuquisaca → Seoane y Lemoine → Santa Cruz → Moldes → Junta de Buenos Aires → 24 de septiembre.
No significa que todo estuviera controlado mecánicamente desde Buenos Aires. Eso sería ir más allá de la documentación. Pero sí significa que la revolución cruceña de 1810 no puede estudiarse como un fenómeno puramente local. Había una red política que atravesaba las fronteras de las jurisdicciones coloniales.
Seoane y Lemoine habían llegado desde el ambiente revolucionario de Charcas. Y posteriormente apareció Moldes, identificado expresamente como emisario de la Junta porteña. La propia composición de la Junta formada en Santa Cruz muestra esa conexión. Las fuentes señalan entre sus integrantes a Salvatierra, Seoane, Suárez, Lemoine y Moldes, este último como enviado de la Primera Junta de Buenos Aires. (Soy Santa Cruz)
Por eso la presencia de Moldes no puede tratarse como una anécdota. Es una pieza documental de primer orden.
III. Membiray: antes de la plaza ya estaba la política
Hay otro dato que merece ser recordado. El 24 de septiembre no cayó del cielo. Antes de que la multitud se reuniera en la plaza de Santa Cruz, ya se había producido el movimiento de Membiray. El capellán José Andrés Salvatierra había encabezado allí un movimiento revolucionario. Cuando Moldes llegó a la región, encontró que Salvatierra ya había jurado adhesión a la Junta de Buenos Aires. Una tradición historiográfica local incluso conserva la noticia de que Salvatierra contaba con el apoyo de caciques chiriguanos y con hombres preparados para la acción. Las cifras concretas varían entre las fuentes, por lo que conviene no convertirlas en una certeza matemática. (EL DEBER)
Lo importante no es si fueron exactamente trescientos, cuatrocientos o más hombres. Lo importante es la secuencia política. Primero aparece la adhesión a Buenos Aires. Después se produce el movimiento en Santa Cruz. Y el 24 de septiembre la nueva Junta reconoce la autoridad de la Junta porteña. Por tanto, la relación entre Santa Cruz y Buenos Aires no fue inventada por historiadores posteriores.
Forma parte del propio desarrollo de los acontecimientos.
IV. El 24 de septiembre y la autoridad de Buenos Aires
Existe aquí un detalle que no debería perderse entre las celebraciones patrióticas. El movimiento no terminó simplemente con la deposición de una autoridad local. La nueva Junta quedó vinculada políticamente a la Junta de Buenos Aires. Una fuente histórica sobre el episodio señala expresamente que la nueva Junta reconoció, mediante el acta correspondiente, la autoridad de la Junta gubernativa de Buenos Aires. (El Diario)
Y esto es decisivo. Porque si una ciudad se levanta contra una autoridad y, acto seguido, reconoce la autoridad de otro poder político situado a cientos de kilómetros, resulta difícil describir el episodio exclusivamente como una declaración de soberanía local. Puede hablarse de revolución. Puede hablarse de ruptura con el gobierno anterior. Puede hablarse de participación popular.
Pero hay que decir también algo que durante mucho tiempo ha quedado oscurecido: Santa Cruz se incorporó al espacio político revolucionario encabezado por Buenos Aires. No fue una revolución suspendida en el aire. Fue una revolución situada dentro de una estructura política mucho mayor.
V. Buenos Aires y el Alto Perú: la cuestión de Potosí
Aquí aparece una segunda pregunta. ¿Por qué era tan importante para Buenos Aires lo que ocurría en el Alto Perú? La respuesta nos conduce inevitablemente a Potosí.
Durante el período virreinal, la plata altoperuana constituía una pieza fundamental de la economía del espacio rioplatense. El Museo Histórico Nacional de Argentina señala que, durante todo el período virreinal, la plata altoperuana representó más del 80 % de lo que salía por el puerto de Buenos Aires. (Museu Histórico Nacional)
Por eso, cuando estalló la revolución, el Alto Perú no podía ser considerado una región secundaria.
Era una cuestión de poder, guerra y recursos.
La propia documentación histórica de la época muestra al Ejército Auxiliar del Perú avanzando hacia el Alto Perú en 1810. La Gaceta de Buenos Aires registró la marcha de las fuerzas revolucionarias hacia Tupiza y Potosí, mientras las autoridades de Charcas reconocían la autoridad de Buenos Aires. (Wikimedia Commons)
Y existen estudios económicos que muestran todavía más claramente la importancia de la plata potosina para las finanzas del espacio rioplatense. Un documento histórico publicado por organismos culturales argentinos señala que las finanzas virreinales dependían considerablemente de la producción de plata potosina y que las primeras incursiones revolucionarias hacia esa región estuvieron relacionadas con la necesidad de controlar las fuentes argentíferas. (Senip)
Esto no significa que podamos reducir toda la Revolución de Mayo a una operación para apoderarse de Potosí. Sería una simplificación. Había cuestiones de legitimidad monárquica, representación, soberanía, conflictos regionales, intereses económicos y luchas políticas. Pero tampoco podemos caer en el extremo contrario y fingir que la riqueza de Potosí era irrelevante.
No lo era. Potosí era demasiado importante para que Buenos Aires pudiera permitirse perderlo.
VI. Santa Cruz no era Potosí, pero tampoco estaba fuera del tablero
Aquí conviene hacer una precisión. Santa Cruz no era una ciudad minera comparable con Potosí. No debemos inventarle una función que no tuvo. Pero Santa Cruz se encontraba dentro del complejo espacio oriental del Alto Perú y constituía un territorio estratégico por su posición, sus comunicaciones, sus recursos locales, sus milicias y su frontera con los pueblos indígenas de la Cordillera.
Membiray, además, tenía importancia militar concreta. Fuentes locales señalan su papel en la organización de fuerzas y en la fabricación de armamento. (EL DEBER) Por eso es más correcto hablar de un teatro estratégico de la guerra que afirmar, sin más pruebas, que Santa Cruz constituía una simple estación de la ruta de la plata hacia Potosí.
La diferencia parece pequeña. No lo es. La historia seria no necesita exageraciones cuando los hechos ya son suficientemente elocuentes.
VII. La “causa americana” y la causa porteña
Aquí encontramos otra confusión que la memoria posterior ha hecho casi invisible. Hoy podemos mirar hacia atrás y contemplar la independencia hispanoamericana como un único proceso. Pero los hombres de 1810 no conocían el desenlace. No sabían que décadas después existirían las repúblicas que hoy conocemos. En 1810 existían proyectos diferentes.
Buenos Aires pretendía que su nueva autoridad fuera reconocida en el territorio que había formado parte del Virreinato del Río de la Plata. Algunas ciudades aceptaron. Otras resistieron. Paraguay rechazó la autoridad porteña. Córdoba se opuso.
Montevideo permaneció como un importante foco realista. Y en el Alto Perú se desarrolló una guerra compleja, en la que las lealtades cambiaron y las autoridades se disputaron el poder. (Memoria Chilena) Por eso es anacrónico imaginar que todos los hombres que participaron en aquellos acontecimientos tenían exactamente el mismo proyecto. No lo tenían.
Había quienes pensaban en Fernando VII. Había quienes defendían juntas locales. Había quienes buscaban autonomía. Había quienes querían la ruptura definitiva. Y había quienes pretendían extender la autoridad de Buenos Aires. La política de 1810 era mucho más complicada que la palabra “independencia”.
VIII. ¿Fue entonces un “grito cruceño”?
Aquí debemos formular la pregunta con precisión.
¿Hubo cruceños en el movimiento? Sí.
¿Hubo participación popular? Sí.
¿Hubo milicias? Sí.
¿Hubo un cabildo abierto? Sí.
¿Hubo una ruptura con la autoridad que gobernaba Santa Cruz? Sí.
Todo eso debe reconocerse. Pero existe otra pregunta: ¿Fue el movimiento exclusivamente cruceño y políticamente autónomo de Buenos Aires? La documentación disponible no permite sostenerlo. Al contrario. El movimiento venía precedido por una red revolucionaria vinculada con Charcas. Había emisarios externos. Había un enviado de Buenos Aires. Había una misión política.
Y la nueva Junta reconoció la autoridad de Buenos Aires. (Soy Santa Cruz) Por eso la expresión “grito cruceño”, cuando se utiliza para sugerir una decisión completamente autónoma y aislada de la revolución rioplatense, resulta insuficiente. Santa Cruz tuvo protagonistas propios. Pero el movimiento estaba conectado con un proyecto político mucho mayor.
IX. La sombra porteña
La sombra de Buenos Aires aparece precisamente cuando dejamos de mirar solamente la estatua y comenzamos a mirar la estructura. Seoane no apareció de la nada. Lemoine no apareció de la nada. Moldes tampoco. Y el cabildo no fue el comienzo absoluto del movimiento. Había preparación. Había contactos. Había circulación de emisarios. Había una crisis de autoridad.
Y, finalmente, había una decisión política: alinearse con la revolución que tenía su centro en Buenos Aires. Eso no convierte a los cruceños en simples marionetas. Sería injusto y, además, históricamente insuficiente. Los hombres de Santa Cruz tenían intereses propios. Tenían conflictos propios. Tenían enemigos propios. Tenían aspiraciones propias. Pero una cosa es tener agencia política y otra muy distinta afirmar que el movimiento se produjo fuera de toda influencia exterior. La evidencia apunta justamente en sentido contrario.
X. De una dependencia a otra: una afirmación que exige precisión
Aquí llegamos a una de las afirmaciones más fuertes de este libro. Durante mucho tiempo se ha dicho: “Santa Cruz se liberó de España.” Desde una perspectiva política más amplia, la pregunta puede formularse de otro modo: ¿qué autoridad sustituyó a la autoridad que había sido depuesta? La respuesta inmediata, en 1810, no fue una república boliviana independiente.
Eso todavía no existía. La respuesta fue una incorporación al espacio revolucionario que reconocía la autoridad de Buenos Aires. Y esa autoridad, además, no se limitó a recibir adhesiones pasivamente. Organizó ejércitos, envió representantes y trató de extender su poder sobre las distintas jurisdicciones del antiguo virreinato. La investigación histórica sobre el Ejército Auxiliar del Perú describe precisamente a esa fuerza como instrumento fundamental de los gobiernos revolucionarios para enfrentar la resistencia y extender el nuevo orden político. (Repositório Institucional do Conicet)
Por eso la palabra “dependencia” puede utilizarse aquí como interpretación política, pero debe explicarse. No se trata de afirmar que Santa Cruz pasó jurídicamente a ser una colonia de Buenos Aires. Se trata de señalar que la ruptura con una autoridad abrió inmediatamente una nueva relación de subordinación política dentro del proyecto revolucionario rioplatense.
Esa es la cuestión que la retórica de la “liberación” suele ocultar.
XI. ¿Y Londres?
Aquí debemos ser todavía más rigurosos. Es tentador construir una línea sencilla: Buenos Aires → Alto Perú → Potosí → Londres. Pero la documentación que hemos podido verificar para este capítulo no basta para afirmar que la Junta de Buenos Aires actuara en Santa Cruz como instrumento directo de una operación británica.
La influencia comercial británica en el mundo atlántico de aquella época es un asunto histórico importante. Pero una cosa es demostrar la creciente penetración económica británica y otra demostrar documentalmente que Londres dirigió el movimiento del 24 de septiembre de 1810.
No debemos confundir ambas cosas. Si en capítulos posteriores aparecen documentos que permitan demostrar una cadena concreta de financiación, instrucciones, agentes o correspondencia entre actores británicos y los revolucionarios del Río de la Plata, entonces habrá que estudiarlos.
Mientras tanto, el argumento más sólido es otro: la intervención porteña sí está documentada; la dirección británica directa todavía exige prueba. Y un historiador honesto no necesita rellenar con imaginación los espacios que todavía deben ocupar los documentos.
XII. Lo que realmente cambió el 24 de septiembre
Entonces podemos volver a la plaza. Podemos volver a la mañana del 24 de septiembre de 1810. Podemos imaginar la multitud. Podemos recordar a Suárez. A Seoane. A Salvatierra. A Lemoine. A Moldes. Podemos reconocer la participación de los hombres que estuvieron allí. Pero ahora conocemos algo que la estatua no cuenta. Aquella jornada no produjo todavía una Bolivia independiente.
No creó una soberanía nacional boliviana. No convirtió a Santa Cruz en una república. No fue un acontecimiento aislado. Fue parte de una crisis mucho mayor de la Monarquía Católica y de la lucha por el control político del antiguo espacio virreinal. Y dentro de esa lucha, Santa Cruz tomó partido por el movimiento revolucionario relacionado con Buenos Aires.
Ese es el hecho. Todo lo demás debe discutirse a partir de él.
XIII. El mito del “pueblo que se liberó”
El lenguaje posterior hizo algo muy sencillo. Tomó un acontecimiento político complejo y lo convirtió en una escena moral: España = opresión. Buenos Aires = revolución. Santa Cruz = pueblo. 24 de septiembre = libertad. Pero la historia real no funciona así. Había realistas. Había revolucionarios. Había hombres que dudaban. Había intereses económicos. Había rivalidades regionales.
Había conflictos entre las élites. Había participación popular. Había indígenas, mestizos, pardos, campesinos, esclavos y libres involucrados de distintas maneras. Y había también una realidad que no puede desaparecer de las páginas de una historia seria: Buenos Aires estaba intentando construir una nueva autoridad sobre el antiguo espacio virreinal.
Santa Cruz entró en ese proceso. No lo inventó. No lo controló. Y tampoco fue completamente pasiva. Fue una ciudad que tomó partido dentro de una lucha mucho mayor.
XIV. Entonces, ¿qué fue el 24 de septiembre?
Fue una revolución local conectada con una revolución regional. Fue una ruptura con la autoridad realista local. Fue un movimiento en el que participaron actores cruceños. Fue también un movimiento conectado con Charcas. Y tuvo, de manera documentalmente identificable, la presencia de un emisario de la Junta de Buenos Aires. Por eso prefiero una expresión más incómoda que la tradicional:
El 24 de septiembre fue un movimiento cruceño dentro de una revolución cuyo centro político inmediato estaba en Buenos Aires.
Eso no disminuye la importancia histórica de Santa Cruz. La aumenta. Porque nos obliga a estudiar a los cruceños como actores reales de la historia, no como personajes decorativos de una leyenda patriótica.
XV. El verdadero problema de la palabra “libertad”
La palabra libertad es demasiado grande para utilizarla sin explicar de qué libertad estamos hablando. ¿Libertad respecto de España? Sí, en el sentido de ruptura con las autoridades realistas locales. ¿Soberanía independiente de Santa Cruz? No. ¿República boliviana? Todavía no. ¿Autonomía política plena? Tampoco. ¿Adhesión al nuevo poder revolucionario porteño? Sí. Y aquí está la paradoja.
El 24 de septiembre fue presentado después como el nacimiento de una libertad absoluta. Pero en aquel momento lo que existía era una transferencia de lealtad política dentro de una guerra todavía abierta. El enemigo de ayer podía ser reemplazado por el aliado de hoy. Y el aliado de hoy podía convertirse mañana en adversario.
La historia posterior del Alto Perú demostraría precisamente hasta qué punto las relaciones entre Buenos Aires y las provincias del antiguo virreinato estuvieron cargadas de tensiones, conflictos y disputas de autoridad.
XVI. Conclusión: el eco porteño
Por eso, cuando escucho decir: “El 24 de septiembre fue el grito de libertad de Santa Cruz”, yo pregunto: ¿libertad bajo qué autoridad? ¿Con qué proyecto político? ¿Con qué aliados? ¿Con qué ejército? ¿Con qué estructura de poder? ¿Y hacia dónde se dirigió la adhesión de la nueva Junta?
Las respuestas son incómodas. Pero están ahí. Moldes vino desde Buenos Aires. La Junta de Buenos Aires buscaba extender su autoridad. El movimiento de Santa Cruz terminó reconociendo esa autoridad.
El Alto Perú era decisivo por su posición política, militar y económica. Potosí constituía uno de los grandes objetivos estratégicos de la guerra. Y Santa Cruz entró en ese conflicto. Por eso no llamaría al 24 de septiembre simplemente un “grito cruceño”. Tampoco lo reduciría a una conspiración porteña en la que los cruceños no tuvieron voluntad propia.La verdad histórica es más fuerte que ambos extremos:
Santa Cruz tuvo sus propios protagonistas, pero su revolución de 1810 quedó integrada dentro de un proyecto revolucionario cuyo centro político era Buenos Aires.
Eso es lo que la historia oficial suele contar a medias. Y por eso este capítulo lleva este nombre:
La Sombra de Buenos Aires.
Porque detrás del grito estaba la Junta. Detrás de la Junta estaba una guerra. Detrás de la guerra estaba el Alto Perú. Y detrás del Alto Perú estaba Potosí. El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron. Yo, Richard Marcelo Romero Cossío, no festejo el 24 de septiembre. No porque quiera borrar la historia. Precisamente por lo contrario. Porque quiero recordarla completa.
Y porque una patria que pretende conocerse a sí misma no puede vivir eternamente de sus propias leyendas. Santa Cruz no se levantó en un vacío. Se levantó en medio de una revolución mayor. Y aquel día, mientras en la plaza se pronunciaba el nombre de la libertad, la sombra de Buenos Aires ya estaba allí.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO VI
La Pista Inglesa
Oro, armas y voluntarios: la otra cara de la independencia
Hasta ahora hemos seguido la pista de Buenos Aires. Hemos visto cómo el movimiento de 1810 en Santa Cruz estuvo conectado con la revolución porteña, cómo Eustaquio Moldes llegó como emisario de la Junta de Buenos Aires y cómo la nueva Junta cruceña terminó reconociendo aquella autoridad.
Pero todavía falta una pregunta. Una pregunta que no puede resolverse mirando solamente a Santa Cruz, ni siquiera mirando solamente a Buenos Aires:
¿quién puso los recursos para sostener la guerra cuando la revolución dejó de ser un levantamiento político y se convirtió en una guerra prolongada?
Aquí aparece otra ciudad. Londres. Y con Londres aparecen comerciantes, crédito, armas, barcos y voluntarios. No es necesario imaginar una conspiración secreta. Los documentos permiten contar una historia mucho más interesante.
I. La pista inglesa no comienza en 1810
Debemos comenzar por una precisión. El 24 de septiembre de 1810 no fue financiado por un ejército británico llegado a Santa Cruz. No existe, en la documentación que hemos podido verificar, una cadena demostrada que permita afirmar:
Londres → Buenos Aires → Santa Cruz → 24 de septiembre de 1810.
Sería un error histórico afirmarlo. La pista inglesa aparece con mucha mayor claridad después, cuando la revolución hispanoamericana entra en una nueva fase y necesita algo que toda guerra necesita: dinero.
Después de 1815, especialmente en el mundo bolivariano, la búsqueda de crédito, armas y hombres en Gran Bretaña adquirió una importancia extraordinaria. Y aquí comienza una historia que la imagen romántica de la independencia suele dejar fuera. Porque los ejércitos no luchan solamente con ideales.
Luchan con fusiles.
Con pólvora.
Con barcos.
Con caballos.
Con uniformes.
Con alimentos.
Y, sobre todo, con dinero.
II. Bolívar en Jamaica: un revolucionario sin recursos
En 1815, Simón Bolívar se encontraba en Jamaica en una situación extremadamente difícil. Había perdido buena parte de sus recursos y necesitaba reconstruir su proyecto militar. Intentó conseguir apoyo directo del Gobierno británico. No lo obtuvo.
Pero entonces apareció algo que, para la historia económica de la independencia, resulta mucho más interesante: la red privada de comerciantes británicos.
Bolívar había escrito su célebre Carta de Jamaica en septiembre de 1815. Aquella carta no fue simplemente un documento político. También ayudó a dar a conocer el proyecto revolucionario de Bolívar en el mundo angloparlante. Y uno de los hombres que prestó atención fue el comerciante Maxwell Hyslop.
La investigación publicada por The Journal of Latin American Studies ha demostrado que Hyslop utilizó la notoriedad adquirida por Bolívar para conseguir un préstamo de aproximadamente 300.000 dólares procedente de un consorcio de comerciantes. No fue inicialmente un préstamo concedido por el Gobierno británico. Fue un préstamo privado. Y precisamente por eso resulta tan revelador.
El dinero de la revolución podía circular incluso cuando Londres no estaba dispuesto a reconocer oficialmente una intervención militar. La propia correspondencia de Bolívar confirma su relación financiera con Hyslop. En junio de 1815, Bolívar le escribió desde Kingston solicitándole ayuda económica para poder viajar a Inglaterra y continuar sus gestiones.
La revolución necesitaba dinero. Y el dinero apareció en el circuito comercial atlántico.
III. Luis López Méndez: el hombre que convirtió Londres en arsenal
Aquí aparece otro personaje fundamental: Luis López Méndez. Bolívar necesitaba armas. Necesitaba oficiales. Necesitaba soldados. Necesitaba barcos capaces de transportar todo aquello hasta América. Y López Méndez desempeñó un papel central en la organización de esas operaciones desde Londres.
La documentación histórica muestra que, desde 1817, comenzaron a salir de Gran Bretaña expediciones de hombres destinados a las fuerzas revolucionarias de Bolívar. Se organizaron cuerpos de artillería, lanceros, húsares y fusileros. Algunos eran oficiales experimentados de las guerras napoleónicas.
Otros eran jóvenes aventureros. Otros acudieron movidos por convicciones políticas. Y otros buscaban dinero, tierras o una nueva oportunidad después de las guerras europeas. No hubo una sola motivación. Hubo muchas. Pero el resultado militar fue el mismo:
la revolución americana comenzó a recibir combatientes procedentes de Europa. Una fuente histórica sobre el reclutamiento de 1817 señala que los soldados recibían una prima de alistamiento, paga y la promesa de una recompensa posterior, incluyendo tierras. Por tanto, la palabra “voluntario” necesita ser utilizada con cuidado. Muchos fueron voluntarios. Pero voluntario no significa necesariamente desinteresado.
IV. Los fusiles que cruzaron el Atlántico
La dimensión material de aquella operación fue enorme. La historiografía sobre Bolívar documenta el envío desde puertos británicos de grandes cantidades de armas y municiones destinadas a los republicanos. Se han documentado operaciones que incluyeron decenas de miles de fusiles y mosquetes, además de pólvora, municiones, artillería, espadas, sables, pistolas y otros elementos militares. Una síntesis biográfica de John Lynch recoge la magnitud de estas operaciones y señala que la actividad de López Méndez estuvo acompañada por conflictos constantes con comerciantes por contratos y pagos.
Esto cambia la imagen tradicional. La independencia no fue únicamente una multitud tomando una plaza. Fue también una gigantesca operación logística internacional. Los ejércitos necesitaban abastecimiento. Los abastecedores necesitaban compradores. Los comerciantes necesitaban garantías de pago. Los barcos necesitaban transportar la mercancía. Y detrás de todo ello existía un mercado internacional. La revolución había entrado en la economía atlántica.
V. La Legión Británica
Y después llegaron los hombres. Entre ellos se encontraban los integrantes de las llamadas Legiones Británicas, cuerpos formados principalmente por británicos e irlandeses que combatieron bajo las órdenes de Bolívar. Aquí también debemos abandonar las simplificaciones. No todos fueron mercenarios. No todos fueron idealistas. Las motivaciones fueron diversas. Algunos acudieron por convicción política. Otros por aventura. Otros por dinero. Otros por las promesas de tierras y recompensas.
La historiografía reciente ha insistido precisamente en que resulta problemático colocar a todos estos hombres en una sola categoría. Hubo un continuo entre “voluntario”, “aventurero” y “mercenario”. Pero su importancia militar fue real. En la campaña de Nueva Granada de 1819 participaron tropas extranjeras junto a criollos, indígenas, afroamericanos y mestizos.
La Legión Británica estuvo presente en la campaña que culminó en Boyacá. Y los irlandeses tuvieron una participación particularmente importante dentro de estos contingentes. No eran una decoración extranjera. Eran soldados. Y combatieron.
VI. La ley británica de 1819
Aquí aparece una contradicción extraordinariamente reveladora. El Gobierno británico no podía presentarse abiertamente como aliado militar de los insurgentes hispanoamericanos sin comprometer su posición diplomática frente a España. Por eso, en 1819, el Parlamento aprobó la Foreign Enlistment Act.
La ley prohibía que los súbditos británicos se alistaran o prestaran servicio militar para potencias extranjeras sin autorización de la Corona. El texto legal es inequívoco. El alistamiento para servicios militares extranjeros quedó tipificado como delito sujeto a multa y prisión. Pero aquí surge una cuestión igualmente importante.
Una ley no equivale automáticamente a su aplicación efectiva. La investigación histórica de Oxford señala que las leyes británicas de alistamiento extranjero fueron, en general, aplicadas débilmente y que la ley de 1819 funcionó en buena medida como un gesto diplomático destinado a preservar la neutralidad británica mientras Londres mantenía una política favorable a la independencia hispanoamericana.
Es decir: Londres podía declarar neutralidad. Mientras tanto, hombres y mercancías continuaban atravesando el Atlántico. Y esa contradicción merece ser estudiada.
VII. ¿Neutralidad británica?
Aquí debemos escoger cuidadosamente las palabras. No es correcto decir simplemente: “Gran Bretaña declaró la guerra a España para liberar Hispanoamérica.” No ocurrió eso. Tampoco es correcto decir: “Gran Bretaña no tuvo ningún interés en la independencia hispanoamericana.” Eso tampoco resiste la documentación económica. Existía un enorme interés comercial. La historiografía económica ha mostrado que la independencia abrió progresivamente los puertos hispanoamericanos al comercio internacional y creó oportunidades extraordinarias para los comerciantes británicos.
Un estudio de Cambridge sobre los comerciantes británicos en Chile durante la época de la independencia muestra cómo, después de 1811, estos comerciantes pasaron progresivamente de operar como contrabandistas a convertirse en comerciantes legales. El mismo estudio señala que la expansión del comercio fue considerada por algunos historiadores como una dimensión del imperialismo británico, aunque advierte que los intereses privados de los comerciantes y la política oficial del Gobierno británico no deben confundirse automáticamente.
Esta distinción es fundamental. Comerciante británico no significa automáticamente agente del Gobierno británico. Pero tampoco podemos fingir que los intereses comerciales no existían. Existían. Y eran enormes.
VIII. La ruptura del monopolio español
Durante siglos, España había mantenido un sistema imperial que restringía el comercio de sus colonias con las potencias extranjeras. Ese sistema se fue debilitando progresivamente. Y la independencia terminó por destruirlo. La apertura de los puertos hispanoamericanos creó una oportunidad extraordinaria para Gran Bretaña.
Un estudio de Cambridge sobre el comercio textil británico en América del Sur señala que, después de las independencias de la década de 1810, se produjo una apertura de los puertos al comercio internacional y que durante el medio siglo siguiente más de 260 casas comerciales británicas establecieron oficinas en Valparaíso y/o el Río de la Plata. El resultado fue una profunda reorientación del comercio latinoamericano y la eliminación de buena parte de los intermediarios ibéricos.
Eso es un hecho económico. No necesita una conspiración. España perdió el monopolio. Gran Bretaña encontró nuevos mercados. Y los comerciantes británicos entraron masivamente.
IX. ¿Ganó Inglaterra con la independencia?
Aquí podemos formular la pregunta sin convertirla en una sentencia absoluta. ¿Se beneficiaron los intereses comerciales británicos de la ruptura del monopolio español? Sí. La evidencia económica es considerable. Pero la siguiente pregunta requiere más cuidado: ¿Significa eso que Gran Bretaña creó y dirigió toda la independencia hispanoamericana?
No podemos afirmarlo de manera general. Los estudios modernos advierten precisamente contra esa reducción. La investigación sobre las relaciones anglo-sudamericanas reconoce que el deseo de ampliar el comercio fue uno de los factores que llevó a Gran Bretaña a favorecer las luchas independentistas, pero también distingue entre la política del Estado británico y los intereses particulares de comerciantes y empresarios.
Por tanto, nuestra tesis debe ser más precisa.No: “Inglaterra inventó la independencia.” Sino: “La independencia creó las condiciones para una penetración comercial británica de dimensiones extraordinarias, y diversos sectores británicos favorecieron activamente ese proceso.”
Eso está documentado. Y es mucho más difícil de refutar.
X. El crédito extranjero: la otra cara de la independencia
Existe además otra cuestión que merece atención: la deuda. Las nuevas repúblicas nacieron necesitadas de dinero. Necesitaban pagar ejércitos. Necesitaban importar armas. Necesitaban reconstruir administraciones. Necesitaban financiar gobiernos que todavía no tenían una estructura fiscal estable.
Y ahí apareció nuevamente Londres. Los préstamos extranjeros de la década de 1820 se convirtieron en un componente fundamental de las nuevas economías republicanas. En el Río de la Plata, por ejemplo, el célebre préstamo Baring de 1824 se convirtió posteriormente en uno de los episodios fundamentales de la historia financiera argentina.
La historiografía ha discutido intensamente si esos préstamos deben interpretarse como mecanismos de dependencia, oportunidades financieras, especulación o una combinación de todos esos elementos. El debate es real y no debe resolverse mediante una consigna. Pero una cosa es indiscutible:
la independencia política no significó independencia financiera. Y esta diferencia será fundamental para comprender el siglo XIX.
XI. ¿Y qué tiene que ver todo esto con Santa Cruz?
Aquí debemos volver a nuestro punto de partida. Santa Cruz. El 24 de septiembre de 1810 ocurrió antes de la gran intervención británica en la guerra bolivariana. Por eso no debemos decir que los fusiles británicos de 1817 financiaron el cabildo cruceño de 1810. No lo hicieron. Pero sí podemos observar una continuidad histórica diferente.
En 1810 Santa Cruz entró en el proceso revolucionario vinculado con Buenos Aires. Después, durante los años siguientes, la guerra se transformó. Se convirtió en una lucha prolongada. Aparecieron ejércitos. Aparecieron guerrillas. Aparecieron redes de abastecimiento. Y el conflicto terminó integrándose en una economía internacional de armas, crédito y comercio.
La Santa Cruz de 1810 fue el comienzo de un proceso; la internacionalización financiera y militar vino después. Esta distinción no debilita nuestra tesis. La hace históricamente defendible.
XII. La guerra ya no era solamente americana
A medida que avanzaba la década de 1810, la guerra dejó de ser exclusivamente una disputa interna del mundo hispanoamericano. Había europeos combatiendo en ambos lados. Había comerciantes extranjeros financiando operaciones. Había barcos extranjeros transportando mercancías. Había armas producidas fuera de América.
Había créditos internacionales. Había intereses comerciales extranjeros. La guerra de independencia se había convertido en parte de una transformación atlántica mucho mayor. Y aquí aparece una ironía histórica:
España perdió América mientras Europa encontraba nuevas formas de entrar en ella.
El viejo monopolio imperial desapareció. Pero el comercio extranjero no desapareció con él. Al contrario. Entró con fuerza.
XIII. Del imperio al mercado
Esta es quizá la cuestión más profunda de este capítulo. El final del imperio español no significó el final de la dependencia económica. Cambió la forma de la dependencia. Antes existía un sistema imperial español, con sus leyes, sus monopolios, sus restricciones comerciales y su estructura administrativa.
Después aparecieron repúblicas formalmente soberanas. Pero esas repúblicas necesitaron: dinero extranjero, armas extranjeras, mercados extranjeros, barcos extranjeros, capital extranjero. Y Gran Bretaña estaba en una posición extraordinariamente favorable para ocupar ese espacio.
Un estudio clásico sobre el transporte marítimo británico sostiene que las revoluciones latinoamericanas abrieron un vacío comercial que los británicos aprovecharon intensamente, buscando nuevos mercados para sus manufacturas y nuevas cargas para sus barcos. La expresión puede parecer dura.
Pero la realidad económica era precisamente esa: un monopolio había desaparecido y un mercado había quedado abierto.
XIV. ¿Quién pagaba entonces por la “libertad”?
Aquí podemos regresar a la pregunta que atraviesa este libro. Cuando se pronuncia la palabra: “libertad”, hay que preguntar: ¿libertad de quién? ¿Libertad política? ¿Libertad comercial? ¿Libertad de navegación? ¿Libertad de importar? ¿Libertad de contratar préstamos? ¿Libertad de comerciar sin las restricciones del antiguo monopolio?
Todas esas libertades podían coexistir. Pero no beneficiaban necesariamente a las mismas personas. El comerciante británico podía ganar con la apertura de un puerto. El gobierno revolucionario podía ganar armas y crédito.
El general podía ganar soldados. El nuevo Estado podía obtener un préstamo. Y el campesino podía continuar viviendo en la pobreza. No existe contradicción alguna entre esas afirmaciones. Porque una revolución política puede producir simultáneamente libertades para unos y nuevas cargas para otros.
XV. Y aquí vuelve el campesino cruceño
No debemos convertir esta observación económica en una acusación automática contra cada revolucionario. Sería injusto. Muchos hombres lucharon sinceramente. Muchos murieron convencidos de estar defendiendo una causa justa. Muchos campesinos, indígenas, mestizos, pardos y afrodescendientes participaron en las guerras.
Muchos combatieron por razones que nada tenían que ver con los intereses de un comerciante de Londres. Eso debe ser reconocido. Pero precisamente por eso debemos separar dos cosas: la motivación del soldado y la estructura económica en la que terminó desarrollándose la guerra.
Un hombre puede combatir sinceramente por su patria mientras su gobierno contrae una deuda extranjera. Un campesino puede morir por la independencia mientras un comerciante extranjero abre un almacén en el puerto. Un general puede creer sinceramente en la libertad mientras necesita fusiles comprados en Londres.
La historia es capaz de contener todas esas realidades al mismo tiempo.
XVI. La gran paradoja
Aquí encontramos una de las paradojas más profundas de la independencia hispanoamericana. Los revolucionarios querían romper una dependencia. Y para conseguirlo necesitaron ayuda exterior. Necesitaron armas. Necesitaron dinero. Necesitaron barcos. Necesitaron hombres. Necesitaron crédito.
Y una parte importante de esos recursos vino del mismo mundo comercial europeo que terminaría entrando con fuerza en las nuevas repúblicas. No significa que los revolucionarios fueran títeres. No significa que la independencia fuera falsa. Significa algo mucho más incómodo:
la soberanía política puede nacer acompañada de dependencia económica.
Y eso es precisamente lo que debemos estudiar.
XVII. Santa Cruz dentro de la gran transformación
Volvamos entonces a Santa Cruz. El 24 de septiembre de 1810 no fue financiado por la Legión Británica. No podemos decir eso. Pero tampoco debemos estudiar aquel acontecimiento como si hubiera ocurrido en un mundo cerrado. Santa Cruz estaba conectada con Charcas. Charcas estaba conectada con el Alto Perú.
El Alto Perú estaba conectado con Potosí. Potosí estaba conectado con los grandes circuitos comerciales del imperio. Buenos Aires estaba conectado con el Atlántico. Y el Atlántico estaba cada vez más dominado por el comercio británico. El mundo estaba cambiando. Y Santa Cruz estaba dentro de ese cambio.
La revolución local era solamente una parte de una transformación mucho mayor.
XVIII. La independencia y el nuevo mercado
Después de la ruptura política, los mercados hispanoamericanos comenzaron a abrirse cada vez más al comercio extranjero. Y los británicos estuvieron entre los grandes beneficiarios. Eso está suficientemente documentado. Pero debemos formular la conclusión con precisión. No: “España salió y Londres tomó inmediatamente su lugar.”
La realidad fue más compleja. Hubo competencia británica, estadounidense, francesa y de otras potencias. Hubo comerciantes locales. Hubo intereses regionales. Hubo guerras civiles. Hubo crisis financieras. Hubo gobiernos que intentaron proteger sus economías.
Pero Gran Bretaña consiguió una posición comercial extraordinariamente fuerte. Y esa posición sería una de las características fundamentales de la América Latina posterior a la independencia.
XIX. El nuevo amo o el nuevo sistema
Aquí es donde nuestra tesis debe hacerse más profunda. Decir simplemente: “España fue reemplazada por Inglaterra” es demasiado sencillo. La realidad histórica fue más compleja. Lo que apareció fue un sistema internacional nuevo. Ya no existía un único imperio que regulara toda la economía.
Existía un mercado internacional mucho más abierto. Y dentro de ese mercado Gran Bretaña tenía una posición privilegiada. Por eso quizá la expresión más exacta no sea: “un imperio sustituyó a otro”. Sino:
“un orden imperial cerrado fue sustituido progresivamente por un orden internacional de mercados, créditos y capitales en el que Gran Bretaña adquirió una posición dominante.”
Eso describe mejor lo que ocurrió. Y permite comprender por qué la independencia política no eliminó automáticamente la dependencia económica.
XX. Conclusión: la otra cara de la independencia
Ahora podemos regresar al título.
La Pista Inglesa.
No porque debamos encontrar una conspiración donde no existe documentación. Sino porque los documentos muestran una realidad que no puede ignorarse: Bolívar necesitó crédito. Hyslop consiguió el préstamo. López Méndez organizó compras y reclutamientos desde Londres. Miles de británicos e irlandeses cruzaron el Atlántico.
Se enviaron armas y municiones. La Legión Británica combatió en las campañas decisivas del norte de Sudamérica. El Parlamento británico tuvo que legislar sobre el alistamiento extranjero. Y, después de las independencias, los comerciantes británicos penetraron masivamente en los nuevos mercados latinoamericanos.
Eso no demuestra que Londres hubiera diseñado cada revolución. Demuestra algo distinto y quizá más importante: la independencia hispanoamericana terminó desarrollándose dentro de una economía atlántica en la que el capital, las armas, los barcos y los comerciantes británicos desempeñaron un papel decisivo.
Y aquí debemos recordar nuevamente a Santa Cruz. El 24 de septiembre de 1810 fue anterior a esta gran internacionalización de la guerra. Por eso no debemos falsificar la cronología. Pero tampoco debemos detenernos en 1810. Porque la pregunta del historiador no termina cuando cae un gobierno. Continúa cuando pregunta:
¿qué ocurrió después?
¿Quién financió la guerra?
¿Quién proporcionó las armas?
¿Quién transportó los hombres?
¿Quién prestó el dinero?
¿Quién abrió los mercados?
¿Quién cobró los intereses?
¿Quién obtuvo nuevas oportunidades comerciales?
Y, finalmente:
¿qué recibió el campesino que había derramado su sangre?
Estas preguntas nos llevan mucho más lejos que una estatua o un desfile. Porque la historia de la independencia no es solamente la historia de los que gritaron libertad. Es también la historia de quienes financiaron aquella libertad, quienes la armaron y quienes encontraron en ella un nuevo mercado. Y ahí comienza una de las grandes paradojas de nuestra historia:
España perdió el monopolio.
Buenos Aires buscó el poder.
Las nuevas repúblicas buscaron soberanía.
Londres encontró mercados.
Y los pueblos tuvieron que aprender a vivir dentro del nuevo orden. Por eso yo, Richard Marcelo Romero Cossío, no festejo el 24 de septiembre. No porque niegue el sacrificio de quienes combatieron. Al contrario. Precisamente porque creo que quienes derramaron su sangre merecen que sepamos para qué mundo estaban muriendo.
El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron. Y esta vez la pregunta no es solamente quién gritó. La pregunta es:
¿quién pagó, quién armó y quién ganó con aquella guerra?
La respuesta no cabe en una plaza. Hay que buscarla en los archivos de Buenos Aires. En los campos de batalla. En los contratos. En los libros de deuda. En los puertos. Y también en Londres.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO VII
La Masonería como infraestructura
La red secreta que conectó la revolución
Hasta aquí hemos seguido dos pistas. Primero, la de Buenos Aires. Después, la de Londres. Hemos visto cómo la revolución de 1810 en Santa Cruz estuvo conectada con el movimiento político nacido en Buenos Aires. Hemos visto también cómo, algunos años después, las guerras de independencia comenzaron a recibir crédito, armas, barcos y combatientes procedentes del mundo británico.
Pero todavía falta una pieza. Una pieza que durante mucho tiempo fue tratada de dos maneras igualmente insatisfactorias. Unos la convirtieron en explicación universal. Otros prefirieron fingir que no existía. Esa pieza es la masonería. Y aquí debemos ser especialmente rigurosos. Porque decir que hubo masonería, sociedades secretas y redes políticas de inspiración o estructura masónica durante las independencias hispanoamericanas no es una fantasía conspirativa.
Lo que sí sería una simplificación sería afirmar que una única organización masónica dirigió cada levantamiento, decidió cada cabildo y controló personalmente a todos los protagonistas. La documentación no obliga a llegar tan lejos. Pero tampoco permite ir al extremo contrario. Hubo redes secretas. Hubo sociedades políticas. Hubo hombres que se relacionaron a través de ellas. Hubo filiales y organizaciones vinculadas con el proyecto emancipador. Hubo circulación internacional de personas, ideas, correspondencia y recursos.
Y algunas de esas redes utilizaron deliberadamente la forma organizativa, los símbolos, los grados, los juramentos y el secreto propios de la tradición masónica. La historiografía académica ha estudiado precisamente esta zona de contacto entre masonería, sociedades patrióticas y organizaciones revolucionarias. Por eso la pregunta correcta no es:
«¿Fue la masonería la única causa de la independencia?» La pregunta correcta es:
¿Qué función desempeñaron las redes secretas de estructura masónica en la organización, comunicación y coordinación de los movimientos revolucionarios?
Y esa pregunta sí puede investigarse.
I. El hecho: Francisco de Miranda y una red que cruzó el Atlántico
Hay que comenzar por un hombre: Francisco de Miranda. Miranda no fue simplemente un precursor que soñó vagamente con la independencia. Fue un organizador. Pasó años viajando por Europa y América, entrando en contacto con militares, políticos, comerciantes e intelectuales. Y Londres ocupó un lugar fundamental en su actividad.
Alrededor de Miranda surgió una organización conocida como Gran Reunión Americana, asociada en distintas tradiciones historiográficas con los llamados Caballeros Racionales y posteriormente con las redes de las Logias Lautaro. Aquí debemos hacer una precisión fundamental. Durante mucho tiempo se afirmó como un hecho indiscutible que Miranda había fundado en Londres una gran logia masónica regular destinada a dirigir la independencia americana.
La investigación académica contemporánea ha obligado a matizar esa afirmación. Un estudio publicado en REHMLAC+ señala que existe una discusión seria sobre la pertenencia personal de Miranda a la masonería y que tampoco puede confundirse automáticamente la Gran Reunión Americana con una logia masónica regular. Sin embargo, el mismo estudio destaca algo decisivo: Miranda utilizó el sistema organizativo de las logias para impulsar su proyecto emancipador y creó una sociedad revolucionaria llamada Gran Reunión Americana.
Esta distinción es extraordinariamente importante. Porque significa que podemos abandonar una afirmación difícil de demostrar: «Miranda era simplemente el Gran Maestro de una Masonería mundial que dirigía América.» Y sustituirla por una afirmación mucho más sólida:
Miranda creó y utilizó una red política secreta organizada mediante procedimientos y formas tomadas del universo masónico para reunir y coordinar a revolucionarios hispanoamericanos. Eso sí está respaldado por una historiografía seria.
II. La diferencia que cambia todo: masonería y sociedades masónicas
Aquí encontramos una de las claves de todo este capítulo. Cuando se habla de «masonería» en relación con la independencia hispanoamericana, muchas veces se mezclan tres realidades distintas: la masonería propiamente dicha; las sociedades secretas políticas que adoptaron formas masónicas; y las redes personales de revolucionarios que circulaban entre ambas esferas. No son exactamente lo mismo.
El Museo Virtual de Historia de la Masonería de la Universidad Nacional de Educación a Distancia describe las Logias Lautaro como sociedades secretas de sudamericanos con finalidad emancipadora y republicana, vinculadas con la Gran Reunión Americana de Miranda. Pero añade una precisión decisiva: aquellas sociedades políticas eran diferentes de la masonería y de la carbonería, aunque hubieran tomado de ellas signos, fórmulas, grados y juramentos secretos.
Esto no elimina la importancia de la masonería. Al contrario. La hace más interesante. Porque demuestra que los revolucionarios conocían y utilizaban formas de organización clandestina que ya tenían una eficacia social y política probada.
La logia proporcionaba una estructura. El secreto proporcionaba seguridad. Los grados permitían establecer jerarquías. Los juramentos creaban compromisos. Los nombres simbólicos protegían identidades. Y la pertenencia común permitía reconocer a un hombre en otra ciudad. En un mundo donde una carta podía tardar semanas o meses en atravesar el Atlántico, eso tenía un valor político enorme.
III. Londres: donde las redes comenzaron a encontrarse
Ahora entendemos mejor por qué Londres aparece una y otra vez en nuestra investigación. No solamente era una capital comercial. Era también un lugar de exilio, circulación política, impresión, información y contactos internacionales. Miranda desarrolló allí una parte fundamental de su actividad. Y después pasarían por Londres otros hispanoamericanos que terminarían desempeñando papeles decisivos en la independencia.
Bernardo O’Higgins, por ejemplo, entró en contacto con el círculo de Miranda durante su estancia londinense. Un estudio sobre las conexiones de O’Higgins señala precisamente que su experiencia londinense lo puso en contacto con el círculo de Miranda y con hermanos de orientación liberal y frecuentemente masónica. No estamos hablando todavía de Santa Cruz. Estamos reconstruyendo la infraestructura humana que precedió a muchos de los acontecimientos posteriores.
Y esto importa. Porque las revoluciones no viajan solas. Viajan con personas.
IV. Los hombres: San Martín, Alvear, Bolívar
La red no quedó limitada a Miranda. Aparecen después nombres que se convertirían en protagonistas fundamentales de la independencia: Simón Bolívar. José de San Martín. Carlos María de Alvear. José Matías Zapiola. Bernardo O’Higgins. Pero aquí nuevamente debemos distinguir entre lo que está documentado y lo que la tradición posterior convirtió en certeza.
La relación de varios de estos hombres con ambientes, sociedades o logias de carácter revolucionario es ampliamente discutida y documentada. Lo que no debemos hacer es transformar automáticamente cada una de esas relaciones en una obediencia absoluta a una «Masonería mundial». No existe necesidad de hacerlo.
La propia historia de las Logias Lautaro es suficiente para mostrar algo extraordinario. La Universidad Nacional de Educación a Distancia describe estas sociedades como organizaciones secretas de sudamericanos orientadas a la emancipación y al establecimiento del sistema republicano, vinculadas con la Gran Reunión Americana.
Y aquí la palabra organización importa. Porque una cosa es que diez hombres compartan una idea. Otra muy distinta es que tengan: reuniones secretas;
-
grados;
-
juramentos;
-
reglas internas;
-
nombres simbólicos;
-
filiales;
-
conexiones entre ciudades;
-
y un objetivo político común.
Cuando aparecen esas características, ya no estamos hablando simplemente de «ideas que flotaban en el ambiente». Estamos hablando de organización.
V. La Logia Lautaro: cuando la red se convierte en instrumento político
La llamada Logia Lautaro constituye uno de los ejemplos más importantes. Su existencia como organización política secreta no es una fantasía creada por historiadores contemporáneos. La UNED la estudia expresamente dentro de las sociedades secretas de orientación emancipadora que operaron en Europa e Hispanoamérica. Su objetivo estaba relacionado con la emancipación americana y con la construcción de un sistema republicano.
Aquí la palabra «infraestructura» comienza a adquirir todo su sentido. Una infraestructura no necesita ordenar cada movimiento. Le basta con hacer posibles determinados movimientos. Una red de caminos no decide adónde quiere viajar cada persona. Pero permite que llegue más rápido. Una red de comunicaciones no crea necesariamente el mensaje.
Pero permite que el mensaje circule. Y una red política secreta no tiene que inventar todos los descontentos. Puede conectar a quienes ya están descontentos. Eso es exactamente lo que debemos investigar.
VI. La masonería como amplificador
Ésta es la tesis central de este capítulo. La masonería —o, con mayor precisión, las sociedades políticas que utilizaron formas de organización masónica— no tiene que ser presentada como la causa única de la independencia. Fue un amplificador. Existían causas anteriores. La crisis de la Monarquía en 1808. La invasión napoleónica. Las disputas por la representación. Las tensiones entre peninsulares y criollos. Los intereses económicos. Las ideas de la Ilustración.
Las experiencias de las revoluciones estadounidense y francesa. Las rivalidades regionales. La debilidad de la autoridad imperial. Todo eso existía. La red no inventó necesariamente esas tensiones. Pero podía hacer algo decisivo:
convertir hombres dispersos en hombres conectados.
Y hombres conectados pueden hacer cosas que hombres aislados no pueden hacer. Pueden compartir información. Pueden reconocer aliados. Pueden conseguir protección. Pueden transmitir instrucciones. Pueden encontrar financiación. Pueden localizar armas. Pueden reclutar militares. Pueden establecer contactos en otra ciudad. Y pueden mantener relaciones clandestinas cuando la correspondencia abierta resulta peligrosa. Eso es infraestructura política.
VII. Y aquí aparece Londres otra vez
Ahora podemos conectar este capítulo con el anterior. En el Capítulo VI vimos que Londres se convirtió en un centro fundamental de adquisición de armas, contratación de voluntarios y obtención de recursos para la revolución bolivariana. La investigación reciente de Cambridge sobre las redes británicas de Bolívar muestra precisamente que, aunque el Gobierno británico no proporcionó oficialmente el apoyo militar solicitado, redes privadas de comerciantes y asociaciones suministraron grandes cantidades de armas, equipamiento y hombres.
Esto es importantísimo. Porque significa que existía una red internacional de: políticos, militares, comerciantes, agentes, prestamistas, transportistas y voluntarios. No todos eran masones. No todos pertenecían a una misma organización. No todos perseguían exactamente los mismos intereses. Pero podían cruzarse. Y una red secreta podía facilitar algunos de esos cruces. Por eso debemos abandonar la imagen infantil de una conspiración con veinte hombres sentados alrededor de una mesa decidiendo el destino de América.
La realidad histórica es más poderosa: eran múltiples redes superpuestas. Políticas. Comerciales. Militares. Personales. Intelectuales. Y, en determinados casos, masónicas.
VIII. Chuquisaca: donde debemos empezar a buscar
Y ahora regresamos al Alto Perú. Porque aquí es donde el capítulo se vuelve verdaderamente importante para nuestra investigación sobre Santa Cruz. Chuquisaca. La Universidad de San Francisco Xavier. Los abogados. Los estudiantes. Los funcionarios. Los clérigos. Los comerciantes. Los hombres que viajaban.
Los hombres que escribían. Los hombres que llevaban noticias. Allí circulaban las llamadas «ideas nuevas». Y allí estudió Antonio Vicente Seoane. Ya hemos establecido en capítulos anteriores que Seoane regresó a Santa Cruz en 1808 después de su formación en Chuquisaca y que quedó relacionado con el ambiente revolucionario de Charcas.
Pero aquí debemos evitar un salto que no podemos demostrar: «Seoane estudió en Chuquisaca, por tanto Seoane era masón.» No. Eso no está demostrado. Tampoco podemos afirmar que las «ideas nuevas» que recibió fueran necesariamente ideas masónicas. Pero sí podemos formular una pregunta histórica perfectamente legítima:
¿qué redes políticas, intelectuales y personales conectaban a Seoane con el ambiente revolucionario de Charcas?
Y esa pregunta todavía puede investigarse.
IX. El punto donde la historia se vuelve incómoda: Santa Cruz
Aquí llegamos finalmente a nuestro objetivo. Santa Cruz. ¿Qué podemos afirmar? Podemos afirmar que Seoane estaba conectado con el ambiente revolucionario de Chuquisaca. Podemos afirmar que Moldes llegó desde Buenos Aires en el contexto de la expansión de la revolución porteña. Podemos afirmar que Salvatierra ya había establecido contactos revolucionarios con la Junta de Buenos Aires antes del 24 de septiembre. Podemos afirmar que la Junta cruceña terminó reconociendo la autoridad de Buenos Aires.
Eso ya lo hemos demostrado en los capítulos anteriores. Pero ahora surge una pregunta nueva:
¿podemos demostrar que esa red revolucionaria cruceña estaba organizada específicamente mediante una estructura masónica?
Aquí debemos responder: todavía no de manera suficiente. Y esto no es una derrota. Es precisamente lo que hace que nuestra investigación sea seria. La existencia de las redes masónicas y de las sociedades políticas de tipo masónico en el mundo atlántico está documentada. La existencia de conexiones entre muchos protagonistas de la independencia también.
Pero el salto concreto:
Miranda → Buenos Aires → Moldes → Seoane → Santa Cruz → 24 de septiembre
a través de una obediencia masónica demostrable requiere documentos específicos. Necesitamos nombres. Fechas. Correspondencia. Actas. Testimonios. Registros de pertenencia. Y, sobre todo, documentos contemporáneos. La propia historiografía especializada advierte contra convertir en certeza aquello que procede únicamente de tradiciones posteriores sobre Miranda y las logias.
X. Pero cuidado: esto tampoco salva el relato oficial
Aquí es donde debemos ser firmes. Que todavía no podamos demostrar una pertenencia masónica concreta de Seoane no significa que debamos regresar al relato tradicional. No. Porque hay una diferencia enorme entre estas dos afirmaciones: «Seoane era miembro de una logia masónica.» y
«Seoane actuó dentro de un ambiente revolucionario transregional conectado con Chuquisaca y posteriormente con Buenos Aires.»
La segunda está mucho mejor documentada. Y ya es suficiente para desmontar la imagen de una revolución completamente aislada y espontánea. No necesitamos una masonería secreta en cada esquina de Santa Cruz para demostrar que el movimiento cruceño formaba parte de redes políticas más amplias.
XI. La verdadera fuerza de la tesis
Por eso propongo una formulación más fuerte que la de nuestras dos versiones anteriores:
La masonería no necesita haber ordenado el 24 de septiembre para haber sido históricamente importante.
Si las sociedades secretas de estructura masónica ayudaron a formar, conectar y coordinar a sectores revolucionarios hispanoamericanos, entonces ya desempeñaron una función histórica relevante. La pregunta no es si cada cruceño era masón. La pregunta es:
¿qué redes hicieron posible que determinadas ideas, hombres y recursos atravesaran miles de kilómetros y aparecieran coordinadamente en distintos escenarios de la revolución?
Y ahí las sociedades secretas adquieren una importancia extraordinaria.
XII. No fue solamente una cuestión de ideas
Éste es otro punto que no debemos olvidar. Las revoluciones necesitan ideas. Pero las ideas solas no derriban gobiernos. Necesitan: organización. Necesitan: comunicación. Necesitan: dinero. Necesitan: armas. Necesitan: hombres. Necesitan: mandos. Necesitan: información. Necesitan: lugares seguros donde reunirse. Y necesitan confianza entre personas que no siempre pueden confiar públicamente unas en otras.
Una sociedad secreta puede ofrecer precisamente eso. Por eso resulta históricamente razonable estudiar la masonería y las sociedades de estructura masónica como infraestructura revolucionaria, aunque no las convirtamos en explicación total.
XIII. El gran error sería llamarlo todo “masonería”
Y aquí quiero ser todavía más preciso. Si llamamos «masonería» absolutamente a todo, debilitamos nuestro propio argumento. Porque entonces un historiador puede señalarnos una logia que no era masónica regular y decir: «Ahí tienen su error.» Y tendrá razón. Por eso nuestro vocabulario debe ser más exacto: masonería; sociedades secretas; sociedades patrióticas; Caballeros Racionales; Logias Lautaro; redes mirandistas; ambientes masónicos; redes políticas revolucionarias.
No son sinónimos perfectos. Pero forman parte de un mismo universo histórico de sociabilidad secreta y organización política. La propia UNED advierte justamente que las sociedades Lautaro tenían semejanzas con la masonería, pero que no eran idénticas a ella. Y un estudio especializado sobre Miranda insiste en que precisamente esa confusión terminológica ha producido muchos errores historiográficos.
XIV. Lo que sí podemos decir de Miranda
Hay algo que sí resulta especialmente difícil de negar: Miranda construyó una red revolucionaria internacional. Eso es más importante que discutir eternamente si recibió formalmente tal o cual grado masónico. Miranda reunió personas. Transmitió ideas. Estableció contactos. Preparó proyectos emancipadores.
Relacionó hispanoamericanos que se encontraban dispersos por Europa. Y creó una organización política secreta que utilizaba formas inspiradas en las sociedades iniciáticas de su época. Eso convierte a Miranda en algo más que un precursor intelectual.
Lo convierte en un organizador transnacional de la revolución.
Y esa función es fundamental para comprender lo que vendría después.
XV. De Miranda a Lautaro
La importancia de la red se vuelve todavía más visible cuando llegamos a las organizaciones posteriores. Las llamadas Logias Lautaro conectaron a hombres que después ocuparían posiciones fundamentales en la revolución rioplatense y chilena. La UNED las identifica como sociedades secretas sudamericanas orientadas a la emancipación y vinculadas con la sociedad matriz atribuida a Miranda.
Aquí aparece una continuidad: Miranda → sociedades secretas → Caballeros Racionales → Lautaro → San Martín, Alvear y otros protagonistas → campañas militares de independencia.
No significa que cada eslabón sea una filial administrativa perfectamente documentada. Pero sí significa que existió un universo organizativo transnacional que conectó hombres y proyectos revolucionarios. Y eso es mucho más significativo que la caricatura de la conspiración.
XVI. La masonería y el capital atlántico
Ahora podemos volver al capítulo anterior. La red política y la red comercial no eran necesariamente una sola cosa. Eso debemos dejarlo absolutamente claro. No tenemos derecho a decir:
«Todo comerciante londinense era masón y todo masón financiaba la revolución.»
Eso sería falso. Pero sí podemos observar que las revoluciones se desarrollaron dentro de un mundo donde existían simultáneamente: sociedades políticas secretas; comerciantes internacionales; agentes diplomáticos; prestamistas; redes militares; puertos atlánticos; mercados de armas. Y algunas personas podían pertenecer a más de uno de esos círculos.
Por eso hablamos de infraestructura. No de un gobierno secreto mundial.
XVII. ¿Fue entonces una conspiración?
La palabra produce inmediatamente una reacción. «Conspiración.» Como si pronunciarla obligara a abandonar la historia y entrar en la fantasía. Pero históricamente una conspiración significa simplemente, en su sentido básico, una acción concertada y secreta entre varias personas para alcanzar un objetivo.
Y sabemos que existieron sociedades secretas revolucionarias. Sabemos que utilizaban juramentos. Sabemos que utilizaban nombres simbólicos. Sabemos que tenían objetivos políticos. Sabemos que conectaban ciudades. Sabemos que reclutaban miembros. Eso no es teoría. Es historia.
Lo que sí sería una teoría conspirativa sin suficiente fundamento sería afirmar que: una única organización controlaba todos los acontecimientos; cada revolucionario obedecía órdenes de Londres; cada cabildo era una operación masónica; y toda la independencia fue simplemente una operación diseñada por una élite extranjera.
Eso requiere pruebas que no poseemos en todos los casos. Nuestra investigación no necesita semejante salto.
XVIII. Entonces, ¿qué fue realmente la masonería en este proceso?
La respuesta más seria es también la más interesante:
fue una forma de organización y sociabilidad que, en determinados contextos, pudo ser adaptada a objetivos políticos revolucionarios y utilizada para conectar personas separadas por fronteras, océanos y gobiernos.
No explica todo. Pero explica algo importante: cómo podían encontrarse los hombres que necesitaban encontrarse. Y ésa es precisamente la función de una infraestructura.
XIX. La pregunta que queda abierta para Santa Cruz
Ahora bien. Aquí termina el capítulo y comienza una investigación todavía más profunda. Porque todavía debemos preguntar: ¿quiénes de los hombres relacionados con Santa Cruz pertenecieron efectivamente a estas redes? ¿Seoane? ¿Moldes? ¿Lemoine? ¿Salvatierra? ¿Otros miembros de la Junta? ¿Existieron correspondencias? ¿Había logias o sociedades semejantes en Chuquisaca? ¿Llegaron miembros de esas redes a Santa Cruz? ¿Existían vínculos con Buenos Aires? ¿Podemos encontrar nombres en archivos masónicos? ¿Podemos encontrar cartas? ¿Podemos encontrar juramentos? ¿Podemos encontrar referencias contemporáneas?
Ahí es donde nuestro trabajo puede dar un salto. Porque ya no estaremos discutiendo sobre masonería en abstracto. Estaremos buscando la huella documental de la masonería en Santa Cruz.
XX. La conclusión que sí podemos defender
Después de todo lo estudiado, podemos decir algo mucho más serio que: «La masonería causó la independencia.» Y también algo mucho más fuerte que: «La masonería no tuvo nada que ver.» La posición históricamente defendible es ésta:
Las independencias hispanoamericanas se desarrollaron dentro de un mundo de sociedades secretas, redes políticas transnacionales y ambientes masónicos. Francisco de Miranda creó y utilizó una organización revolucionaria de estructura y lenguaje próximos a la tradición masónica; las sociedades Lautaro posteriormente desempeñaron funciones políticas y organizativas de primer orden. Estas redes ayudaron a conectar hombres, ideas y proyectos que actuaban a ambos lados del Atlántico.
La evidencia es suficientemente fuerte para afirmarlo. Pero debemos añadir inmediatamente:
Eso no demuestra que una masonería única y centralizada dirigiera cada revolución ni que el 24 de septiembre de 1810 en Santa Cruz haya sido ordenado por una logia masónica. Esa conexión concreta necesita documentos.
Y lejos de debilitar nuestra investigación, esa precisión la hace más peligrosa para cualquier relato simplista. Porque ahora no estamos diciendo: «Todo fue masonería.» Estamos diciendo: «Aquí hubo redes. Demuéstreme quiénes las integraban, cómo funcionaban y hasta dónde llegaron.» Y ésa es una pregunta que los archivos pueden responder.
XXI. La sombra detrás de la plaza
Ahora podemos mirar nuevamente la plaza de Santa Cruz. Nos dijeron: «El pueblo despertó.» Nosotros preguntamos: ¿Quiénes organizaron? ¿Quiénes comunicaron? ¿Quiénes financiaron? ¿Quiénes viajaron? ¿Quiénes llevaron las noticias? ¿Quiénes conectaron Santa Cruz con Chuquisaca? ¿Quién conectó Chuquisaca con Buenos Aires? ¿Quién conectó Buenos Aires con Londres? Y, sobre todo:
¿qué redes permitieron que hombres separados por miles de kilómetros actuaran dentro de un mismo proceso revolucionario?
No tenemos todavía todas las respuestas. Pero ahora sabemos que la pregunta es legítima. Sabemos que existieron redes. Sabemos que existieron sociedades secretas. Sabemos que existieron organizaciones de estructura masónica. Sabemos que existieron vínculos transatlánticos. Sabemos que existió una revolución internacionalizada. Y sabemos que Santa Cruz no vivía en un vacío.
Por eso el 24 de septiembre no puede seguir estudiándose únicamente desde la plaza. Hay que estudiarlo desde la red.
XXII. Conclusión: no una teoría, sino una investigación
La masonería no necesita convertirse en un demonio omnipotente para ser históricamente relevante. Ni necesita ser declarada inocua para tranquilizar al historiador políticamente correcto. Hay documentos. Hay sociedades secretas. Hay nombres. Hay correspondencia. Hay redes. Hay organizaciones. Hay símbolos. Hay juramentos.
Y hay una geografía política que conecta Londres, Cádiz, Caracas, Buenos Aires, Santiago, Mendoza y otros centros revolucionarios. Lo que debemos hacer ahora es seguir las conexiones hasta donde lleguen los documentos. Y detenernos donde los documentos terminen. Ésa es la diferencia entre una investigación histórica y una leyenda.Pero tampoco debemos olvidar algo:
la existencia de incertidumbres particulares no borra los hechos generales.
Que no podamos demostrar todavía que Seoane recibió una orden masónica concreta no significa que la red revolucionaria internacional no existiera. Que no podamos demostrar que Moldes actuó como masón en Santa Cruz no elimina su condición de agente de la revolución porteña. Que no podamos demostrar una logia masónica dentro de Santa Cruz en 1810 no convierte al movimiento cruceño en espontáneo. La historia no funciona con ese tipo de falsos dilemas. Y por eso esta investigación continúa.
Porque quizá el próximo documento nos diga algo que todavía no sabemos. Y si lo dice, habrá que aceptarlo. Yo, Richard Marcelo Romero Cossío, no necesito inventar una masonería omnipotente para cuestionar la leyenda del «grito espontáneo». Me basta con demostrar que las revoluciones también tuvieron redes, organizadores, sociedades secretas, recursos y conexiones internacionales. Y esas redes existieron. Eso no es una teoría de conspiración. Es historia. Lo que todavía debemos descubrir es hasta dónde llegaron sus hilos en Santa Cruz. Y ahí comienza la próxima etapa del Proyecto Traditio.
Porque la historia pierde su fuerza cuando necesita exagerar. Pero también la pierde cuando, por miedo a incomodar, deja de hacer las preguntas difíciles. No buscamos una historia que confirme nuestros prejuicios. Buscamos una historia que resista los documentos. Porque la verdad no pertenece ni a los liberales ni a los tradicionalistas.
La verdad pertenece a Dios. El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO VIII
EL SACERDOTE QUE JURÓ ANTES DE TIEMPO
José Andrés Salvatierra y la Iglesia ante la revolución
Tesis central: José Andrés Salvatierra ocupa un lugar mucho más importante del que normalmente le concede la historia oficial del 24 de septiembre de 1810. No aparece simplemente como un sacerdote que, arrastrado por los acontecimientos, terminó participando en la revolución cruceña. Las fuentes historiográficas conservadas sitúan su actuación política y militar en Membiray antes de la jornada del 24 de septiembre, y algunas lo presentan incluso adelantándose a la misión de Eustaquio Moldes, enviado de la Junta de Buenos Aires.
El dato cambia la perspectiva. Porque si Salvatierra ya había conseguido un pronunciamiento en la frontera, si ya existían hombres movilizados y si la adhesión a Buenos Aires precedió a la constitución de la Junta de Santa Cruz, entonces el 24 de septiembre no puede seguir presentándose como el instante en que, de repente, toda una ciudad despertó a la libertad.
La revolución ya se estaba organizando antes de ocupar la plaza. Y aquí aparece una segunda cuestión, todavía más delicada: Salvatierra no era un comerciante ni un soldado cualquiera. Era sacerdote. Por eso su actuación debe ser examinada no solamente por el historiador, sino también desde la disciplina tradicional de la Iglesia.
I. QUIÉN ERA REALMENTE JOSÉ ANDRÉS SALVATIERRA
José Andrés Salvatierra no era simplemente un párroco de ciudad. Su vida estaba vinculada al Fuerte de Membiray, en la región de Cordillera, frontera con los pueblos chiriguanos. Había sido nombrado capellán de la guarnición y desarrolló allí una actividad que lo puso en contacto directo con militares, hacendados, indígenas y autoridades locales.
Una investigación publicada por la Universidad Católica Boliviana señala que Salvatierra llegó a Membiray como capellán de la guarnición y que allí entró en contacto con el coronel Antonio Suárez, segundo de la guarnición. La misma investigación recoge la tradición según la cual Salvatierra habría difundido allí ideas revolucionarias procedentes de Chuquisaca, aunque reconoce expresamente que no existen documentos que permitan afirmar esa predicación política como un hecho probado. (UCB San Pablo Cochabamba) Esta última cautela es importante. No necesitamos inventar pruebas. Tenemos algo mucho más interesante: su actuación posterior.
Salvatierra terminó formando parte de la Junta constituida en Santa Cruz el 24 de septiembre. Y antes de ese momento aparece vinculado a la movilización de Membiray. Por eso su figura merece ser estudiada desde una doble condición: sacerdote y actor político. No podemos confundir ambas funciones.
II. MEMBIRAY: LA REVOLUCIÓN ANTES DEL 24 DE SEPTIEMBRE
Aquí comienza a quebrarse la cronología tradicional. José Mariano Durán Canelas, según la reconstrucción histórica realizada por Carlos Dabdoub Arrien, situó en 10 de septiembre de 1810 el primer alzamiento independentista de Santa Cruz, en el Fuerte de Membiray. Dabdoub recoge además que, después de la Revolución de Mayo de Buenos Aires, llegó a Santa Cruz Eustaquio Moldes con la misión de conseguir adhesiones a la Junta porteña e impulsar el movimiento revolucionario. (Icees)
Pero hay una tradición todavía más significativa. Según Enrique de Gandía, en su obra de 1935 sobre Santa Cruz de la Sierra, Salvatierra se había adelantado a Moldes en Membiray. La importancia de esta afirmación es enorme. Porque Moldes no aparece allí como un viajero casual. Era el hombre vinculado a la Junta de Buenos Aires que buscaba extender su influencia hacia Santa Cruz.
Y cuando llegó a la zona de Membiray, según esta tradición, encontró que Salvatierra ya había conseguido la adhesión y que existían fuerzas preparadas. La tradición historiográfica transmite las cifras de 300 hombres y 100 neófitos. Pero otra reconstrucción posterior, citada por Dabdoub a partir de Nino Gandarilla Guardia, habla de 300 hombres montados y armados y más de 1.200 indígenas de las misiones de Cordillera. (Icees) Aquí debemos ser rigurosos.
Las cifras no son uniformes. No debemos convertir una cifra transmitida por una fuente en una certeza matemática que las demás fuentes no confirman. Pero hay algo mucho más importante que la cifra: Las distintas tradiciones coinciden en el hecho estructural. Membiray ya estaba movilizado antes del 24 de septiembre. Y eso basta para modificar la narrativa.
III. ANTES QUE LA PLAZA, LA FRONTERA
La historia escolar suele comenzar la revolución cruceña en la plaza. La investigación obliga a comenzar más lejos. En Membiray. Mientras Santa Cruz todavía discutía qué hacer frente a la nueva situación política, en la frontera ya se había producido una movilización vinculada a la revolución. Dabdoub recoge precisamente la frase según la cual aquella fuerza de Membiray constituía un antecedente que servía de modelo mientras en la capital todavía se discutía si obedecer o no a la Junta. (Icees)
Entonces la secuencia cambia: Buenos Aires, 25 de mayo de 1810.
↓
Misión de Eustaquio Moldes hacia Santa Cruz.
↓
Membiray: movilización anterior al 24 de septiembre.
↓
Adhesión de fuerzas de la frontera.
↓
24 de septiembre: caída de la autoridad real y constitución de la Junta.
La conclusión no necesita retórica:
El 24 de septiembre no fue el comienzo absoluto de la revolución cruceña. Fue la consumación urbana de un proceso que ya había comenzado en otros puntos de la jurisdicción.
Y Salvatierra está en el centro de ese problema histórico.
IV. EL SACERDOTE QUE SE ADELANTÓ AL ENVIADO DE BUENOS AIRES
Hay una expresión de la tradición historiográfica que merece ser tomada en serio: Salvatierra se había adelantado a Moldes. Esto significa que, cuando el enviado de Buenos Aires llegó con una misión política, encontró una situación que ya había sido preparada. Si aceptamos esta fuente como testimonio historiográfico —sin convertir automáticamente todos sus detalles en prueba documental absoluta—, entonces tenemos una imagen muy distinta del llamado “cura patriota”.
No sería simplemente un sacerdote que observó los acontecimientos y posteriormente se incorporó a la Junta. Habría sido uno de los agentes locales de la movilización previa. Y esto explicaría por qué su nombre aparece después junto a los demás miembros de la Junta. El 24 de septiembre no lo encontramos comenzando su actuación.
Lo encontramos llegando a la ciudad después de haber desarrollado una actuación previa en la frontera. Ese detalle cambia todo.
V. ¿QUÉ SIGNIFICABA TENER FUERZAS EN MEMBIRAY?
Aquí aparece otro elemento que no debemos pasar por alto. Membiray no era solamente un lugar religioso. Era un fuerte militar. La tradición histórica recogida por Dabdoub señala además que allí existían elementos vinculados a la fabricación de armamento. (Icees) Por tanto, una movilización en Membiray no era una declaración abstracta.
Significaba:
-
hombres;
-
armas;
-
caballería;
-
indígenas de las misiones;
-
caciques;
-
posición estratégica;
-
comunicación con la Cordillera;
-
y una estructura militar existente.
Por eso debemos dejar de imaginar el episodio como una simple reunión de hombres pronunciando un juramento. Había una dimensión material de poder. Y Salvatierra estaba situado precisamente en el punto donde se cruzaban:
religión + frontera + ejército + población indígena + política.
VI. LOS CACiques Y LOS INDÍGENAS
Aquí también debemos evitar una exageración. No podemos afirmar que todos los indígenas de la región fueran engañados por Salvatierra. Tampoco podemos afirmar que carecieran de voluntad política. Los pueblos indígenas tenían sus propias autoridades, intereses, conflictos y estrategias. Pero existe una pregunta que no podemos evitar:
¿Cómo se produjo concretamente su adhesión?
¿Fue una decisión de los caciques? ¿Fue una alianza militar? ¿Fue una decisión comunitaria? ¿Fue una combinación de intereses locales y adhesión a la Junta? ¿Hasta qué punto intervino la autoridad religiosa de Salvatierra? Estas preguntas deben permanecer abiertas mientras no aparezcan los documentos que permitan resolverlas.Pero precisamente por eso el episodio resulta tan importante. Porque Salvatierra no era un hombre sin autoridad. Era sacerdote. Era capellán. Estaba establecido en una zona de misiones. Conocía a las comunidades. Y estaba relacionado con la estructura militar de Membiray. Por eso su actuación no puede estudiarse como si fuera la de un particular cualquiera.
VII. EL PROBLEMA DEL SACERDOTE
Aquí entramos en la cuestión propiamente eclesiástica. Y debemos evitar un error histórico. No vamos a aplicar retroactivamente el Código de Derecho Canónico de 1917 a un sacerdote de 1810. Eso sería anacrónico. Pero tampoco necesitamos hacerlo. Porque la Iglesia ya tenía una tradición disciplinar anterior.
Mucho antes de 1917, la Iglesia había establecido principios acerca de la conducta de los clérigos, su separación de determinadas ocupaciones seculares y la necesidad de que su autoridad sagrada no fuese degradada a instrumento de intereses incompatibles con su estado. El Concilio de Trento, en sus decretos de reforma, insistió en la dignidad del estado clerical y en las obligaciones particulares de quienes tenían cura de almas.
Por tanto, la pregunta correcta no es: “¿Violó Salvatierra el canon 139 o el canon 2335 del Código de 1917?” No. La pregunta correcta es: ¿Su actuación era compatible con la disciplina y la concepción tradicional del sacerdocio vigentes en su propia época? Y esa sí es una pregunta legítima.
VIII. LA IGLESIA YA HABÍA HABLADO SOBRE LAS SOCIEDADES MASÓNICAS
Aquí debemos introducir una precisión fundamental para todo nuestro Proyecto Traditio. La Iglesia no comenzó a condenar la masonería en 1917. La condena es mucho anterior. El primer documento pontificio específicamente dirigido contra las sociedades masónicas fue la constitución In eminenti apostolatus specula, de Clemente XII, de 1738.
Después vino la confirmación de Benedicto XIV mediante Providas Romanorum, en 1751. Pío VII volvió sobre la cuestión en Ecclesiam a Jesu Christo, en 1821. Y León XII, mediante Quo graviora, en 1825, reunió y confirmó las disposiciones anteriores. No estamos reconstruyendo retrospectivamente una posición.
Tenemos una continuidad pontificia. Y León XIII lo dice expresamente en Humanum genus, de 1884: recuerda a Clemente XII como quien dio la primera advertencia en 1738, señala la confirmación de Benedicto XIV, la continuación bajo Pío VII y la recopilación y ratificación realizada por León XII. (Vaticano) Esto es fundamental. Porque demuestra que la posición de 1917 no nació de la nada.
IX. EL CÓDIGO DE 1917: NO UNA NOVEDAD, SINO UNA CODIFICACIÓN
Aquí aparece el punto que debemos conservar con absoluta precisión. El Código de 1917 no inventó la condena de la masonería. La codificó jurídicamente. Cuando Benedicto XV promulgó el primer Código de Derecho Canónico, la Iglesia llevaba casi dos siglos pronunciándose contra las sociedades masónicas.
El canon 2335 estableció una sanción contra quienes se inscribieran en la secta masónica o en asociaciones del mismo género que conspiraran contra la Iglesia o contra la legítima autoridad civil. Por eso, cuando en nuestro estudio recurrimos al Derecho Canónico de 1917, no estamos diciendo:
“En 1810 ya estaba vigente el canon 2335.”
Eso sería falso. Estamos diciendo algo distinto: El canon 2335 permite comprobar cómo, después de una larga continuidad de condenas pontificias, la Iglesia codificó jurídicamente en 1917 la disciplina que había venido sosteniendo desde mucho antes. Y esta distinción es esencial. 1738 no nace de 1917. 1917 viene después de 1738. La codificación presupone la tradición.
X. ¿QUÉ TIENE QUE VER ESTO CON SALVATIERRA?
Aquí debemos ser todavía más cuidadosos. No tenemos derecho a afirmar: “Salvatierra era masón.” No tenemos, hasta este momento, el documento que lo demuestre. Tampoco podemos decir: “Salvatierra pertenecía a una logia.” Sin un documento de afiliación, correspondencia, acta o testimonio contemporáneo que lo pruebe, sería una acusación no demostrada.
Pero sí podemos plantear una cuestión históricamente legítima. Sabemos que en la independencia hispanoamericana existieron sociedades políticas secretas y redes revolucionarias que utilizaron formas organizativas inspiradas en modelos masónicos, aunque historiográficamente no todas puedan identificarse simplemente con la masonería regular.
Por eso nuestro capítulo anterior distinguió correctamente entre: masonería propiamente dicha y sociedades políticas secretas de estructura o apariencia masónica. Esa distinción debe mantenerse. La investigación de Salvatierra debe seguir ese mismo criterio.
XI. NO NECESITAMOS PROBAR QUE SALVATIERRA ERA MASÓN
Este punto es importantísimo para nuestro argumento. Incluso si jamás apareciera un documento que demostrara una afiliación masónica de Salvatierra, el hecho histórico de su actuación revolucionaria anterior al 24 de septiembre seguiría siendo relevante. Porque nuestro argumento no depende de convertirlo en masón.
Depende de reconstruir: qué hizo, cuándo lo hizo, con quién lo hizo y bajo qué autoridad actuó. La masonería pertenece a otra línea de investigación. No debemos mezclar las dos pruebas. Una cosa es demostrar una red revolucionaria transnacional. Otra es demostrar la participación concreta de Salvatierra en ella.
Una investigación seria no confunde ambas cosas.
XII. SALVATIERRA Y LA JUNTA DE BUENOS AIRES
Pero hay un dato que sí podemos colocar en el centro. Buenos Aires aparece en la historia de Membiray. Moldes no llegó como un particular. Llegó vinculado a la Junta revolucionaria de Buenos Aires y con la misión de conseguir adhesiones. Y Salvatierra aparece en las fuentes asociado a la movilización anterior de Membiray.
Por tanto, tenemos un problema histórico perfectamente definido: ¿Cómo se produjo la conexión entre la movilización de Membiray y la Junta de Buenos Aires? Esta pregunta es más importante que cualquier etiqueta. Porque si la respuesta documental demuestra que Salvatierra prestó adhesión directa a la Junta porteña antes del 24 de septiembre, entonces la cronología del movimiento cambia radicalmente.
Ya no tendríamos:
24 de septiembre → revolución.
Tendríamos:
Buenos Aires → misión política → Membiray → movilización → Santa Cruz → 24 de septiembre.
Y esa secuencia encaja mucho mejor con lo que hemos venido descubriendo en los capítulos anteriores.
XIII. EL CURA NO ESTABA SOLO
Hay además otro dato revelador. Salvatierra aparece vinculado a Antonio Suárez. La investigación de la Universidad Católica Boliviana señala que ambos estuvieron relacionados con la guarnición de Membiray y que Salvatierra ejerció influencia sobre Suárez en el ambiente revolucionario, aunque la propia fuente reconoce que algunos de esos detalles no están demostrados documentalmente. (UCB San Pablo Cochabamba)
Aquí debemos conservar la prudencia. Pero el cuadro general resulta significativo:
un sacerdote, un militar, una frontera estratégica, poblaciones indígenas, una fuerza armada, y un enviado de Buenos Aires.
No parece una escena puramente religiosa. Es una escena política y militar en la que un sacerdote desempeñó un papel.
XIV. Y DESPUÉS LLEGÓ LA REPRESIÓN REALISTA
Hay una prueba posterior que tampoco debemos olvidar. Cuando los realistas recuperaron Santa Cruz, Salvatierra fue detenido y llevado a Chuquisaca. Una investigación histórica de la Universidad Católica Boliviana recoge que permaneció preso hasta que las fuerzas de Belgrano lo liberaron en 1812. (UCB San Pablo Cochabamba)
Dabdoub recoge asimismo la represión posterior contra los protagonistas del movimiento. Esto no demuestra automáticamente que toda acusación formulada contra Salvatierra por las autoridades realistas fuera verdadera. Pero sí confirma algo:
las autoridades de la época lo consideraron un participante de la causa revolucionaria.
No era un espectador. No era un sacerdote accidentalmente presente en la escena. Su compromiso político tuvo consecuencias personales.
XV. DEL “CURA PATRIOTA” AL PROBLEMA HISTÓRICO
Por eso debemos abandonar dos caricaturas. La primera: “Salvatierra fue un santo sacerdote que simplemente acompañó al pueblo hacia la libertad.” La segunda: “Salvatierra fue un conspirador masónico que manejó toda la revolución.”
Ninguna de las dos está demostrada en esos términos. La primera simplifica. La segunda necesita pruebas que todavía no tenemos. La figura históricamente defendible es mucho más interesante:
Salvatierra fue un sacerdote que desempeñó un papel político y militar relevante en la movilización revolucionaria de Membiray antes del 24 de septiembre y que posteriormente formó parte de la Junta de Santa Cruz.
Eso sí podemos investigarlo. Y eso ya es suficiente para desmontar la imagen ingenua del sacerdote que simplemente fue llevado por la corriente.
XVI. LA GRAN PREGUNTA TEOLÓGICA
Entonces aparece la pregunta que realmente interesa al Proyecto Traditio: ¿Hasta dónde puede llegar un sacerdote en una lucha política sin comprometer la naturaleza de su ministerio?
Un sacerdote no deja de ser ciudadano. Puede conocer los asuntos temporales. Puede tener juicio prudencial sobre los gobiernos. Puede incluso, en determinadas circunstancias, intervenir en cuestiones políticas cuando está en juego un bien moral grave. Pero una cosa es formarse un juicio político y otra utilizar la autoridad espiritual recibida para organizar una facción política.
La diferencia es esencial. El sacerdote administra cosas sagradas. Su autoridad no procede de una Junta. No procede de una plaza. No procede de un ejército. No procede de una ideología. Procede de su misión eclesiástica. Por eso, cuando un sacerdote interviene en una revolución, el historiador debe formular una pregunta adicional que no formularía respecto de un comerciante o de un soldado:
¿qué parte de su autoridad política procedía de él como ciudadano y qué parte procedía de él como sacerdote? En el caso de Salvatierra, esa cuestión todavía merece una investigación documental más profunda.
XVII. NO PODEMOS ATRIBUIRLE A SALVATIERRA EL LIBERALISMO DEL FUTURO
Y aquí debemos ser justos incluso con un personaje que estamos sometiendo a crítica. No podemos atribuirle retrospectivamente todo lo que ocurriría después. Salvatierra no podía conocer en 1810 cada una de las medidas que los gobiernos republicanos adoptarían décadas más tarde. No podemos escribir:
“Salvatierra quiso destruir los bienes de la Iglesia.”
No tenemos esa prueba. Tampoco:
“Salvatierra sabía que la revolución terminaría en el liberalismo anticlerical.”
Eso sería leer el futuro dentro de su cabeza. Lo que sí podemos afirmar es algo mucho más preciso: participó en un proceso revolucionario cuyo desarrollo posterior tendría consecuencias profundas para las relaciones entre Iglesia, Estado y sociedad. La consecuencia histórica posterior no prueba automáticamente la intención personal del sacerdote.
XVIII. PERO LA IGLESIA YA HABÍA ADVERTIDO SOBRE LAS SOCIEDADES SECRETAS
Aquí regresamos al hilo de nuestro capítulo anterior. La Iglesia no necesitó esperar a 1917 para considerar peligrosa la pertenencia de católicos a sociedades masónicas. Clemente XII había intervenido en 1738. Benedicto XIV confirmó y renovó la condena en 1751. Pío VII volvió sobre ella.
León XII la reafirmó y reunió las disposiciones anteriores. Y León XIII, en Humanum genus, presentó explícitamente esa continuidad. (Vaticano) Por eso, desde la perspectiva del Proyecto Traditio, la lógica correcta es: tradición pontificia → disciplina eclesiástica → codificación canónica.
No: Código de 1917 → condena retrospectiva de 1810. Esta distinción nos protege de un error histórico y, al mismo tiempo, fortalece nuestra argumentación.
XIX. EL 24 DE SEPTIEMBRE YA NO PUEDE SER EL PUNTO CERO
Después de estudiar Membiray, la imagen queda modificada. La historia tradicional coloca toda la atención en la plaza. Pero antes de la plaza existía la frontera. Antes de la Junta cruceña existía la Junta de Buenos Aires. Antes de la proclamación urbana existían movimientos militares. Y antes del 24 de septiembre ya había hombres comprometidos con la causa revolucionaria.
Por eso, El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron no puede limitarse a preguntar qué ocurrió aquella mañana. Debe preguntar:
¿Qué había ocurrido antes para que aquella mañana pudiera ocurrir?
Y allí aparece Salvatierra. No como un detalle secundario. Sino como una de las piezas que permiten reconstruir la verdadera cronología.
XX. EL SACERDOTE QUE JURÓ ANTES DE TIEMPO
Éste es finalmente el significado del título. “Antes de tiempo” no significa que podamos demostrar que Salvatierra conocía todo lo que ocurriría después. Significa algo más sencillo y documentable: su actuación revolucionaria aparece antes de la fecha que la memoria patriótica convirtió en el gran comienzo de la revolución cruceña.
Cuando Santa Cruz llegó al 24 de septiembre, Salvatierra ya tenía una historia previa. Membiray ya había sido escenario de movilización. Los hombres ya estaban reunidos. Los indígenas de las misiones ya aparecían incorporados a la operación. Y la conexión con Buenos Aires ya estaba presente. Por eso, el 24 de septiembre no fue un nacimiento desde la nada. Fue una etapa de un proceso anterior.
XXI. CONCLUSIÓN: PRIMERO LOS HECHOS, DESPUÉS EL JUICIO
José Andrés Salvatierra merece una investigación mucho más profunda. Debemos seguir buscando: el documento exacto de su juramento; la fecha precisa; quiénes estuvieron presentes; qué fórmula utilizó; qué papel desempeñaron los caciques; cuántos hombres estaban realmente movilizados; qué relación existía entre esas fuerzas y Moldes; qué autoridad ejercía Salvatierra sobre los indígenas; y qué documentación contemporánea existe sobre su actuación.
Las fuentes ya encontradas permiten afirmar algo importante: la movilización de Membiray precedió al 24 de septiembre, y distintas tradiciones historiográficas atribuyen a Salvatierra un papel central en ella. Las cifras transmitidas varían, por lo que deben tratarse como testimonios historiográficos y no como cifras definitivamente establecidas. (Icees)
Eso no debilita nuestra investigación. La fortalece. Porque no necesitamos fabricar un culpable. Necesitamos reconstruir un proceso. Y tampoco necesitamos demostrar que Salvatierra pertenecía a una logia masónica para demostrar que la revolución cruceña tuvo antecedentes políticos anteriores al Cabildo.La investigación sobre las redes secretas es otra cuestión y debe continuar por sus propios documentos. Lo que sí podemos decir es esto:
Salvatierra no fue simplemente el cura que llegó a la revolución el 24 de septiembre. Fue uno de los hombres cuya actuación en Membiray demuestra que, cuando la plaza de Santa Cruz todavía no había cambiado de autoridad, la revolución ya había comenzado a organizarse en la frontera.
Y si además se demuestra documentalmente que comprometió su autoridad sacerdotal para obtener adhesiones políticas o militares, entonces la cuestión ya no será solamente histórica. Será también eclesiástica. Porque el sacerdote puede ser ciudadano. Pero la sotana no convierte una causa política en causa de la Iglesia. Y la historia de la Iglesia demuestra que, mucho antes de que el Código de 1917 codificara determinadas prohibiciones, la Santa Sede ya había hablado.
Desde Clemente XII en 1738 hasta León XIII, la condena de las sociedades masónicas fue reiterada, confirmada y renovada. León XIII mismo recordó esa continuidad en Humanum genus. (Vaticano) Por eso, cuando utilizamos el Derecho Canónico de 1917, no estamos juzgando retrospectivamente a los hombres de 1810 mediante una ley posterior.
Estamos haciendo algo más exacto: mostrando cómo el derecho vigente en 1917 corroboraba jurídicamente una disciplina que la Iglesia había sostenido desde mucho antes. La investigación, entonces, queda abierta con una pregunta sencilla y terrible por su simplicidad: ¿Qué hizo realmente el sacerdote José Andrés Salvatierra antes del 24 de septiembre de 1810?
Porque cuando se reconstruyan los hechos, quizá descubramos que el verdadero comienzo de aquella historia no estuvo en la plaza. Estuvo en Membiray. Y quizá por eso, precisamente, durante tanto tiempo miramos hacia el lugar equivocado. El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron. Yo, Richard Marcelo Romero Cossío, no festejo el 24 de septiembre. No porque necesite convertir a todos sus protagonistas en monstruos. Sino porque quiero conocer la verdad antes de rendir homenaje. Y porque la verdad histórica, cuando se la busca sin miedo y sin prejuicios, puede ser mucho más incómoda que cualquier leyenda.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.
.
CAPÍTULO IX
LO QUE PERDIMOS: LA ESPAÑA CATÓLICA Y LA IGLESIA DESPOJADA
No basta preguntar quién levantó la bandera de la revolución. No basta saber quién ocupó el Cabildo. No basta repetir los nombres de quienes después fueron convertidos en héroes de bronce. La pregunta verdaderamente profunda es otra: ¿Qué orden político, jurídico, religioso y cultural comenzó a desaparecer con la ruptura de la Monarquía Católica?
Y todavía hay una pregunta más: ¿Qué orden comenzó a ocupar su lugar? Este capítulo no pretende afirmar que todos los hombres que participaron en los acontecimientos de 1810 conocieran de antemano todas las consecuencias que vendrían después. Sería históricamente injusto atribuir a un hombre de 1810 la intención de producir acontecimientos políticos que solamente aparecerían décadas más tarde.
Pero una cosa es la intención subjetiva de un protagonista y otra cosa son las consecuencias históricas de un proceso. Y aquí comienza una cuestión que la historiografía no puede eludir. La independencia hispanoamericana no produjo solamente un cambio de autoridades. Produjo una ruptura de orden. Y esa ruptura tuvo consecuencias para la Iglesia.
I. NO DESAPARECIÓ SOLAMENTE UNA AUTORIDAD POLÍTICA
Durante tres siglos, los territorios americanos de la Monarquía española estuvieron integrados en un orden político que se entendía a sí mismo dentro de la Cristiandad. La Corona española no era simplemente una administración territorial. La religión católica ocupaba un lugar fundamental en la vida pública. La Iglesia poseía instituciones, bienes, jurisdicciones, colegios, hospitales, misiones, parroquias, conventos y redes educativas.
La vida civil y la vida religiosa estaban profundamente entrelazadas. La sociedad no se concebía todavía según la separación radical entre religión y vida pública que posteriormente caracterizaría a buena parte de los Estados liberales. Por eso, cuando se produjo la ruptura política, no se modificó únicamente el nombre del gobernante. Comenzó un proceso de reorganización completa de la sociedad.
La cuestión fundamental pasó a ser: ¿Quién posee la autoridad? ¿De dónde procede? ¿Qué relación debe existir entre Iglesia y Estado? ¿Debe la legislación civil reconocer la religión católica como fundamento de la sociedad?
¿Puede el Estado constituirse prescindiendo de Dios? ¿Puede la autoridad civil intervenir en materias propias de la Iglesia? Estas preguntas no eran secundarias. Eran el corazón del problema.
II. LA IGLESIA Y EL NUEVO ORDEN
Uno de los grandes problemas de las nuevas repúblicas fue precisamente la definición de las relaciones entre Iglesia y Estado. La ruptura con la Monarquía no significó automáticamente una ruptura con la fe católica. Esto debe reconocerse. Muchos de los hombres que participaron en los movimientos independentistas continuaron siendo nominalmente católicos.
Muchos sacerdotes participaron en los procesos políticos. Muchas nuevas repúblicas conservaron durante décadas estructuras jurídicas que reconocían una posición privilegiada a la religión católica. Por eso sería históricamente incorrecto afirmar que en 1810 apareció inmediatamente un Estado plenamente secularizado. El proceso fue mucho más complejo.
Primero hubo una ruptura política. Después vinieron las luchas por el patronato, la jurisdicción eclesiástica, los bienes de la Iglesia, la educación, las órdenes religiosas y la definición de las relaciones entre el poder civil y la autoridad eclesiástica. Y con el transcurso de las décadas, en diferentes países, aparecieron reformas liberales cada vez más profundas.
Es precisamente aquí donde la crítica católica tradicional adquiere importancia.
III. LA ADVERTENCIA DE LOS PONTÍFICES
La Iglesia anterior a 1958 no guardó silencio frente a las doctrinas políticas y sociales que consideraba incompatibles con la fe. Pío IX condenó diversas proposiciones relacionadas con el indiferentismo religioso y determinadas concepciones modernas acerca de la relación entre Iglesia y Estado. Pero será especialmente León XIII quien desarrollará de manera extensa la crítica católica contra las sociedades secretas, el naturalismo político y determinadas corrientes revolucionarias.
En la encíclica Humanum Genus, de 20 de abril de 1884, León XIII trató expresamente sobre la masonería. Recordó que la Iglesia había condenado esas sociedades desde Clemente XII en 1738 y señaló la incompatibilidad que veía entre los principios masónicos y el orden cristiano. (Vaticano) Para el pensamiento católico tradicional, esto no era una cuestión meramente administrativa.
Era una cuestión doctrinal. Si una sociedad pretendía organizar la vida humana prescindiendo de la ley divina, la Iglesia no podía considerarla simplemente como otra asociación civil indiferente a la religión. León XIII llegó a afirmar que el objetivo último que atribuía a la masonería consistía en sustituir el orden religioso y político producido por la enseñanza cristiana por otro basado en el naturalismo. (Vaticano)
Ésta es una afirmación pontificia concreta. Y debe ser presentada como tal. No necesitamos exagerarla. No necesitamos transformarla en una teoría histórica universal. Basta escuchar lo que realmente dijo el Pontífice.
IV. UNA ADVERTENCIA QUE COMENZÓ ANTES DE 1810
Hay aquí una cuestión fundamental para nuestra investigación. Las condenas pontificias contra la masonería no comenzaron en el siglo XX. Tampoco comenzaron con el Código de Derecho Canónico de 1917. León XIII recordó expresamente que Clemente XII había intervenido contra la masonería en 1738 y que después lo habían hecho, entre otros, Benedicto XIV, Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI y Pío IX. (Vaticano)
Por tanto, cuando estudiamos las posibles vinculaciones masónicas de determinados protagonistas de los procesos revolucionarios hispanoamericanos, no estamos introduciendo retrospectivamente una preocupación inexistente en la Iglesia. La cuestión masónica ya existía en el ámbito del derecho y del magisterio pontificio mucho antes de 1810.
Pero aquí debemos ser rigurosos. Una cosa es demostrar que la masonería había sido condenada por la Iglesia. Otra cosa es demostrar que un determinado personaje pertenecía a una logia. Y otra todavía más difícil es demostrar qué papel concreto desempeñó esa pertenencia en una decisión política determinada.
Estas tres cuestiones no pueden confundirse.
V. LA CUESTIÓN DE LA MASONERÍA
Este libro ha examinado la posible existencia de redes masónicas relacionadas con los procesos revolucionarios. Pero debemos establecer una regla metodológica: Sospecha no significa prueba. Una coincidencia de nombres no constituye por sí misma una afiliación. Una amistad no demuestra pertenencia. Una reunión no demuestra conspiración.
Y una afiliación masónica, aun cuando pudiera probarse documentalmente, tampoco demuestra por sí sola que una determinada revolución haya sido enteramente dirigida por una logia. La investigación histórica debe avanzar mediante documentos.
Sin embargo, si en un caso concreto se demostrara documentalmente que un católico había dado formalmente su nombre a una asociación masónica comprendida por las prohibiciones de la Iglesia, entonces la cuestión canónica adquiriría una gravedad completamente diferente. Aquí entra en escena el Código de Derecho Canónico de 1917.
VI. EL CANON 2335
El Código de Derecho Canónico promulgado por Benedicto XV en 1917 entró en vigor el 19 de mayo de 1918. (Vatican Press) Su canon 2335 establecía: “Nomen dantes sectae massonicae aliisve eiusdem generis associationibus quae contra Ecclesiam vel legitimas civiles potestates machinantur, contrahunt ipso facto excommunicationem Sedi Apostolicae simpliciter reservatam.”
Es decir, el canon establecía la excomunión ipso facto para quienes se incorporasen formalmente a la secta masónica u otras asociaciones del mismo género que maquinaban contra la Iglesia o las legítimas autoridades civiles. La expresión fundamental es: “Nomen dantes.” Dar el nombre. Inscribirse. Pertenecer. No basta, por tanto, con una sospecha histórica. No basta con afirmar que alguien estuvo próximo a determinados círculos. La acusación canónica exige mucho más. Y precisamente por eso este libro debe ser cuidadoso.
VII. UNA PRECISIÓN CRONOLÓGICA INDISPENSABLE
Aquí aparece un problema que ningún historiador serio puede ignorar. El 24 de septiembre de 1810 ocurrió más de un siglo antes de la entrada en vigor del Código de 1917. Por tanto, no podemos decir que los protagonistas de 1810 quedaron excomulgados por el canon 2335 de 1917.
Eso sería anacrónico. Pero tampoco debemos sacar de aquí una conclusión contraria. La Iglesia ya había condenado la masonería antes de 1810. La legislación pontificia antim asónica existía antes del Código de 1917.
Por consiguiente, si alguna investigación documental lograra demostrar que un determinado católico pertenecía formalmente a una asociación masónica condenada por la Iglesia en aquella época, habría que estudiar su situación a la luz de la legislación eclesiástica que realmente estaba vigente en ese momento.
Ésta es la manera correcta de formular el problema. No debemos aplicar una ley posterior al pasado. Debemos estudiar qué legislación existía en el momento de los hechos.
VIII. LA POSICIÓN DEL PROYECTO TRADITIO
Desde la perspectiva doctrinal adoptada por este libro, el criterio de referencia es el Magisterio y el Derecho Canónico anteriores a las reformas posteriores a 1958. Por ello, cuando este estudio analiza la masonería, no pretende utilizar las modificaciones jurídicas posteriores como autoridad doctrinal para reinterpretar retrospectivamente la enseñanza católica anterior. El punto de partida de nuestra investigación es el corpus tradicional: la Sagrada Escritura; la Tradición; el Magisterio pontificio anterior a 1958; la teología católica tradicional; la doctrina de Santo Tomás de Aquino; y el Código de Derecho Canónico de 1917 como expresión codificada del derecho canónico latino de aquella época.
Dentro de este marco doctrinal, la condena de la masonería no es una invención contemporánea. Es anterior a 1810. Es anterior a la independencia hispanoamericana. Es anterior incluso a la codificación de 1917. León XIII, en Humanum Genus, recordó expresamente esa continuidad de condenas pontificias. (Vaticano)
IX. EL LIBERALISMO, EL LAICISMO Y LA DESCRISTIANIZACIÓN
Tampoco debemos cometer otro error. No podemos escribir simplemente: “Del liberalismo nació el socialismo y del socialismo nació el comunismo.” La historia intelectual es más compleja. Pero podemos exponer una tesis doctrinal que posee respaldo explícito en el Magisterio anterior a 1958. Pío XI, en Divini Redemptoris, afirmó en 1937 que no habría habido socialismo ni comunismo si los gobernantes de las naciones no hubieran despreciado las enseñanzas y advertencias de la Iglesia. En el mismo pasaje señaló que aquellos gobernantes quisieron construir nuevos edificios sociales sobre las bases del liberalismo y del laicismo. (Vaticano)
Esta afirmación es particularmente importante. Porque demuestra que la relación entre liberalismo, laicismo, descristianización y comunismo no es una construcción inventada por un escritor tradicionalista contemporáneo.
Es una interpretación formulada expresamente por un Pontífice anterior a 1958. Pío XI también recordó las condenas anteriores de Pío IX y León XIII contra el comunismo y señaló la oposición del comunismo ateo al orden social cristiano. (Vaticano)
Por tanto, podemos formular la cuestión de manera históricamente prudente: La independencia no creó inmediatamente el comunismo. Sería absurdo afirmarlo. Pero los procesos políticos posteriores introdujeron, en distintos lugares y momentos, principios liberales y laicistas que los pontífices anteriores a 1958 juzgaron incompatibles con la plena constitución cristiana de la sociedad. Ésta sí es una afirmación documentable.
X. LO QUE CAMBIÓ
Entonces debemos volver a Santa Cruz. ¿Qué ocurrió después? La respuesta no puede reducirse a una sola fecha. El 24 de septiembre de 1810 fue un episodio dentro de un proceso mucho más prolongado. Después vinieron las guerras. Las transformaciones administrativas. La formación de nuevas repúblicas. Las luchas entre centralismo y autonomismo.
Las disputas sobre el patronato. Los conflictos por los bienes eclesiásticos. La cuestión de las órdenes religiosas. Las reformas educativas. Las transformaciones constitucionales. Y, posteriormente, diferentes grados de secularización.
No todo ocurrió al mismo tiempo. No ocurrió de la misma manera en todos los países. Pero el resultado histórico fue una transformación profunda de la relación entre la Iglesia y el poder político.
Y aquí aparece la pregunta que este libro quiere dejar abierta: ¿Fue aquella transformación un progreso inevitable? ¿O significó también la pérdida de elementos esenciales de una sociedad católica?
La respuesta depende, en buena medida, del criterio con el que se juzgue la historia. Para el liberalismo, la separación creciente entre religión y poder político podía presentarse como una conquista de la libertad. Para el pensamiento católico tradicional, esa misma separación podía significar el progresivo alejamiento de la sociedad respecto de su fundamento religioso.
No son simplemente dos descripciones del mismo hecho. Son dos concepciones diferentes del orden social.
XI. LA IGLESIA DESPOJADA
En diferentes momentos del siglo XIX, las Iglesias locales de Hispanoamérica sufrieron procesos de reorganización, conflictos jurídicos, confiscaciones, expulsiones de religiosos, reformas educativas y disputas sobre la propiedad eclesiástica.
Pero tampoco debemos convertir todas esas experiencias nacionales en una única historia uniforme. Cada país tuvo su propia trayectoria. Lo que sí puede estudiarse es el patrón general: la pérdida progresiva de determinadas formas de presencia institucional de la Iglesia en la vida pública. Desde una perspectiva católica tradicional, la cuestión no se reduce al dinero. No se trata únicamente de conventos. No se trata únicamente de tierras. No se trata únicamente de edificios. Se trata de una concepción de la sociedad.
Si una sociedad deja de reconocer públicamente a Dios como principio supremo de la autoridad y de la moral, se produce una transformación mucho más profunda que un simple cambio administrativo. Cambia la concepción del hombre. Cambia la concepción de la autoridad. Cambia la concepción de la familia. Cambia la concepción de la educación. Cambia la concepción de la ley. Y, finalmente, cambia la concepción de la propia sociedad.
XII. LO QUE REALMENTE DEBEMOS INVESTIGAR
Por eso, el problema histórico del 24 de septiembre no termina en 1810. La investigación debe continuar. Debemos preguntar qué grupos participaron. Qué intereses defendían. Qué relaciones mantenían con Buenos Aires. Qué redes internacionales existían. Qué papel desempeñaron determinados sacerdotes. Qué documentos demuestran —y cuáles no demuestran— conexiones masónicas. Qué ocurrió con las instituciones eclesiásticas después de la independencia.
Y, sobre todo, qué principios políticos terminaron imponiéndose. No debemos fabricar documentos que no existen. No debemos convertir sospechas en certezas. Pero tampoco debemos ocultar documentos incómodos simplemente porque contradigan la narración patriótica tradicional. La verdadera historia debe soportar la luz.
XIII. EL JUICIO CATÓLICO SOBRE LA MODERNIDAD POLÍTICA
Desde el horizonte doctrinal de este libro, la cuestión es todavía más profunda. La Iglesia anterior a 1958 enseñó que la sociedad no puede ser comprendida correctamente si se excluye a Dios. León XIII, al tratar de la masonería, denunció precisamente el naturalismo que pretendía organizar la sociedad sin referencia a Dios y a la autoridad de la Iglesia. (Vaticano)
Pío XI, al combatir el comunismo ateo, insistió igualmente en que una sociedad construida sobre fundamentos contrarios a Cristo no puede alcanzar la verdadera restauración del orden social. (Vaticano)
Por eso, para un católico tradicional, la pregunta histórica no puede ser solamente: “¿Quién ganó?” Debe ser: “¿Qué principios gobernaron después?” Porque una revolución puede cambiar un gobierno sin cambiar inmediatamente la fe del pueblo. Y puede también cambiar lentamente las estructuras de una sociedad hasta que, generaciones después, sus consecuencias sean mucho más profundas que las que imaginaron quienes iniciaron el proceso.
XIV. NO ATRIBUIR A 1810 LO QUE OCURRIÓ DESPUÉS
Aquí debemos ser justos incluso con nuestros adversarios. Un hombre de 1810 no puede ser responsabilizado personalmente por una reforma ocurrida en 1870. Un dirigente de 1810 no puede ser acusado de haber querido el secularismo de 1900 simplemente porque algunos de sus sucesores lo adoptaron. Un revolucionario de 1810 no puede ser convertido automáticamente en comunista. Eso sería historiográficamente insostenible. Pero tampoco podemos ignorar las continuidades históricas. Las ideas producen instituciones.
Las instituciones producen costumbres. Las costumbres transforman las sociedades. Y las sociedades transformadas producen nuevas generaciones. Por eso, el estudio histórico debe distinguir siempre entre: la intención del protagonista; la doctrina que defendía; la estructura política que ayudó a crear; y las consecuencias que posteriormente surgieron.
Esta distinción no debilita nuestra tesis. La fortalece.
XV. LA PREGUNTA QUE QUEDA ABIERTA
Llegados a este punto, podemos formular nuevamente la pregunta inicial. ¿Qué perdimos? No podemos responder simplemente: “España.” Eso sería insuficiente. Lo que estaba en juego era un orden entero. Una concepción de la autoridad. Una concepción de la sociedad. Una concepción de la familia. Una concepción de la educación.
Una concepción del derecho. Y, sobre todo, una concepción de la relación entre Dios, la Iglesia y la sociedad. La independencia produjo una ruptura política. Las décadas posteriores produjeron transformaciones institucionales.
El liberalismo introdujo nuevos principios políticos. El laicismo redujo progresivamente la presencia pública de la religión en diversos países. Y posteriormente aparecieron corrientes socialistas y comunistas que los pontífices anteriores a 1958 condenaron con particular severidad.
Pío XI lo expresó de manera directa: sobre las bases del liberalismo y del laicismo se intentaron levantar nuevos edificios sociales que, según su juicio, carecían del fundamento de Cristo. (Vaticano)
XVI. NO ES SOLAMENTE UNA HISTORIA DE BANDERAS
Por eso, este libro no quiere terminar diciendo: “Antes estaba España y después estuvo Bolivia.” Eso sería demasiado superficial. La verdadera historia es más profunda. Antes existía una determinada concepción del orden cristiano.
Después comenzó otra concepción del orden político. Entre ambas hubo guerras, pactos, intereses, ambiciones, ideales, errores, sacrificios, heroísmos y también contradicciones. Hubo hombres que actuaron por convicción. Hubo hombres que actuaron por intereses. Hubo hombres que buscaron autonomía. Hubo hombres que buscaron poder. Hubo hombres que buscaron libertad.
Y hubo hombres que, desde una perspectiva católica, pudieron estar colaborando conscientemente o inconscientemente con procesos contrarios a la constitución cristiana de la sociedad. Por eso la investigación histórica debe ser implacable con los documentos y prudente con las conclusiones.
XVII. LA MEMORIA CATÓLICA
La consecuencia para nosotros no consiste simplemente en idealizar el pasado. La historia no debe convertirse en nostalgia. Tampoco debemos inventar una España perfecta que nunca existió. Había abusos. Había injusticias. Había hombres pecadores. Había corrupción. Había conflictos sociales. La sociedad colonial no era el Reino de los Cielos.
Pero una sociedad imperfecta puede poseer principios verdaderos. Y precisamente porque los hombres son pecadores, necesitan un orden moral superior a sus pasiones. La cuestión fundamental para un católico no es si los hombres de una época fueron perfectos. La cuestión es: ¿Reconocía aquella sociedad la soberanía de Dios? ¿Reconocía la misión de la Iglesia? ¿Reconocía una ley moral superior al poder del Estado? ¿Reconocía que la autoridad humana no es absoluta? ¿Reconocía que Cristo es Rey?
Éstas son preguntas mucho más profundas que cualquier disputa entre partidos.
XVIII. CRISTO REY
Y aquí llegamos al corazón espiritual de este capítulo. No se trata solamente de defender una bandera antigua. No se trata solamente de defender España. No se trata solamente de defender una institución política desaparecida. Para el católico tradicional, el problema último es Jesucristo. Cristo no es solamente Rey de las almas individualmente consideradas.
Cristo es Rey. Y si Cristo es verdaderamente Rey, ninguna sociedad puede considerarse plenamente ordenada cuando pretende construir su vida pública como si Dios no existiera.
Ésta es la razón por la cual la cuestión de la independencia no puede estudiarse únicamente desde la economía, la geografía o la política. Tiene también una dimensión religiosa. Una civilización puede perder territorios. Puede perder ejércitos. Puede perder gobiernos. Pero mientras conserve la fe, todavía puede reconstruirse. Lo verdaderamente terrible ocurre cuando una sociedad comienza a olvidar por qué existe.
XIX. CONCLUSIÓN: LA HISTORIA FRENTE A LA MEMORIA
El 24 de septiembre de 1810 debe ser estudiado. Pero también debe ser interrogado. No basta repetir la versión recibida. No basta tampoco sustituir una leyenda por otra. Debemos buscar documentos. Comparar testimonios. Examinar intereses. Reconstruir redes. Verificar nombres. Distinguir hechos de interpretaciones. Y, para un estudio católico tradicional, someter finalmente las doctrinas políticas a la luz de la fe.
La historia puede demostrar quién actuó. Puede demostrar qué ocurrió. Puede demostrar qué documentos existen. Puede reconstruir las consecuencias. Pero el juicio moral exige todavía otro nivel de análisis. Por eso, nuestro trabajo debe avanzar siempre por tres caminos: el documento histórico; la razón; y la doctrina católica tradicional.
No debemos llamar masón a quien no podamos demostrar que lo fue. No debemos llamar héroe a quien los documentos no permiten presentar como tal. No debemos llamar traidor a quien simplemente sostuvo otra concepción política sin estudiar sus actos y sus circunstancias. Y tampoco debemos llamar liberación a todo movimiento que terminó con una independencia política.
La historia merece más respeto.Y la verdad merece todavía más. El 24 de septiembre no debe ser convertido ni en una leyenda patriótica intocable ni en una conspiración universal sin documentos. Debe ser sometido al examen. Y si el examen documental obliga a revisar lo que durante generaciones se enseñó como verdad absoluta, entonces debe revisarse. Porque para quien busca sinceramente la verdad, ningún monumento está por encima del documento. Ninguna bandera está por encima de la verdad. Y ningún héroe está por encima de Jesucristo.
Viva Cristo Rey. Viva la Inmaculada Concepción. NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO X
ORO Y DEUDA – DE LA RUPTURA POLÍTICA A LA DEPENDENCIA FINANCIERA
Hay una pregunta que casi nunca aparece cuando se cuenta la historia de las independencias hispanoamericanas:
¿Quién pagó la revolución?
Se habla de héroes. Se habla de batallas. Se habla de discursos. Se habla de libertadores. Se habla de pueblos que supuestamente despertaron de repente para romper sus cadenas. Pero las guerras no se hacen solamente con discursos. Se necesitan armas. Se necesitan barcos. Se necesitan uniformes. Se necesitan soldados. Se necesitan alimentos. Se necesitan municiones. Se necesitan transportes. Y sobre todo, se necesita dinero.
La independencia tuvo también una historia financiera. Y cuando se examina esa historia aparecen nombres, contratos, comerciantes, agentes, bancos, bonos, intereses, garantías y mercados internacionales.
Aparece Londres.
No como una simple ciudad mencionada de paso, sino como uno de los grandes centros financieros desde los cuales las nuevas repúblicas hispanoamericanas buscaron crédito durante las primeras décadas de su existencia. Esto no significa que Gran Bretaña haya organizado por sí sola todas las independencias.
No significa que cada revolucionario fuera un agente británico. No significa que Bolívar fuera simplemente una marioneta de Londres. Y tampoco significa que los pueblos americanos carecieran de aspiraciones propias. Significa algo más concreto y, precisamente por eso, más difícil de negar:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS NECESITARON CAPITAL EXTRANJERO Y ENCONTRARON ESE CAPITAL, EN GRAN MEDIDA, EN EL MERCADO FINANCIERO BRITÁNICO.
I. LA GUERRA TAMBIÉN SE FINANCIA
La independencia hispanoamericana no fue únicamente una guerra política. Fue también una empresa militar de enormes dimensiones. Los ejércitos necesitaban armas. Las expediciones necesitaban barcos. Los hombres necesitaban alimentación y transporte. Y todo ello tenía un precio. En el caso de la Gran Colombia, las primeras operaciones financieras vinculadas con la causa independentista comenzaron incluso antes de que existiera una república plenamente consolidada y reconocida internacionalmente.
El Banco de la República de Colombia señala que los primeros préstamos externos fueron gestionados por emisarios para financiar los gastos de la guerra, cuando todavía no representaban formalmente a una nación reconocida.
Esto resulta fundamental. Porque significa que la deuda no apareció después de la independencia como una consecuencia completamente separada de la guerra. Parte de las obligaciones financieras nació durante el propio proceso bélico. La guerra generó compromisos.
Los compromisos se transformaron en créditos. Los créditos se transformaron en deuda. Y posteriormente aquella deuda pasó a ser responsabilidad de la nueva república.
II. LONDRES Y LAS REDES DE LA REVOLUCIÓN
Aquí encontramos uno de los aspectos más interesantes de la documentación reciente. Un estudio publicado en el Journal of Latin American Studies analiza precisamente las redes financieras y geopolíticas británicas relacionadas con la independencia de la Gran Colombia. La investigación muestra que, aunque el gobierno británico no proporcionó oficialmente el apoyo estatal que los revolucionarios buscaban, se desarrollaron redes privadas de comerciantes e intermediarios británicos que suministraron grandes cantidades de armas, equipos y hombres.
Esto cambia la manera simplista de contar la historia. No tenemos que imaginar necesariamente una conspiración en la que el Gobierno británico ordenaba cada movimiento de Bolívar.
La realidad documentada es más interesante. Había comerciantes. Había intermediarios. Había crédito. Había riesgo. Había intereses comerciales. Había expediciones militares. Había contratos.
Y había un mercado londinense dispuesto a financiar determinadas empresas relacionadas con la independencia.
La revolución entró así en el mundo financiero internacional.
III. EL DOCUMENTO QUE CAMBIÓ EL JUEGO
Uno de los elementos estudiados por esta nueva historiografía es el sistema de poderes otorgados a intermediarios que actuaban en Londres en nombre de Bolívar y de la causa republicana. La llegada de estos poderes a Londres en 1817 permitió desarrollar una red privada de comerciantes. El objetivo no era simplemente obtener simpatía política.
Era conseguir recursos.
Armas. Equipamiento. Barcos. Hombres. Crédito.
El estudio citado demuestra que los contratos celebrados en Londres no fueron una cuestión secundaria. Cuando los representantes de la revolución comenzaron a contratar formalmente con comerciantes británicos, la República comenzó a adquirir simultáneamente activos y obligaciones.
En otras palabras:
EL PROYECTO POLÍTICO COMENZABA A CONVERTIRSE EN UNA REALIDAD FINANCIERA.
Y una realidad financiera tiene acreedores.
IV. ARMAS A CRÉDITO
Aquí aparece un dato que resulta especialmente importante. Los comerciantes británicos no estaban actuando simplemente como filántropos. Existía un interés comercial. Existía riesgo. Existía expectativa de benefício. El estudio de las redes británicas muestra que comerciantes y agentes asumían riesgos considerables al transportar hombres y equipamiento hacia los territorios revolucionarios, y que las operaciones se apoyaban en contratos, crédito y mecanismos para reducir esos riesgos.
Esto no convierte automáticamente a todos esos comerciantes en enemigos de España. Tampoco significa que todo comerciante británico estuviera conspirando contra la Monarquía Católica.
Pero demuestra algo mucho más concreto: LA GUERRA DE INDEPENDENCIA ESTABA INSERTÁNDOSE EN UNA RED COMERCIAL INTERNACIONAL. Y esa red tenía intereses propios.
V. LA REPÚBLICA NACIÓ CON DEUDAS
La situación se volvió todavía más importante cuando la guerra comenzó a producir obligaciones que posteriormente serían asumidas por la nueva República. La investigación del Banco de la República explica que las deudas contraídas antes de la independencia formal fueron integradas posteriormente en la problemática financiera de Colombia. Un estudio histórico de la Gran Colombia señala que en 1817 se habían contraído créditos para sostener la guerra y que, cuando se creó la República de Colombia, las deudas de Venezuela, Nueva Granada y Ecuador fueron unificadas dentro del nuevo marco republicano.
Y aquí aparece una frase que merece quedar grabada: LA REPÚBLICA NO NACIÓ FINANCIERAMENTE LIBRE. NACIÓ CON OBLIGACIONES.
VI. EL EMPRÉSTITO DE ZEA
En marzo de 1822, Francisco Antonio Zea consiguió para Colombia un préstamo de £2 millones con prestamistas ingleses. La documentación colombiana identifica el llamado Empréstito de Zea como el primer préstamo externo obtenido por Colombia como nación independiente. Pero hay un detalle especialmente importante.
Según el estudio publicado en SciELO sobre la política fiscal de la Gran Colombia, el préstamo de £2 millones quedó garantizado mediante la renta del tabaco y los quintos de oro y plata.
Es decir:
INGRESOS DEL ESTADO FUTURO QUEDABAN COMPROMETIDOS PARA RESPONDER A LAS OBLIGACIONES DEL CRÉDITO.
No estamos hablando de una metáfora. Estamos hablando de una garantía financiera. Tabaco. Oro. Plata. Ingresos públicos.
El lenguaje de la independencia puede hablar de soberanía. El lenguaje de los contratos habla de obligaciones. Y los contratos tienen memoria.
VII. £2 MILLONES
El empréstito de 1822 fue emitido con un valor nominal de £2 millones y un interés del 6 por ciento. Una reconstrucción de la deuda latinoamericana muestra que Colombia recibió ese préstamo en el mercado londinense a un precio de emisión del 84 por ciento del valor nominal.
Esto es importante porque una deuda nominal no equivale necesariamente al dinero líquido que el Estado recibe. El Estado podía comprometerse por una cantidad determinada mientras recibía una suma inferior debido al precio de emisión, comisiones y otras condiciones financieras.
Por eso, cuando se habla de empréstitos internacionales, no basta con decir: “Pidieron dos millones.”
Hay que preguntar:
¿Cuánto se comprometieron a devolver?
¿Cuánto recibieron efectivamente?
¿Cuál era el interés?
¿Qué garantías ofrecieron?
¿Quiénes fueron los intermediarios?
¿Quiénes eran los acreedores?
¿En qué se gastó el dinero? Esas preguntas permiten pasar de la leyenda a la historia económica.
VIII. EL SEGUNDO EMPRÉSTITO
Dos años después llegó una operación todavía mayor. En 1824, Colombia contrató un empréstito nominal de £4.750.000 con B. A. Goldschmidt & Co. Los registros financieros británicos de la época confirman la operación.
En febrero de 1826, el Parlamento británico registró oficialmente que en abril de 1824 Colombia había contratado un préstamo al 6 por ciento por £4.750.000 y que de esa operación se habían remitido desde Inglaterra £3.157.500.
La documentación financiera histórica coincide en señalar un valor nominal de £4.750.000 y un precio de emisión de 88,5 por ciento. Aquí encontramos nuevamente la diferencia entre deuda nominal y recursos efectivamente movilizados.
Y esa diferencia importa. Porque una nación puede recibir menos dinero del que nominalmente se compromete a pagar.
IX. NO ERA UNA EXCEPCIÓN COLOMBIANA
Podría pensarse que se trató de un caso aislado. No lo fue. Durante la década de 1820 varios gobiernos latinoamericanos acudieron al mercado financiero londinense. Chile. Perú. Colombia. Buenos Aires. México. Brasil.
Los registros británicos muestran una verdadera oleada de préstamos extranjeros durante esos años. La investigación económica sobre la deuda latinoamericana identifica precisamente la década de 1820 como el comienzo de una nueva relación entre las repúblicas latinoamericanas y los mercados internacionales de capital.
Por tanto, no sería correcto decir:
“Londres controló todas las independencias.” Pero tampoco sería correcto ocultar el fenómeno financiero.
La realidad fue:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS ENTRARON MUY PRONTO EN LOS CIRCUITOS INTERNACIONALES DEL CRÉDITO.
Y EL PRINCIPAL CENTRO DE ESA FINANCIACIÓN FUE LONDRES.
X. ¿POR QUÉ LONDRES?
Aquí debemos evitar también una simplificación. Londres no era simplemente “Inglaterra”. Era uno de los grandes centros financieros del mundo. Allí se concentraban bancos, casas mercantiles, aseguradores, intermediarios, corredores y mercados de valores.
Para los nuevos Estados americanos, acudir a Londres significaba entrar en un sistema financiero internacional. Y para los comerciantes británicos, América Latina representaba una enorme oportunidad comercial.
Un capítulo de Cambridge sobre Gran Bretaña y las independencias latinoamericanas resume esa relación señalando que políticos, industriales y comerciantes británicos veían Hispanoamérica como un espacio de oportunidades, mientras los patriotas latinoamericanos buscaban en Gran Bretaña armas, bienes, protección naval y préstamos para el desarrollo. Aquí encontramos una relación de intereses. No necesariamente una conspiración. No necesariamente altruismo.
INTERESES.
Eso es precisamente lo que estudia la historia económica.
XI. LA INDEPENDENCIA COMO OPORTUNIDAD COMERCIAL
Hay otro aspecto que no debemos olvidar. Para los comerciantes británicos, la desaparición del monopolio comercial español abría perspectivas extraordinarias. Los nuevos Estados necesitaban importar. Necesitaban armas. Necesitaban manufacturas. Necesitaban barcos. Necesitaban crédito.
Y Gran Bretaña poseía una enorme capacidad industrial, comercial y financiera. Por eso la independencia hispanoamericana no fue únicamente una transformación política. Fue también una transformación del espacio comercial atlántico. El antiguo sistema imperial español se debilitó.
Y los nuevos Estados comenzaron a integrarse en un mercado internacional en el que Gran Bretaña ocupaba una posición extraordinariamente poderosa.
XII. LA DEUDA COMO FORMA DE DEPENDENCIA
Aquí debemos elegir cuidadosamente nuestras palabras. La palabra “feudo” puede ser útil como imagen literaria. Pero no es un concepto histórico exacto para describir la relación financiera entre las nuevas repúblicas y los acreedores británicos. Es mejor hablar de: DEPENDENCIA FINANCIERA.
Porque eso sí puede analizarse. Un Estado que necesita crédito extranjero para financiar sus gastos queda expuesto a sus acreedores. Un Estado que compromete ingresos futuros pierde margen de maniobra.
Un Estado que entra en suspensión de pagos pierde acceso al mercado financiero. Y eso fue precisamente lo que ocurrió con Gran Colombia. Los dos grandes empréstitos de 1822 y 1824 terminaron en suspensión de pagos en 1826. El estudio del NBER registra el default de ambos préstamos y señala que aquel episodio inició una larga sucesión de reestructuraciones y crisis de deuda colombianas.
La independencia política, por tanto, no produjo automáticamente independencia financiera.
XIII. EL PRECIO DE TENER CRÉDITO
Existe una ironía histórica. Las nuevas repúblicas necesitaban crédito para consolidarse. Pero para conservar crédito tenían que demostrar capacidad de pago. Y para demostrar capacidad de pago necesitaban ingresos. Y para obtener ingresos necesitaban organizar una administración fiscal que todavía estaba naciendo. La guerra había destruido recursos.
La economía colonial había sido alterada. Las instituciones estaban cambiando. Y los nuevos gobiernos tenían que asumir obligaciones enormes. La investigación reciente sobre la deuda latinoamericana muestra precisamente que las relaciones entre deudores y acreedores en Londres fueron determinantes para el acceso posterior de los Estados latinoamericanos al mercado internacional de capitales.
Así comenzó un ciclo que se repetiría muchas veces: crédito; endeudamiento; incumplimiento; negociación; reestructuración; nuevo crédito.
XIV. NO TODO EL DINERO FUE PARA LA GUERRA
Otro punto que debe quedar claro. Sería incorrecto afirmar que todo el dinero obtenido mediante los empréstitos fue directamente utilizado para comprar armas. Parte de los préstamos sirvió para consolidar obligaciones anteriores.
La historiografía económica ha mostrado que una parte importante de los recursos obtenidos por los nuevos Estados se destinó a cancelar o reorganizar deudas previas, mientras otra parte se destinó a compras militares y otras necesidades estatales. Esto es precisamente lo que hace más interesante el fenómeno.
La deuda no solamente financió nuevas operaciones. También permitió transformar obligaciones de guerra en deuda soberana. La revolución adquiría una memoria financiera. Y esa memoria pasaba al nuevo Estado.
XV. EL CASO DE LA GRAN COLOMBIA
La Gran Colombia es particularmente importante para nuestro estudio. En 1819 se creó la República de Colombia, integrando territorios que comprendían Venezuela, Nueva Granada y Quito. Las obligaciones financieras contraídas durante el proceso revolucionario pasaron a formar parte de las responsabilidades del nuevo Estado.
Después llegaron los grandes empréstitos. £2 millones en 1822. £4,75 millones en 1824. Y en 1826 llegó el incumplimiento de ambos. La magnitud resulta difícil de ignorar.
En apenas unos años, la nueva república había ingresado profundamente en el mercado financiero internacional. Pero todavía no poseía la estabilidad institucional ni fiscal necesaria para sostener esas obligaciones indefinidamente.
XVI. LA DEUDA SOBREVIVE A LOS GOBIERNOS
Y aquí aparece una de las características más duras de la deuda pública: Los gobiernos cambian. Los presidentes mueren. Las constituciones cambian. Las fronteras cambian. Los Estados pueden incluso separarse. Pero las obligaciones financieras permanecen. Cuando la Gran Colombia se disolvió, la deuda externa no desapareció. Fue distribuida entre los nuevos Estados.
Un estudio del NBER recoge el acuerdo de 1834 según el cual la deuda externa de la antigua Gran Colombia se distribuyó aproximadamente en un 50 por ciento para Colombia, 28,5 por ciento para Venezuela y 21,5 por ciento para Ecuador. La guerra había terminado. La Gran Colombia había dejado de existir. Pero la deuda continuaba. Ésta es una de las grandes ironías financieras de la independencia.
XVII. ¿LIBERACIÓN O NUEVA DEPENDENCIA?
Aquí debemos detenernos. No corresponde al historiador serio afirmar que la independencia fue simplemente una operación británica. Eso sería una simplificación. Existieron causas internas. Existieron conflictos locales. Existieron aspiraciones de autonomía. Existieron intereses americanos. Existieron divisiones dentro de la sociedad colonial. Existieron guerras reales. Existieron sacrificios reales. Y existieron hombres que lucharon convencidos de que estaban defendiendo una causa legítima.
Pero también existió una dimensión internacional. Existieron redes británicas. Existieron comerciantes británicos. Existieron armas británicas. Existieron voluntarios británicos e irlandeses. Existió crédito británico.
Existieron empréstitos británicos. Y existió un mercado financiero londinense dispuesto a financiar a las nuevas repúblicas. Por eso, la pregunta correcta no es: “¿Fue todo una conspiración británica?”
La pregunta correcta es:
¿QUÉ PAPEL DESEMPEÑARON LAS REDES BRITÁNICAS EN LA TRANSFORMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA EN UNA REALIDAD MILITAR, COMERCIAL Y FINANCIERA?
La evidencia disponible permite responder: UN PAPEL IMPORTANTE.
XVIII. LONDRES NO NECESITÓ CONQUISTAR AMÉRICA
Hay aquí una reflexión histórica que merece atención. Un imperio no siempre necesita ocupar militarmente un territorio para adquirir influencia. Puede comerciar. Puede prestar. Puede invertir. Puede vender. Puede transportar. Puede asegurar. Puede controlar rutas. Puede convertirse en acreedor. Puede convertirse en proveedor.
Puede convertir su mercado financiero en una fuente indispensable de capital. Eso no significa que todo acreedor sea un conquistador. Pero significa que el poder económico puede producir relaciones de dependencia sin necesidad de una administración colonial directa. Y ésa es precisamente la cuestión que debemos estudiar.
XIX. EL LIBERALISMO ECONÓMICO Y EL NUEVO MUNDO
Aquí el capítulo X conecta con los anteriores. El nuevo orden político hispanoamericano no nació en un vacío. Nació en un mundo que estaba experimentando una enorme transformación económica. El comercio atlántico se expandía. Gran Bretaña avanzaba industrialmente. Los mercados financieros crecían. El capitalismo comercial adquiría dimensiones internacionales.
Y las nuevas repúblicas necesitaban integrarse en ese sistema. Desde la perspectiva de la crítica católica tradicional, esta transformación plantea una pregunta moral.
¿Puede una sociedad ordenar la economía exclusivamente alrededor del lucro?
¿Puede el crédito convertirse en instrumento de dominación?
¿Puede la riqueza convertirse en fin en lugar de medio?
¿Puede el interés financiero separarse completamente de la justicia?
Aquí la cuestión ya no es solamente política.
Es moral.
Porque la tradición católica siempre ha considerado que la economía debe estar subordinada al bien común y a la justicia. Y aquí aparece un concepto antiguo que no debemos olvidar:
LA USURA.
No se trata simplemente de repetir automáticamente todas las categorías económicas medievales sobre cualquier operación financiera moderna. La cuestión debe estudiarse con precisión. Pero tampoco podemos aceptar que cualquier ganancia financiera sea automáticamente justa simplemente porque exista un contrato. La existencia de un contrato no convierte necesariamente una operación en moralmente buena. La justicia exige examinar las condiciones.
XX. EL PROBLEMA MORAL DE LA DEUDA
Un Estado endeudado no es simplemente una entidad financiera. Detrás de sus ingresos existen personas. Detrás de sus impuestos existen familias. Detrás de las rentas públicas existen trabajadores, agricultores, comerciantes y pobres. Cuando los ingresos futuros son comprometidos para pagar deudas, la carga termina repercutiendo sobre la sociedad. Por eso la deuda pública puede convertirse en una cuestión moral.
No porque todo préstamo sea injusto. Sino porque el endeudamiento irresponsable puede trasladar a generaciones futuras las consecuencias de decisiones tomadas por gobernantes presentes. La generación que contrae la deuda puede recibir el beneficio. Las siguientes pueden recibir la factura.
XXI. EL NACIMIENTO DE UNA REPÚBLICA ENDEUDADA
Y ahora podemos comprender mejor el verdadero significado de la documentación. No necesitamos decir que Londres “compró” la independencia. Los documentos no demuestran una afirmación tan simple. Pero sí muestran algo históricamente mucho más preciso: Los procesos revolucionarios establecieron vínculos financieros con comerciantes y acreedores británicos antes y después de la creación de las nuevas repúblicas.
La Gran Colombia heredó obligaciones financieras relacionadas con la guerra. En 1822 obtuvo un empréstito de £2 millones. En 1824 obtuvo otro de £4,75 millones. Parte de sus ingresos fueron comprometidos como garantía. Y ambos préstamos terminaron en default en 1826. Eso no es una teoría. Son contratos. Son cifras. Son obligaciones. Son registros. Son documentos.
XXII. ¿QUÉ TIENE QUE VER ESTO CON SANTA CRUZ?
Aquí debemos regresar al punto de partida de nuestro libro. Alguien podría preguntar: ¿Qué tiene que ver la deuda de la Gran Colombia con Santa Cruz de la Sierra? La respuesta debe ser prudente. No estamos diciendo que Santa Cruz haya sido financiada directamente por el empréstito de Zea. No poseemos aquí la evidencia necesaria para afirmar semejante cosa. Tampoco debemos transportar automáticamente la historia financiera de la Gran Colombia al territorio cruceño.
Pero sí debemos comprender el contexto continental. La revolución hispanoamericana no fue un conjunto de acontecimientos completamente aislados. Buenos Aires estaba conectada con otros centros revolucionarios.
Los revolucionarios buscaban armas y recursos. Las redes internacionales atravesaban el Atlántico. Los comerciantes británicos participaban en el nuevo espacio americano. Y después de la independencia, las nuevas repúblicas entraron progresivamente en los mercados financieros internacionales. Santa Cruz formaba parte de ese mundo hispanoamericano en transformación.
Por eso, comprender la dimensión internacional de la independencia es indispensable para comprender el contexto en el que se produjo la revolución cruceña.
XXIII. EL ERROR DE LA HISTORIA CARICATURESCA
La história escolar suele simplificar. España aparece como opresora. Los patriotas aparecen como libertadores. El pueblo aparece unido. Los héroes aparecen puros. Y la independencia aparece como el instante luminoso en que una nación despierta. Pero la história real es más incómoda. Había intereses. Había divisiones. Había conflictos. Había comerciantes. Había militares. Había sacerdotes. Había propietarios. Había campesinos. Había indígenas. Había pardos. Había esclavos. Había funcionarios. Había realistas. Había revolucionarios. Y había intereses internacionales. Reducir todo eso a una película de buenos contra malos no es historia.
Es pedagogía patriótica. La historia debe ser más exigente.
XXIV. ¿Y QUÉ HAY DE LA INGLATERRA DE AQUEL TIEMPO?
También debemos distinguir. Cuando hablamos de “Inglaterra” o de “Gran Bretaña” no debemos imaginar un único actor perfectamente coordinado. Existía el Gobierno británico. Existía el Parlamento. Existía la diplomacia. Existían comerciantes privados. Existían banqueros. Existían fabricantes. Existían aventureros. Existían voluntarios militares.
Existían sociedades y redes políticas. No todos tenían necesariamente los mismos intereses. El estudio reciente sobre las redes británicas de Bolívar es especialmente útil porque muestra precisamente esta diferencia: el apoyo oficial del Gobierno británico no fue equivalente a la actividad de las redes privadas de comerciantes que financiaron expediciones y suministraron recursos.
Por eso, una investigación seria debe hablar de:
REDES BRITÁNICAS,
REDES COMERCIALES,
REDES FINANCIERAS,
Y ACTORES PRIVADOS,
cuando eso sea lo que los documentos realmente permiten demostrar.
XXV. LA GEOPOLÍTICA DETRÁS DEL CRÉDITO
Pero tampoco podemos ignorar la dimensión geopolítica. El capítulo de Cambridge sobre Gran Bretaña y la independencia latinoamericana señala que los intereses británicos en Hispanoamérica incluían oportunidades comerciales, acceso a mercados, armamentos, protección naval y préstamos. Por tanto, la relación no era únicamente financiera. Era comercial. Era diplomática. Era militar. Era estratégica. Y también cultural. La apertura de Hispanoamérica al comercio británico significó una transformación del equilibrio internacional.
España perdió progresivamente su antiguo monopolio imperial. Gran Bretaña encontró un enorme espacio comercial abierto en el Atlántico americano. Las nuevas repúblicas encontraron crédito. Y los acreedores encontraron nuevos deudores.
XXVI. NO CONFUNDIR INFLUENCIA CON CONTROL ABSOLUTO
Éste es probablemente el punto más importante para que nuestro libro sea difícil de refutar. No debemos afirmar: “Gran Bretaña creó las independencias.” Debemos afirmar: “Las independencias hispanoamericanas se desarrollaron dentro de un contexto internacional en el que las redes británicas comerciales, financieras y militares tuvieron una participación importante y documentable.”
La segunda afirmación es mucho más precisa. Y precisamente por ser más precisa es más fuerte.
XXVII. LA DEUDA Y EL PODER
La deuda crea una relación. El acreedor presta. El deudor promete. El acreedor espera. El deudor debe pagar. Cuando el deudor no paga, pierde crédito. Cuando el deudor necesita nuevamente dinero, tiene que volver al mercado. Y entonces comienza una negociación. No hace falta ninguna conspiración secreta para que exista una relación de poder. La propia estructura financiera produce una relación de dependencia. Éste es uno de los elementos más importantes que debemos comprender.
LA DEPENDENCIA NO SIEMPRE NECESITA UNA CADENA VISIBLE. A VECES BASTA UNA FIRMA.
XXVIII. DEL ORO AL PAPEL
Durante siglos, el poder español en América había estado asociado a territorios, minas, rutas, puertos, impuestos y estructuras administrativas. Después de la independencia, el lenguaje del poder comenzó a incorporar otra realidad: bonos; crédito; intereses; mercados; acreedores; deuda soberana. El oro y la plata seguían siendo importantes. Pero ahora también importaba el papel. El bono. La letra. El contrato. La garantía. El crédito. Y el centro financiero donde esos instrumentos podían negociarse era Londres.
XXIX. LA LIBERTAD POLÍTICA Y LA DEPENDENCIA ECONÓMICA
Aquí encontramos una paradoja que merece ser recordada. Una nación puede alcanzar independencia política y continuar dependiendo económicamente del exterior. Puede tener bandera propia. Puede tener constitución propia. Puede tener ejército propio. Puede tener presidente propio. Y, sin embargo, depender del crédito extranjero. No es una contradicción lógica. Es una realidad histórica. Por eso debemos evitar medir la independencia solamente por la existencia de una bandera. La soberanía política es una cosa. La autonomía económica es otra. Y la independencia cultural es otra. Una nación puede alcanzar una mientras pierde progresivamente otra.
XXX. UNA CONCLUSIÓN SIN MITOS
¿Qué podemos afirmar entonces? Podemos afirmar que la Gran Colombia entró muy pronto en los mercados internacionales de crédito. Podemos afirmar que existieron obligaciones financieras relacionadas con la guerra de independencia. Podemos afirmar que en 1822 Colombia contrató un empréstito nominal de £2 millones con prestamistas ingleses.
Podemos afirmar que ese empréstito estuvo garantizado, según la documentación historiográfica colombiana, mediante ingresos como la renta del tabaco y los quintos de oro y plata. Podemos afirmar que en 1824 se contrató otro empréstito nominal de £4,75 millones. Podemos afirmar que ambos préstamos entraron en default en 1826. Podemos afirmar que las redes privadas británicas participaron en el suministro de armas, hombres y equipos a las fuerzas revolucionarias. Podemos afirmar que Londres se convirtió en uno de los grandes centros financieros de las nuevas repúblicas.
Y podemos afirmar que la independencia política estuvo acompañada por una profunda integración financiera en el mercado internacional. Lo que no debemos afirmar sin pruebas es que todo aquello fue simplemente una conspiración dirigida por el Gobierno británico.
La historia documentada es más compleja. Y precisamente por eso es más inquietante.
XXXI. LA PREGUNTA QUE QUEDA
Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿Quién pagó la revolución? La respuesta no cabe en un solo nombre. Pagaron hombres. Pagaron pueblos. Pagaron Estados. Pagaron generaciones. Pagaron contribuyentes. Pagaron los acreedores. Y, en última instancia, pagaron también quienes heredaron las obligaciones de aquellos que tomaron las decisiones. La independencia podía presentarse como la conquista de la libertad. Pero la libertad política no significaba automáticamente libertad financiera.
Y aquí está una de las grandes paradojas de la historia hispanoamericana:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS NACIERON SOBERANAS EN EL PLANO POLÍTICO, PERO NECESITARON MUY PRONTO DEL CRÉDITO DE LAS GRANDES PLAZAS FINANCIERAS INTERNACIONALES.
Londres fue una de ellas. Y fue, durante aquellos primeros años, una de las más importantes.
XXXII. DEL LIBERTADOR AL ACREEDOR
El relato patriótico suele terminar cuando el héroe entra triunfalmente en la ciudad. La historia económica continúa después. El ejército puede vencer. El enemigo puede retirarse. La bandera puede cambiar. Pero después llega la contabilidad. Hay que pagar las armas. Hay que pagar los barcos. Hay que pagar los préstamos. Hay que pagar los intereses. Hay que reorganizar las rentas. Hay que renegociar las deudas. Y entonces aparece una figura que rara vez ocupa un lugar en los monumentos:
EL ACREEDOR.
Quizá ésta sea una de las imágenes más importantes de este capítulo. El libertador aparece en los cuadros. El acreedor aparece en los libros contables. Pero ambos forman parte de la historia.
XXXIII. LA PREGUNTA CATÓLICA
Para nosotros, sin embargo, queda todavía una pregunta más profunda. ¿Puede una nación llamarse verdaderamente libre si sus gobernantes comprometen irresponsablemente el futuro de sus hijos? ¿Puede llamarse progreso a un sistema en el que el dinero termina gobernando al hombre? ¿Puede llamarse civilización a una sociedad que coloca el lucro por encima de la justicia?
La respuesta católica no puede reducirse a una simple política económica. La economía debe estar subordinada a la moral. La riqueza es un medio. El dinero es un instrumento. El crédito es un instrumento. El comercio es un instrumento. El Estado es un instrumento para el bien común. Ninguna de estas realidades puede convertirse en un ídolo.
Porque cuando el dinero se convierte en señor, el hombre deja de ser su dueño. Y cuando una sociedad deja de reconocer a Dios como Señor, corre el riesgo de terminar sirviendo a otros señores.
XXXIV. CRISTO O EL BECERRO DE ORO
Aquí la crítica católica alcanza su verdadera profundidad. No se trata simplemente de preferir España a Inglaterra. No se trata simplemente de preferir una monarquía a una república. No se trata simplemente de condenar el comercio internacional. Se trata de una cuestión mucho más profunda: ¿QUIÉN ES EL SEÑOR DE LA SOCIEDAD? Si es el dinero, entonces el pobre vale por lo que produce.
Si es el poder, el hombre vale por su utilidad. Si es el Estado, la conciencia queda sometida al poder político. Si es el mercado, la justicia corre el riesgo de convertirse en mercancía. Pero si Cristo es Rey, entonces el dinero ocupa su lugar correcto. El poder ocupa su lugar correcto. El Estado ocupa su lugar correcto. El comercio ocupa su lugar correcto.
Y el hombre vuelve a ocupar su lugar: criatura de Dios, dotada de dignidad y ordenada al bien común y a la vida eterna.
XXXV. LA HISTORIA NO TERMINA EN 1826
El default de 1826 no terminó con el problema. La deuda continuó. La deuda fue renegociada. La deuda fue redistribuida. La deuda acompañó a los nuevos Estados durante décadas. El estudio histórico de la deuda colombiana registra posteriores episodios de incumplimiento y reestructuración a lo largo del siglo XIX. Por eso, la historia de la independencia no termina en Ayacucho. No termina con la entrada triunfal de un libertador. No termina con una declaración constitucional. Continúa en los archivos financieros. Continúa en los presupuestos. Continúa en los contratos. Continúa en las obligaciones. Continúa en las generaciones que tuvieron que pagar.
XXXVI. LO QUE ESTE LIBRO SÍ PUEDE AFIRMAR
Este libro no necesita afirmar que Inglaterra organizó absolutamente todo. No necesita afirmar que cada revolucionario era masón. No necesita afirmar que cada préstamo fue una conspiración. No necesita inventar una mano invisible. La documentación ya proporciona suficiente material. Existieron redes británicas. Existieron suministros militares. Existió crédito. Existieron empréstitos. Existieron garantías. Existieron acreedores. Existieron defaults. Existieron renegociaciones. Y existió una incorporación temprana de las nuevas repúblicas al sistema financiero internacional.
Eso basta para plantear una pregunta legítima: ¿Hasta qué punto la independencia política fue acompañada por una nueva dependencia económica? Ésa es una pregunta histórica. Y debe ser respondida con documentos.
XXXVII. UNA ÚLTIMA ADVERTENCIA
El lector debe desconfiar tanto de la historia oficial simplificada como de la conspiración simplificada. La primera dice: “Los héroes liberaron a la patria y todo fue bueno.” La segunda podría decir: “Todo fue una conspiración inglesa perfectamente coordinada.” Ambas explicaciones son demasiado fáciles. La realidad histórica fue mucho más compleja. Pero dentro de esa complejidad existe un hecho que ya no puede ser ignorado:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS HISPANOAMERICANAS ENTRARON MUY PRONTO EN UNA RELACIÓN PROFUNDA CON EL CAPITAL INTERNACIONAL, Y LONDRES OCUPÓ UN LUGAR CENTRAL EN ESA TRANSFORMACIÓN.
Eso está en los contratos. Está en los empréstitos. Está en los registros parlamentarios británicos. Está en los estudios económicos. Está en los archivos. Está en los libros de deuda. No hace falta inventarlo.
XXXVIII. CONCLUSIÓN: LA DEUDA QUE SOBREVIVIÓ A LOS LIBERTADORES
Los libertadores pasaron. Las repúblicas cambiaron. La Gran Colombia desapareció. Venezuela siguió su camino. Ecuador siguió su camino. Nueva Granada siguió su camino. Pero las obligaciones financieras permanecieron. Ésa es quizá la imagen más poderosa con la que podemos cerrar este capítulo. El héroe muere. La estatua permanece. La bandera cambia. El gobierno cambia. La constitución cambia. Pero la deuda espera. Y por eso debemos volver a mirar la historia. No solamente desde el campo de batalla. No solamente desde el Cabildo. No solamente desde el balcón. También desde la mesa donde se firmaron los contratos.
Porque a veces la historia de una nación no se decide solamente con una espada. A veces también se decide con una firma. Una firma puede comprometer los ingresos de un Estado. Una firma puede hipotecar el futuro. Una firma puede convertir una guerra en una deuda. Y una deuda puede sobrevivir a varias generaciones. Ésta es la lección que debemos llevar ahora de vuelta a Santa Cruz.
Porque si queremos comprender verdaderamente qué ocurrió en 1810, no basta estudiar quién levantó la bandera. Tenemos que estudiar también el mundo que esperaba detrás de aquella ruptura. Un mundo de comercio. Un mundo de crédito. Un mundo de intereses. Un mundo de redes internacionales. Un mundo en el que Londres comenzaba a ocupar un lugar central en las finanzas de las nuevas repúblicas.
Y entonces aparece nuevamente la pregunta que atraviesa todo este libro: ¿La independencia significó solamente cambiar de soberano? ¿O significó también entrar en un nuevo sistema internacional de poder? La respuesta no debe decidirse con consignas. Debe buscarse en los documentos. En los archivos. En los contratos. En los bonos. En las cuentas. En la historia.
Y, para nosotros, finalmente, también a la luz de la doctrina católica sobre la justicia, la autoridad y el bien común. Porque una nación no existe solamente para enriquecerse. No existe solamente para comerciar. No existe solamente para acumular oro. Existe para procurar el bien común de sus hombres. Y el bien común no puede separarse de la verdad, de la justicia y de la ley moral.
Por eso, detrás de todo el oro y detrás de toda la deuda queda una pregunta mucho más alta:
¿PARA QUIÉN DEBE EXISTIR UNA NACIÓN?
Para el dinero, no. Para los acreedores, no. Para los políticos, tampoco. Para Cristo. Porque si Cristo es Rey, entonces también debe ser Rey de la vida pública, de la justicia, de la economía y de la sociedad. Y si una sociedad olvida a Cristo, puede conquistar una independencia política y, sin embargo, terminar perdiendo algo mucho más profundo: la libertad interior de vivir bajo la verdad.
Viva Cristo Rey. Viva la Inmaculada Concepción. NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO XI
LA ESPIRITUALIDAD DEL REMANENTE
Cómo ser cruceño, católico y amar la verdad
Tesis central
Este libro no termina con una invitación al odio, al resentimiento ni al desprecio de Santa Cruz. Termina con una invitación a la fidelidad. Amar una tierra no significa aceptar sin examen todas las narraciones que se han construido sobre ella. Amar la patria significa también querer conocer su historia con honestidad, distinguir los hechos de las leyendas y no convertir una celebración cívica en un sustituto de la verdad.
El católico, además, sabe que ninguna patria terrena es absoluta. Por encima de España, Bolivia, Santa Cruz o cualquier otra nación está Cristo Rey, Señor de la historia y de los pueblos. Por eso, quien llega a una conclusión distinta de la celebración oficial del 24 de septiembre no tiene por qué odiar a Santa Cruz. Puede precisamente hacer lo contrario: amarla tanto que no quiera mentir sobre su pasado.
I. EL DERECHO A NO FESTEJAR
En una sociedad acostumbrada a celebrar colectivamente determinadas fechas, puede parecer extraño que un católico diga: «Yo no festejo el 24 de septiembre.»
Pero no existe obligación moral de convertir una fecha cívica en una fiesta personal. Una cosa es respetar la historia de una nación y otra muy distinta es adoptar como propia toda interpretación histórica que haya llegado a ser oficial. El 24 de septiembre de 1810 puede ser estudiado, recordado y analizado sin necesidad de convertirlo en objeto de veneración.
El cristiano no tiene que inclinar la cabeza ante los mitos políticos. Debe inclinarla ante Dios. Por eso, si después de estudiar los acontecimientos de 1810 un hombre llega a la conclusión de que no puede celebrar aquella fecha como una «liberación» sin matices, tiene derecho a abstenerse de hacerlo.
Puede recordar. Puede estudiar. Puede rezar. Puede honrar a los muertos. Puede amar a su pueblo. Y puede, al mismo tiempo, decir: «No comparto la interpretación oficial de este acontecimiento.» Eso no es necesariamente odio a la patria. Puede ser, sencillamente, conciencia histórica.
II. NO CONFUNDIR LA PATRIA CON UNA LEYENDA
Hay una tentación muy peligrosa en la vida de los pueblos: confundir el amor a la patria con la obligación de creer todo lo que la propaganda patriótica afirma. Pero una patria no necesita mentiras para ser amada. Santa Cruz no necesita que sus hijos conviertan a todos sus protagonistas históricos en santos civiles. Tampoco necesita que cada acontecimiento del pasado sea presentado como una epopeya sin sombras.
La historia humana es mucho más compleja. Hubo convicciones sinceras. Hubo intereses políticos. Hubo enfrentamientos entre familias y grupos sociales. Hubo fidelidades a la Corona. Hubo adhesiones revolucionarias. Hubo intervención de Buenos Aires. Hubo guerras. Hubo sacerdotes que tomaron posiciones políticas. Hubo campesinos, indígenas, mestizos y hombres humildes que terminaron pagando con su sangre decisiones tomadas muchas veces por hombres poderosos.
Reconocer esa complejidad no destruye a Santa Cruz. La hace más humana. Y precisamente porque la hace más humana, permite verla con mayor verdad.
III. ¿QUÉ HACER EL 24 DE SEPTIEMBRE?
Si un católico decide no participar de la celebración patriótica, eso no significa que deba convertir el día en una jornada de amargura. Puede transformarlo en una jornada de oración. Puede rezar por Santa Cruz. Puede pedir a Dios por sus familias. Puede pedir por los pobres, los enfermos y los abandonados. Puede rezar por quienes gobiernan. Puede pedir por la conversión de quienes viven alejados de Dios. Puede estudiar la historia con seriedad. Puede enseñar a sus hijos que la patria es un bien, pero que la patria terrena no es Dios.
Y puede hacer algo todavía más importante: examinar su propia conciencia.
Porque es muy fácil denunciar los errores del pasado mientras repetimos los errores del presente.
¿De qué sirve condenar el liberalismo histórico si nosotros vivimos como si Dios no existiera? ¿De qué sirve denunciar la corrupción de otros si nosotros somos deshonestos? ¿De qué sirve hablar de Cristo Rey si Cristo no reina en nuestra familia, en nuestras palabras, en nuestro trabajo y en nuestra conciencia? El verdadero combate cristiano comienza dentro del alma.
IV. LA VERDADERA IDENTIDAD CRUCEÑA
Ser cruceño no consiste simplemente en haber nacido en Santa Cruz. Tampoco consiste en desfilar, levantar una bandera o repetir consignas. Una identidad histórica está formada por generaciones. Está formada por familias. Por costumbres. Por lenguaje. Por música. Por fiestas. Por devociones. Por trabajo. Por sacrificios. Y, para una parte fundamental de la historia cruceña, está profundamente vinculada al catolicismo recibido durante siglos de tradición hispánica.
La fe católica no fue un elemento decorativo de aquella sociedad. Estuvo presente en las misiones, en las familias, en las fiestas patronales, en la educación, en la asistencia a los necesitados y en la vida cotidiana. Por eso, un católico cruceño puede mirar con gratitud muchos elementos de esa herencia sin necesidad de convertir la historia española en una historia perfecta.
España tuvo grandezas. España tuvo pecados. Los españoles fueron hombres. Los cruceños también. La Iglesia nunca enseñó que los hombres fueran impecables simplemente por pertenecer a una determinada nación. Pero tampoco debemos aceptar el extremo contrario: imaginar que todo lo anterior a la revolución era oscuridad y que todo lo posterior fue luz. La historia no funciona así.
V. EL REMANENTE FIEL
La palabra «remanente» tiene una profunda resonancia bíblica. En las Sagradas Escrituras aparece repetidamente la idea de un pequeño resto que permanece fiel cuando muchos se apartan. El remanente no es necesariamente el más numeroso. No es el que tiene más poder. No es el que ocupa las plazas. No es el que posee los medios de comunicación.
Es el que permanece fiel. Para un católico, esa fidelidad no consiste en sentirse superior a los demás. Consiste en permanecer junto a Cristo. Puede ser una familia que reza el Rosario. Puede ser un padre que enseña el catecismo a sus hijos. Puede ser una madre que conserva la fe de sus mayores. Puede ser un joven que no tiene vergüenza de declararse católico.
Puede ser un sacerdote que permanece fiel a la doctrina de la Iglesia. Puede ser un anciano que conserva sus devociones aunque el mundo ya no las comprenda. Puede ser también un hombre que, en medio de una celebración colectiva, tiene el valor de decir: «Yo necesito estudiar más antes de repetir lo que todos repiten.»
El remanente no vive de la arrogancia. Vive de la perseverancia.
VI. CRISTO REY POR ENCIMA DE TODAS LAS PATRIAS
Aquí llegamos al centro de todo. Cristo es Rey. No porque una nación lo proclame. No porque un gobierno lo reconozca. No porque una bandera lleve su nombre. Cristo es Rey porque es verdadero Dios y verdadero hombre, Señor de la historia y de toda la creación. Las naciones pasan. Los gobiernos pasan. Las ideologías pasan. Los imperios pasan. Las fronteras cambian. Las estatuas caen. Los hombres que hoy son celebrados mañana son olvidados.
Pero Cristo permanece. Por eso el católico no puede convertir una patria terrena en un absoluto. Puede amar España. Puede amar Bolivia. Puede amar Santa Cruz. Puede amar su familia, su barrio, su lengua y sus tradiciones.
Pero debe amar a Dios por encima de todas esas cosas. «Viva Cristo Rey» no significa convertir la fe en una bandera partidista. Significa reconocer una verdad mucho más profunda: ningún poder humano es absoluto. Ningún Estado es Dios. Ninguna revolución es salvadora. Ningún sistema político puede ocupar el lugar de Jesucristo.
VII. UNA CARTA A UN CRUCEÑO QUE SÍ CELEBRA
Hermano cruceño: Si tú celebras el 24 de septiembre, no te considero mi enemigo. No quiero insultarte. No quiero despreciarte. No quiero arrancarte el amor por tu tierra. Quizá tú recibiste desde niño una determinada interpretación de esta fecha. Quizá tus padres te enseñaron a desfilar. Quizá tus abuelos te hablaron de los próceres. Quizá para ti esta jornada está asociada a recuerdos familiares, a música, a amigos y a la propia identidad de Santa Cruz.
Lo comprendo. Pero precisamente por eso te digo: estudiemos. No tengamos miedo a los documentos. No tengamos miedo a las preguntas difíciles. No tengamos miedo a descubrir que algunos héroes fueron más complejos de lo que nos contaron.
No tengamos miedo a descubrir que algunos realistas tenían razones que hoy no comprendemos. No tengamos miedo a reconocer que hubo intereses económicos, conflictos sociales y luchas de poder. La verdad no destruye la patria. La mentira sí puede hacerlo. Porque cuando una generación descubre que le enseñaron una historia incompleta, puede terminar desconfiando de toda la historia.
Por eso es mejor enseñar desde el principio la complejidad. Puedes amar Santa Cruz sin convertir el 24 de septiembre en una tradición. Puedes honrar a tus antepasados sin canonizar políticamente a todos sus protagonistas. Puedes recordar la independencia sin convertir la revolución en una religión civil. Y puedes ser profundamente cruceño sin dejar de ser profundamente católico.
VIII. NO SE TRATA DE VIVIR MIRANDO HACIA ATRÁS
Pero hay algo más. No podemos pasar nuestra vida entera mirando hacia 1810. La historia debe enseñarnos algo para el presente. Si aquella generación cometió errores, aprendamos. Si hubo hombres que actuaron con valentía, reconozcamos su valor. Si hubo hombres que actuaron movidos por ambición, reconozcamos también ese hecho.
Si hubo sacerdotes que mezclaron indebidamente su ministerio con luchas políticas, aprendamos de ello. Si hubo gobiernos que terminaron sometiendo a la Iglesia, aprendamos a distinguir la legítima autoridad civil de la intromisión del Estado en las cosas sagradas.
La historia no debe convertirse en una cárcel. Debe convertirse en una maestra. Y la gran pregunta ya no es solamente: «¿Qué ocurrió el 24 de septiembre de 1810?»
La pregunta es: «¿Qué clase de hombres queremos ser nosotros en 2026?» ¿Seremos hombres de verdad? ¿Seremos católicos de verdad? ¿Seremos capaces de defender la verdad cuando sea impopular? ¿Seremos capaces de amar nuestra tierra sin adorarla? ¿Seremos capaces de respetar al que piensa diferente? ¿Seremos capaces de enseñar a nuestros hijos la fe sin vergüenza? ¿Seremos capaces de decir, con humildad pero sin miedo: Cristo es Rey?
IX. EL 24 DE SEPTIEMBRE COMO DÍA DE ORACIÓN
Por eso, para quien no quiera festejar esta fecha, existe una alternativa mucho más cristiana que la simple protesta. Rezar. Rezar por Santa Cruz. Rezar por Bolivia. Rezar por las familias. Rezar por los gobernantes. Rezar por los sacerdotes. Rezar por los pobres. Rezar por quienes sufren. Rezar por los muertos de las guerras. Rezar incluso por quienes hicieron cosas que consideramos equivocadas.
Porque el católico no necesita odiar a sus adversarios para defender la verdad. Puede combatir el error sin odiar al hombre. Puede rechazar una ideología sin despreciar a quien la sostiene. Puede estudiar la historia sin convertirla en una guerra interminable entre muertos. Puede decir «no» sin perder la caridad.
X. LA ÚLTIMA PALABRA
Después de once capítulos, podría parecer que todo termina en una acusación. No. Termina en una esperanza. Santa Cruz no está condenada por su pasado. Bolivia no está condenada por su pasado. Ningún pueblo lo está. Los pueblos pueden convertirse. Las familias pueden recuperar la fe. Los hombres pueden volver a Dios. Las generaciones pueden aprender nuevamente a rezar.
Una sociedad puede recordar que la libertad sin verdad termina convirtiéndose en esclavitud. Y un hombre puede descubrir que ninguna revolución, ningún imperio, ningún gobierno y ningún dinero pueden darle aquello que solamente Dios puede darle. Por eso, yo, Richard Marcelo Romero Cossío, cruceño y católico, no necesito odiar a Santa Cruz para cuestionar una celebración.
No necesito renegar de mi tierra para estudiar críticamente su historia. No necesito despreciar a quienes celebran para decidir personalmente no hacerlo. Y no necesito sustituir una leyenda patriótica por otra leyenda.
Necesito la verdad. Y después de la verdad, necesito la caridad. Y por encima de ambas, necesito a Cristo. Porque al final de todas las banderas, de todas las revoluciones, de todos los imperios, de todos los gobiernos y de todas las ideologías, queda una sola pregunta:
¿Quién reina?
Y la respuesta del católico es la misma ayer, hoy y siempre: CRISTO REY.
Por eso, el 24 de septiembre, mientras otros celebren según su conciencia, yo puedo permanecer en silencio, rezar por Santa Cruz y pedir a la Santísima Virgen que conduzca nuevamente a sus hijos hacia su Divino Hijo.
No por odio. No por resentimiento. No por nostalgia política. Sino por amor a la verdad. Por amor a la Iglesia. Por amor a Santa Cruz. Y, sobre todo, por amor a Jesucristo.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! ¡Viva Santa María, Madre de Dios! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO XII
LA HISTORIA DE LA HISTORIA
24 de Septiembre: la historia que casi nadie cuenta – La otra historia del 24 de Septiembre de 1810 – 24 de Septiembre: héroes, mitos y documentos
Qué dicen realmente los historiadores sobre el 24 de septiembre de 1810
Tesis central
Después de recorrer los acontecimientos de 1808 a 1825, queda una última pregunta que no podemos evitar: ¿De dónde viene la interpretación que hoy tenemos del 24 de septiembre? Porque una cosa es lo que ocurrió en 1810 y otra cosa es cómo las generaciones posteriores decidieron recordar aquello que ocurrió.
La historia tiene documentos. Pero también tiene historiadores. Y los historiadores tienen épocas, preocupaciones, métodos y perspectivas.
Por eso, si queremos buscar la verdad sobre el 24 de septiembre, debemos hacer algo que rara vez hace la propaganda patriótica: comparar las interpretaciones. No basta con repetir que el 24 de septiembre fue un «grito libertario». Tampoco basta con sustituir esa expresión por otra y afirmar, sin más pruebas, que todo fue una conspiración internacional.
Hay que volver a los historiadores. Y entre ellos aparecen nombres fundamentales para comprender la historia cruceña:
Gabriel René Moreno. José Manuel Durán Canelas. Humberto Vázquez Machicado. Hernando Sanabria Fernández.
Y, en la historiografía más reciente, autores como Ana María Seoane de Capra, Paula Peña y otros investigadores que han vuelto a estudiar la independencia desde perspectivas sociales, regionales y políticas.
I. GABRIEL RENÉ MORENO: LA MEMORIA DEL MUNDO COLONIAL
Gabriel René Moreno ocupa un lugar fundamental en la historiografía boliviana. Su obra Últimos días coloniales en el Alto Perú sigue siendo una referencia imprescindible para estudiar la sociedad y la política de Charcas en los años inmediatamente anteriores a la independencia. Su importancia para nuestro tema no consiste simplemente en que fuera «realista» o «antirrealista». Lo importante es que permite observar una sociedad mucho más compleja de la que presenta la narración patriótica posterior.
En esa sociedad había criollos fieles a la Corona, funcionarios ilustrados, universitarios influenciados por nuevas ideas, familias divididas y grupos que fueron modificando sus posiciones conforme cambiaban las circunstancias.
El propio estudio de Gabriel René Moreno sobre las familias vinculadas a los protagonistas cruceños permite observar que la adhesión revolucionaria no era necesariamente uniforme dentro de las familias.
Esto es importante: Porque demuestra que la independencia no puede explicarse simplemente como una lucha entre «todos los cruceños» y «España».
Existían conflictos dentro de la propia sociedad. Existían familias divididas. Existían fidelidades distintas. Existían intereses locales. Y existía también una transformación intelectual producida en los centros universitarios de Charcas.
Por eso, Gabriel René Moreno nos ayuda a recuperar algo que la memoria patriótica tiende a simplificar: la sociedad de 1810 no pensaba como una sola persona.
II. JOSÉ MANUEL DURÁN CANELAS Y LA PRIMERA MEMORIA CRUCEÑA
Otro nombre indispensable es José Manuel Durán Canelas. Su Historia de la Independencia de Santa Cruz, publicada en 1888, pertenece a una generación posterior a los acontecimientos. Su obra tiene enorme importancia porque forma parte de la construcción de la memoria histórica cruceña sobre el proceso independentista.
Hay aquí un dato particularmente significativo. Según documentación del siglo XIX estudiada por investigadores posteriores, la primera celebración institucional del 24 de septiembre como efeméride se produjo en 1889, un año después de la publicación de la obra de Durán Canelas. (Red Uno)
Esto no significa que Durán Canelas «inventara» la revolución. Tampoco significa que la celebración de 1889 fuera una falsificación.
Significa algo más interesante:
la memoria pública de una revolución también tiene una historia. Los acontecimientos de 1810 ocurrieron primero. La interpretación historiográfica vino después. Y la transformación del acontecimiento en una gran efeméride cívica fue posterior todavía.
Por eso debemos distinguir entre:
el acontecimiento, la memoria del acontecimiento, y la celebración pública del acontecimiento.
No son exactamente la misma cosa.
III. HUMBERTO VÁZQUEZ MACHICADO: LA FRACTURA SOCIAL
Aquí llegamos a uno de los historiadores más importantes para nuestro estudio. Humberto Vázquez-Machicado ofrece una lectura particularmente interesante porque no presenta la revolución cruceña simplemente como una explosión homogénea del «pueblo».
En su reconstrucción, Antonio Vicente Seoane y sus compañeros eran jóvenes formados en Chuquisaca, influidos por las nuevas ideas. Vázquez-Machicado relata incluso el dramático enfrentamiento generacional entre Antonio Vicente Seoane y su padre, Antonio Seoane de los Santos, funcionario de la Corona. El padre aparece como un hombre fiel al Rey, mientras el hijo regresa de Charcas con ideas políticas diferentes. (Conectorium)
Esto permite comprender que la revolución fue también una ruptura generacional. Y Vázquez Machicado va más lejos. Al describir el apoyo social de la revolución, señala que Seoane y su Junta, pese a pertenecer a la aristocracia ciudadana, no encontraron grandes apoyos dentro de su propia clase, mientras que consiguieron seguidores entre artesanos y campesinos.
También explica que Warnes buscó especialmente el apoyo de las clases bajas y organizó con ellas unidades militares de pardos. (Conectorium) Este punto es fundamental para nuestra investigación. Porque obliga a abandonar una imagen demasiado sencilla.
No podemos decir: «todo el pueblo cruceño se levantó». Pero tampoco sería correcto decir: «nadie apoyó la revolución». Lo que aparece es una sociedad dividida. Una minoría dirigente revolucionaria. Sectores acomodados mayoritariamente vinculados al orden tradicional. Y sectores populares que, en diferentes momentos, participaron activamente en el proceso revolucionario y en la guerra posterior. La revolución, por tanto, tuvo una dimensión social mucho más compleja.
IV. HERNANDO SANABRIA FERNÁNDEZ: LA CRÓNICA DEL PROCESO
Hernando Sanabria Fernández es otro nombre indispensable. Su trabajo como historiador cruceño contribuyó enormemente a reconstruir la secuencia de los acontecimientos. La historiografía que sigue esta línea presenta el 24 de septiembre como un levantamiento producido después de la llegada de los emisarios de Charcas y de Eustaquio Moldes, enviado desde el espacio revolucionario rioplatense.
Según esta reconstrucción, Seoane y Lemoine habían trabajado previamente en la difusión de las ideas revolucionarias y consiguieron la adhesión de Antonio Suárez. Posteriormente llegó Moldes con la misión de acelerar el movimiento. (Conectorium) Aquí aparece un dato que debemos conservar: el movimiento cruceño no nació en un vacío.
Estaba conectado con acontecimientos mayores: Chuquisaca en 1809. Buenos Aires en mayo de 1810. Las campañas militares del Río de la Plata. Y las luchas políticas dentro de la Audiencia de Charcas. Por tanto, hablar de un proceso puramente local resulta insuficiente. Pero también sería insuficiente reducirlo a una simple orden recibida desde Buenos Aires.
Existieron actores locales. Existieron intereses locales. Existieron conflictos locales. Y existió una decisión concreta tomada en Santa Cruz.
V. LA HISTORIOGRAFÍA RECIENTE: DEL HÉROE AL PROCESO
La historiografía más reciente ha introducido una transformación importante. Ya no se estudia la independencia únicamente como una sucesión de grandes héroes. Se estudian también: las instituciones; las comunidades; los indígenas; los afrodescendientes; los campesinos; las redes familiares; los intereses económicos; las jurisdicciones;
las relaciones entre Charcas, Lima y Buenos Aires; y las diferentes formas de participación política.
Ana María Seoane de Capra, por ejemplo, ha estudiado el proceso de independencia de Santa Cruz precisamente desde la tensión entre los intereses locales y un proyecto político más amplio. Su trabajo fue publicado en Reescrituras de la Independencia: Actores y territorios en tensión, obra colectiva dedicada a revisar las interpretaciones tradicionales del proceso. (Revista de Indias)
Esto resulta especialmente importante.
Porque la nueva historiografía no obliga a elegir entre dos caricaturas: «fue una gloriosa revolución popular» o «fue únicamente una conspiración extranjera».
La realidad histórica puede ser más incómoda: hubo proyectos locales; hubo influencia de Charcas; hubo conexión con Buenos Aires; hubo conflictos sociales; hubo intereses económicos; hubo actores populares; hubo fidelidades realistas; y hubo posteriormente una guerra prolongada.
VI. EL PUNTO QUE NUESTRA PROPIA TESIS DEBE CORREGIR
Aquí debemos ser intelectualmente honestos. En los capítulos anteriores hemos utilizado expresiones fuertes como: «agentes de Buenos Aires», «operación externa», «golpe revolucionario», «minoría que impuso la revolución», «red masónica», «capital londinense». Algunas de esas expresiones pueden servir como interpretaciones.
Pero no todas pueden presentarse como hechos demostrados con el mismo grado de certeza. Por ejemplo: Está documentada la presencia de Eustaquio Moldes y su vinculación con la Junta de Buenos Aires. Está documentada la influencia de los movimientos de Chuquisaca sobre Seoane y Lemoine. Está documentado que la Junta de 1810 se alineó con el movimiento revolucionario que tenía su centro político en Buenos Aires.
Pero afirmar que todos los miembros de la Junta eran «agentes» de Buenos Aires exige una demostración adicional. Del mismo modo, la existencia histórica de masones entre algunos protagonistas de las independencias hispanoamericanas no demuestra por sí sola que la masonería dirigiera el 24 de septiembre de 1810.
Y la existencia de préstamos británicos durante las guerras de independencia no demuestra automáticamente que Londres hubiera diseñado el levantamiento cruceño. La diferencia entre estas afirmaciones es fundamental.
Una cosa es decir: «existieron conexiones». Otra: «esas conexiones fueron decisivas». Y otra, mucho más fuerte: «sin esas conexiones el acontecimiento no habría ocurrido».
La última afirmación necesita pruebas específicas.
VII. LO QUE SÍ PODEMOS AFIRMAR CON SEGURIDAD
Después de comparar las distintas corrientes historiográficas, podemos establecer varios puntos con bastante seguridad.
Primero: El 24 de septiembre de 1810 no fue un acontecimiento aislado.
Estuvo relacionado con el ciclo revolucionario iniciado en Charcas en 1809 y con la Revolución de Mayo de 1810. (Conectorium)
Segundo: Antonio Vicente Seoane y Juan Manuel Lemoine estuvieron vinculados al ambiente revolucionario de Charcas.
Tercero: Eustaquio Moldes llegó desde el espacio revolucionario rioplatense y participó en el proceso cruceño.
Cuarto: Antonio Suárez se incorporó al movimiento y pasó a formar parte de la Junta.
Quinto: José Andrés Salvatierra fue uno de los protagonistas de la Junta revolucionaria.
Sexto: la sociedad cruceña no reaccionó de manera uniforme. Existieron realistas, revolucionarios y posiciones cambiantes.
Séptimo: la guerra posterior involucró ampliamente a sectores populares. Vázquez-Machicado destaca la participación de campesinos y trabajadores en las fuerzas de Mercado. (Conectorium)
Octavo: la memoria pública del 24 de septiembre se consolidó mucho después de los acontecimientos de 1810, y la primera celebración institucional de la fecha está documentada para 1889. (Red Uno)
VIII. LO QUE DEBE QUEDAR COMO HIPÓTESIS
También hay afirmaciones que debemos mantener abiertas. ¿Fue Buenos Aires el verdadero director de toda la operación? La documentación demuestra influencia y conexión, pero eso no permite reducir toda la iniciativa local a una simple orden porteña.
¿Fue la masonería la infraestructura indispensable del movimiento? Es posible documentar vínculos masónicos en determinados círculos independentistas, pero demostrar una cadena masónica específica que conecte directamente a cada protagonista del 24 de septiembre requiere pruebas individuales.
¿Fue Londres el verdadero financiador de la revolución cruceña? El papel británico en el financiamiento de determinados movimientos independentistas y en la apertura comercial posterior está ampliamente estudiado, pero no debemos proyectar automáticamente esos procesos sobre Santa Cruz sin documentación específica.
¿La independencia significó simplemente sustituir la dependencia española por la británica? Es una interpretación estructural posible, pero necesita distinguir entre influencia comercial, dependencia financiera, relaciones diplomáticas y soberanía política.
La historia seria no teme decir: «esto todavía no está demostrado».
IX. UNA CONCLUSIÓN MÁS FUERTE POR SER MÁS PRUDENTE
Y aquí llegamos a algo importante. La prudencia histórica no destruye nuestra tesis. La fortalece. Porque nuestra crítica al relato tradicional no necesita inventar una conspiración.
Los propios historiadores nos permiten formular preguntas suficientemente profundas. El 24 de septiembre fue realmente una ruptura política. Pero no fue una ruptura producida por una sociedad homogénea.
Fue un proceso protagonizado inicialmente por determinados sectores de la sociedad cruceña, conectado con los movimientos revolucionarios de Charcas y del Río de la Plata, y posteriormente transformado en una guerra que involucró a sectores mucho más amplios de la población.
Eso es bastante más interesante que una leyenda. Y también es bastante más humano.
X. NO NECESITAMOS FABRICAR UNA CONTRAHISTORIA
Si este libro quiere defender la verdad, debe evitar cometer el mismo pecado que critica. No debemos sustituir una leyenda patriótica por una leyenda antipatriótica.
No debemos convertir a los próceres en santos. Pero tampoco convertirlos automáticamente en demonios. No debemos convertir a todos los realistas en héroes.
Ni a todos los revolucionarios en traidores. Debemos estudiar. Debemos comparar. Debemos citar. Debemos distinguir. Y cuando el documento permite afirmar algo, afirmarlo.
Cuando el documento solamente permite plantear una posibilidad, decir que es una posibilidad. Eso es mucho más poderoso que una acusación absoluta.
XI. EL VERDADERO VALOR DE LA HISTORIA
Después de estudiar a René-Moreno, Durán Canelas, Vázquez-Machicado, Sanabria y la historiografía posterior, queda una conclusión fundamental: Santa Cruz no necesita una historia simple. Necesita una historia verdadera. Una historia donde aparezcan los revolucionarios y los realistas. Los letrados y los campesinos. Los sacerdotes y los militares.
Los indígenas y los afrodescendientes. Los hombres que miraban hacia Charcas. Los que miraban hacia Buenos Aires. Los que permanecían fieles al Rey. Y los que comenzaron a imaginar una nueva organización política. Porque todos ellos forman parte de nuestra historia. Y precisamente porque todos ellos forman parte de ella, nadie tiene derecho a convertirla en una caricatura.
XII. EL ÚLTIMO PRINCIPIO
Yo, Richard Marcelo Romero Cossío, no necesito decir: «Todos los historiadores están equivocados.» Tampoco necesito afirmar: «Mi interpretación es la única posible.»
Digo algo más sencillo: Leamos. Leamos a Gabriel René Moreno. Leamos a José Manuel Durán Canelas. Leamos a Humberto Vázquez Machicado. Leamos a Hernando Sanabria Fernández. Leamos a los historiadores contemporáneos.
Leamos los documentos. Comparemos las versiones. Y después de haber leído, tengamos el valor de pensar. Porque un pueblo que no conoce su historia puede ser conducido fácilmente por cualquier relato.
Pero un pueblo que conoce sus fuentes puede mirar su pasado sin miedo. El 24 de septiembre puede seguir siendo una fecha histórica. Puede seguir siendo una fecha cívica.
Puede seguir siendo recordada por quienes la consideran el inicio de la emancipación cruceña. Pero nadie debería exigir que un católico, después de estudiar estos documentos y estas interpretaciones, abandone su conciencia para repetir una fórmula oficial. La verdad histórica no pertenece a un partido.
No pertenece a una bandera. No pertenece a una ideología. Y tampoco pertenece a nosotros. La verdad debe ser buscada.
Y cuando la encontramos, aunque sea parcialmente, debemos recibirla con humildad. Porque solamente quien ama la verdad puede decir verdaderamente que ama su tierra.
Y para nosotros, por encima de toda patria terrena, permanece la única realeza que no pasa:
CRISTO REY.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.













































































































