El 24 de Septiembre: La Historia que no te Contaron. ¿Por qué no quieren los liberales y los masones decirte la Verdad?
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CAPÍTULO IX
LO QUE PERDIMOS: LA ESPAÑA CATÓLICA Y LA IGLESIA DESPOJADA
No basta preguntar quién levantó la bandera de la revolución. No basta saber quién ocupó el Cabildo. No basta repetir los nombres de quienes después fueron convertidos en héroes de bronce. La pregunta verdaderamente profunda es otra: ¿Qué orden político, jurídico, religioso y cultural comenzó a desaparecer con la ruptura de la Monarquía Católica?
Y todavía hay una pregunta más: ¿Qué orden comenzó a ocupar su lugar? Este capítulo no pretende afirmar que todos los hombres que participaron en los acontecimientos de 1810 conocieran de antemano todas las consecuencias que vendrían después. Sería históricamente injusto atribuir a un hombre de 1810 la intención de producir acontecimientos políticos que solamente aparecerían décadas más tarde.
Pero una cosa es la intención subjetiva de un protagonista y otra cosa son las consecuencias históricas de un proceso. Y aquí comienza una cuestión que la historiografía no puede eludir. La independencia hispanoamericana no produjo solamente un cambio de autoridades. Produjo una ruptura de orden. Y esa ruptura tuvo consecuencias para la Iglesia.
I. NO DESAPARECIÓ SOLAMENTE UNA AUTORIDAD POLÍTICA
Durante tres siglos, los territorios americanos de la Monarquía española estuvieron integrados en un orden político que se entendía a sí mismo dentro de la Cristiandad. La Corona española no era simplemente una administración territorial. La religión católica ocupaba un lugar fundamental en la vida pública. La Iglesia poseía instituciones, bienes, jurisdicciones, colegios, hospitales, misiones, parroquias, conventos y redes educativas.
La vida civil y la vida religiosa estaban profundamente entrelazadas. La sociedad no se concebía todavía según la separación radical entre religión y vida pública que posteriormente caracterizaría a buena parte de los Estados liberales. Por eso, cuando se produjo la ruptura política, no se modificó únicamente el nombre del gobernante. Comenzó un proceso de reorganización completa de la sociedad.
La cuestión fundamental pasó a ser: ¿Quién posee la autoridad? ¿De dónde procede? ¿Qué relación debe existir entre Iglesia y Estado? ¿Debe la legislación civil reconocer la religión católica como fundamento de la sociedad?
¿Puede el Estado constituirse prescindiendo de Dios? ¿Puede la autoridad civil intervenir en materias propias de la Iglesia? Estas preguntas no eran secundarias. Eran el corazón del problema.
II. LA IGLESIA Y EL NUEVO ORDEN
Uno de los grandes problemas de las nuevas repúblicas fue precisamente la definición de las relaciones entre Iglesia y Estado. La ruptura con la Monarquía no significó automáticamente una ruptura con la fe católica. Esto debe reconocerse. Muchos de los hombres que participaron en los movimientos independentistas continuaron siendo nominalmente católicos.
Muchos sacerdotes participaron en los procesos políticos. Muchas nuevas repúblicas conservaron durante décadas estructuras jurídicas que reconocían una posición privilegiada a la religión católica. Por eso sería históricamente incorrecto afirmar que en 1810 apareció inmediatamente un Estado plenamente secularizado. El proceso fue mucho más complejo.
Primero hubo una ruptura política. Después vinieron las luchas por el patronato, la jurisdicción eclesiástica, los bienes de la Iglesia, la educación, las órdenes religiosas y la definición de las relaciones entre el poder civil y la autoridad eclesiástica. Y con el transcurso de las décadas, en diferentes países, aparecieron reformas liberales cada vez más profundas.
Es precisamente aquí donde la crítica católica tradicional adquiere importancia.
III. LA ADVERTENCIA DE LOS PONTÍFICES
La Iglesia anterior a 1958 no guardó silencio frente a las doctrinas políticas y sociales que consideraba incompatibles con la fe. Pío IX condenó diversas proposiciones relacionadas con el indiferentismo religioso y determinadas concepciones modernas acerca de la relación entre Iglesia y Estado. Pero será especialmente León XIII quien desarrollará de manera extensa la crítica católica contra las sociedades secretas, el naturalismo político y determinadas corrientes revolucionarias.
En la encíclica Humanum Genus, de 20 de abril de 1884, León XIII trató expresamente sobre la masonería. Recordó que la Iglesia había condenado esas sociedades desde Clemente XII en 1738 y señaló la incompatibilidad que veía entre los principios masónicos y el orden cristiano. (Vaticano) Para el pensamiento católico tradicional, esto no era una cuestión meramente administrativa.
Era una cuestión doctrinal. Si una sociedad pretendía organizar la vida humana prescindiendo de la ley divina, la Iglesia no podía considerarla simplemente como otra asociación civil indiferente a la religión. León XIII llegó a afirmar que el objetivo último que atribuía a la masonería consistía en sustituir el orden religioso y político producido por la enseñanza cristiana por otro basado en el naturalismo. (Vaticano)
Ésta es una afirmación pontificia concreta. Y debe ser presentada como tal. No necesitamos exagerarla. No necesitamos transformarla en una teoría histórica universal. Basta escuchar lo que realmente dijo el Pontífice.
IV. UNA ADVERTENCIA QUE COMENZÓ ANTES DE 1810
Hay aquí una cuestión fundamental para nuestra investigación. Las condenas pontificias contra la masonería no comenzaron en el siglo XX. Tampoco comenzaron con el Código de Derecho Canónico de 1917. León XIII recordó expresamente que Clemente XII había intervenido contra la masonería en 1738 y que después lo habían hecho, entre otros, Benedicto XIV, Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI y Pío IX. (Vaticano)
Por tanto, cuando estudiamos las posibles vinculaciones masónicas de determinados protagonistas de los procesos revolucionarios hispanoamericanos, no estamos introduciendo retrospectivamente una preocupación inexistente en la Iglesia. La cuestión masónica ya existía en el ámbito del derecho y del magisterio pontificio mucho antes de 1810.
Pero aquí debemos ser rigurosos. Una cosa es demostrar que la masonería había sido condenada por la Iglesia. Otra cosa es demostrar que un determinado personaje pertenecía a una logia. Y otra todavía más difícil es demostrar qué papel concreto desempeñó esa pertenencia en una decisión política determinada.
Estas tres cuestiones no pueden confundirse.
V. LA CUESTIÓN DE LA MASONERÍA
Este libro ha examinado la posible existencia de redes masónicas relacionadas con los procesos revolucionarios. Pero debemos establecer una regla metodológica: Sospecha no significa prueba. Una coincidencia de nombres no constituye por sí misma una afiliación. Una amistad no demuestra pertenencia. Una reunión no demuestra conspiración.
Y una afiliación masónica, aun cuando pudiera probarse documentalmente, tampoco demuestra por sí sola que una determinada revolución haya sido enteramente dirigida por una logia. La investigación histórica debe avanzar mediante documentos.
Sin embargo, si en un caso concreto se demostrara documentalmente que un católico había dado formalmente su nombre a una asociación masónica comprendida por las prohibiciones de la Iglesia, entonces la cuestión canónica adquiriría una gravedad completamente diferente. Aquí entra en escena el Código de Derecho Canónico de 1917.
VI. EL CANON 2335
El Código de Derecho Canónico promulgado por Benedicto XV en 1917 entró en vigor el 19 de mayo de 1918. (Vatican Press) Su canon 2335 establecía: “Nomen dantes sectae massonicae aliisve eiusdem generis associationibus quae contra Ecclesiam vel legitimas civiles potestates machinantur, contrahunt ipso facto excommunicationem Sedi Apostolicae simpliciter reservatam.”
Es decir, el canon establecía la excomunión ipso facto para quienes se incorporasen formalmente a la secta masónica u otras asociaciones del mismo género que maquinaban contra la Iglesia o las legítimas autoridades civiles. La expresión fundamental es: “Nomen dantes.” Dar el nombre. Inscribirse. Pertenecer. No basta, por tanto, con una sospecha histórica. No basta con afirmar que alguien estuvo próximo a determinados círculos. La acusación canónica exige mucho más. Y precisamente por eso este libro debe ser cuidadoso.
VII. UNA PRECISIÓN CRONOLÓGICA INDISPENSABLE
Aquí aparece un problema que ningún historiador serio puede ignorar. El 24 de septiembre de 1810 ocurrió más de un siglo antes de la entrada en vigor del Código de 1917. Por tanto, no podemos decir que los protagonistas de 1810 quedaron excomulgados por el canon 2335 de 1917.
Eso sería anacrónico. Pero tampoco debemos sacar de aquí una conclusión contraria. La Iglesia ya había condenado la masonería antes de 1810. La legislación pontificia antim asónica existía antes del Código de 1917.
Por consiguiente, si alguna investigación documental lograra demostrar que un determinado católico pertenecía formalmente a una asociación masónica condenada por la Iglesia en aquella época, habría que estudiar su situación a la luz de la legislación eclesiástica que realmente estaba vigente en ese momento.
Ésta es la manera correcta de formular el problema. No debemos aplicar una ley posterior al pasado. Debemos estudiar qué legislación existía en el momento de los hechos.
VIII. LA POSICIÓN DEL PROYECTO TRADITIO
Desde la perspectiva doctrinal adoptada por este libro, el criterio de referencia es el Magisterio y el Derecho Canónico anteriores a las reformas posteriores a 1958. Por ello, cuando este estudio analiza la masonería, no pretende utilizar las modificaciones jurídicas posteriores como autoridad doctrinal para reinterpretar retrospectivamente la enseñanza católica anterior. El punto de partida de nuestra investigación es el corpus tradicional: la Sagrada Escritura; la Tradición; el Magisterio pontificio anterior a 1958; la teología católica tradicional; la doctrina de Santo Tomás de Aquino; y el Código de Derecho Canónico de 1917 como expresión codificada del derecho canónico latino de aquella época.
Dentro de este marco doctrinal, la condena de la masonería no es una invención contemporánea. Es anterior a 1810. Es anterior a la independencia hispanoamericana. Es anterior incluso a la codificación de 1917. León XIII, en Humanum Genus, recordó expresamente esa continuidad de condenas pontificias. (Vaticano)
IX. EL LIBERALISMO, EL LAICISMO Y LA DESCRISTIANIZACIÓN
Tampoco debemos cometer otro error. No podemos escribir simplemente: “Del liberalismo nació el socialismo y del socialismo nació el comunismo.” La historia intelectual es más compleja. Pero podemos exponer una tesis doctrinal que posee respaldo explícito en el Magisterio anterior a 1958. Pío XI, en Divini Redemptoris, afirmó en 1937 que no habría habido socialismo ni comunismo si los gobernantes de las naciones no hubieran despreciado las enseñanzas y advertencias de la Iglesia. En el mismo pasaje señaló que aquellos gobernantes quisieron construir nuevos edificios sociales sobre las bases del liberalismo y del laicismo. (Vaticano)
Esta afirmación es particularmente importante. Porque demuestra que la relación entre liberalismo, laicismo, descristianización y comunismo no es una construcción inventada por un escritor tradicionalista contemporáneo.
Es una interpretación formulada expresamente por un Pontífice anterior a 1958. Pío XI también recordó las condenas anteriores de Pío IX y León XIII contra el comunismo y señaló la oposición del comunismo ateo al orden social cristiano. (Vaticano)
Por tanto, podemos formular la cuestión de manera históricamente prudente: La independencia no creó inmediatamente el comunismo. Sería absurdo afirmarlo. Pero los procesos políticos posteriores introdujeron, en distintos lugares y momentos, principios liberales y laicistas que los pontífices anteriores a 1958 juzgaron incompatibles con la plena constitución cristiana de la sociedad. Ésta sí es una afirmación documentable.
X. LO QUE CAMBIÓ
Entonces debemos volver a Santa Cruz. ¿Qué ocurrió después? La respuesta no puede reducirse a una sola fecha. El 24 de septiembre de 1810 fue un episodio dentro de un proceso mucho más prolongado. Después vinieron las guerras. Las transformaciones administrativas. La formación de nuevas repúblicas. Las luchas entre centralismo y autonomismo.
Las disputas sobre el patronato. Los conflictos por los bienes eclesiásticos. La cuestión de las órdenes religiosas. Las reformas educativas. Las transformaciones constitucionales. Y, posteriormente, diferentes grados de secularización.
No todo ocurrió al mismo tiempo. No ocurrió de la misma manera en todos los países. Pero el resultado histórico fue una transformación profunda de la relación entre la Iglesia y el poder político.
Y aquí aparece la pregunta que este libro quiere dejar abierta: ¿Fue aquella transformación un progreso inevitable? ¿O significó también la pérdida de elementos esenciales de una sociedad católica?
La respuesta depende, en buena medida, del criterio con el que se juzgue la historia. Para el liberalismo, la separación creciente entre religión y poder político podía presentarse como una conquista de la libertad. Para el pensamiento católico tradicional, esa misma separación podía significar el progresivo alejamiento de la sociedad respecto de su fundamento religioso.
No son simplemente dos descripciones del mismo hecho. Son dos concepciones diferentes del orden social.
XI. LA IGLESIA DESPOJADA
En diferentes momentos del siglo XIX, las Iglesias locales de Hispanoamérica sufrieron procesos de reorganización, conflictos jurídicos, confiscaciones, expulsiones de religiosos, reformas educativas y disputas sobre la propiedad eclesiástica.
Pero tampoco debemos convertir todas esas experiencias nacionales en una única historia uniforme. Cada país tuvo su propia trayectoria. Lo que sí puede estudiarse es el patrón general: la pérdida progresiva de determinadas formas de presencia institucional de la Iglesia en la vida pública. Desde una perspectiva católica tradicional, la cuestión no se reduce al dinero. No se trata únicamente de conventos. No se trata únicamente de tierras. No se trata únicamente de edificios. Se trata de una concepción de la sociedad.
Si una sociedad deja de reconocer públicamente a Dios como principio supremo de la autoridad y de la moral, se produce una transformación mucho más profunda que un simple cambio administrativo. Cambia la concepción del hombre. Cambia la concepción de la autoridad. Cambia la concepción de la familia. Cambia la concepción de la educación. Cambia la concepción de la ley. Y, finalmente, cambia la concepción de la propia sociedad.
XII. LO QUE REALMENTE DEBEMOS INVESTIGAR
Por eso, el problema histórico del 24 de septiembre no termina en 1810. La investigación debe continuar. Debemos preguntar qué grupos participaron. Qué intereses defendían. Qué relaciones mantenían con Buenos Aires. Qué redes internacionales existían. Qué papel desempeñaron determinados sacerdotes. Qué documentos demuestran —y cuáles no demuestran— conexiones masónicas. Qué ocurrió con las instituciones eclesiásticas después de la independencia.
Y, sobre todo, qué principios políticos terminaron imponiéndose. No debemos fabricar documentos que no existen. No debemos convertir sospechas en certezas. Pero tampoco debemos ocultar documentos incómodos simplemente porque contradigan la narración patriótica tradicional. La verdadera historia debe soportar la luz.
XIII. EL JUICIO CATÓLICO SOBRE LA MODERNIDAD POLÍTICA
Desde el horizonte doctrinal de este libro, la cuestión es todavía más profunda. La Iglesia anterior a 1958 enseñó que la sociedad no puede ser comprendida correctamente si se excluye a Dios. León XIII, al tratar de la masonería, denunció precisamente el naturalismo que pretendía organizar la sociedad sin referencia a Dios y a la autoridad de la Iglesia. (Vaticano)
Pío XI, al combatir el comunismo ateo, insistió igualmente en que una sociedad construida sobre fundamentos contrarios a Cristo no puede alcanzar la verdadera restauración del orden social. (Vaticano)
Por eso, para un católico tradicional, la pregunta histórica no puede ser solamente: “¿Quién ganó?” Debe ser: “¿Qué principios gobernaron después?” Porque una revolución puede cambiar un gobierno sin cambiar inmediatamente la fe del pueblo. Y puede también cambiar lentamente las estructuras de una sociedad hasta que, generaciones después, sus consecuencias sean mucho más profundas que las que imaginaron quienes iniciaron el proceso.
XIV. NO ATRIBUIR A 1810 LO QUE OCURRIÓ DESPUÉS
Aquí debemos ser justos incluso con nuestros adversarios. Un hombre de 1810 no puede ser responsabilizado personalmente por una reforma ocurrida en 1870. Un dirigente de 1810 no puede ser acusado de haber querido el secularismo de 1900 simplemente porque algunos de sus sucesores lo adoptaron. Un revolucionario de 1810 no puede ser convertido automáticamente en comunista. Eso sería historiográficamente insostenible. Pero tampoco podemos ignorar las continuidades históricas. Las ideas producen instituciones.
Las instituciones producen costumbres. Las costumbres transforman las sociedades. Y las sociedades transformadas producen nuevas generaciones. Por eso, el estudio histórico debe distinguir siempre entre: la intención del protagonista; la doctrina que defendía; la estructura política que ayudó a crear; y las consecuencias que posteriormente surgieron.
Esta distinción no debilita nuestra tesis. La fortalece.
XV. LA PREGUNTA QUE QUEDA ABIERTA
Llegados a este punto, podemos formular nuevamente la pregunta inicial. ¿Qué perdimos? No podemos responder simplemente: “España.” Eso sería insuficiente. Lo que estaba en juego era un orden entero. Una concepción de la autoridad. Una concepción de la sociedad. Una concepción de la familia. Una concepción de la educación.
Una concepción del derecho. Y, sobre todo, una concepción de la relación entre Dios, la Iglesia y la sociedad. La independencia produjo una ruptura política. Las décadas posteriores produjeron transformaciones institucionales.
El liberalismo introdujo nuevos principios políticos. El laicismo redujo progresivamente la presencia pública de la religión en diversos países. Y posteriormente aparecieron corrientes socialistas y comunistas que los pontífices anteriores a 1958 condenaron con particular severidad.
Pío XI lo expresó de manera directa: sobre las bases del liberalismo y del laicismo se intentaron levantar nuevos edificios sociales que, según su juicio, carecían del fundamento de Cristo. (Vaticano)
XVI. NO ES SOLAMENTE UNA HISTORIA DE BANDERAS
Por eso, este libro no quiere terminar diciendo: “Antes estaba España y después estuvo Bolivia.” Eso sería demasiado superficial. La verdadera historia es más profunda. Antes existía una determinada concepción del orden cristiano.
Después comenzó otra concepción del orden político. Entre ambas hubo guerras, pactos, intereses, ambiciones, ideales, errores, sacrificios, heroísmos y también contradicciones. Hubo hombres que actuaron por convicción. Hubo hombres que actuaron por intereses. Hubo hombres que buscaron autonomía. Hubo hombres que buscaron poder. Hubo hombres que buscaron libertad.
Y hubo hombres que, desde una perspectiva católica, pudieron estar colaborando conscientemente o inconscientemente con procesos contrarios a la constitución cristiana de la sociedad. Por eso la investigación histórica debe ser implacable con los documentos y prudente con las conclusiones.
XVII. LA MEMORIA CATÓLICA
La consecuencia para nosotros no consiste simplemente en idealizar el pasado. La historia no debe convertirse en nostalgia. Tampoco debemos inventar una España perfecta que nunca existió. Había abusos. Había injusticias. Había hombres pecadores. Había corrupción. Había conflictos sociales. La sociedad colonial no era el Reino de los Cielos.
Pero una sociedad imperfecta puede poseer principios verdaderos. Y precisamente porque los hombres son pecadores, necesitan un orden moral superior a sus pasiones. La cuestión fundamental para un católico no es si los hombres de una época fueron perfectos. La cuestión es: ¿Reconocía aquella sociedad la soberanía de Dios? ¿Reconocía la misión de la Iglesia? ¿Reconocía una ley moral superior al poder del Estado? ¿Reconocía que la autoridad humana no es absoluta? ¿Reconocía que Cristo es Rey?
Éstas son preguntas mucho más profundas que cualquier disputa entre partidos.
XVIII. CRISTO REY
Y aquí llegamos al corazón espiritual de este capítulo. No se trata solamente de defender una bandera antigua. No se trata solamente de defender España. No se trata solamente de defender una institución política desaparecida. Para el católico tradicional, el problema último es Jesucristo. Cristo no es solamente Rey de las almas individualmente consideradas.
Cristo es Rey. Y si Cristo es verdaderamente Rey, ninguna sociedad puede considerarse plenamente ordenada cuando pretende construir su vida pública como si Dios no existiera.
Ésta es la razón por la cual la cuestión de la independencia no puede estudiarse únicamente desde la economía, la geografía o la política. Tiene también una dimensión religiosa. Una civilización puede perder territorios. Puede perder ejércitos. Puede perder gobiernos. Pero mientras conserve la fe, todavía puede reconstruirse. Lo verdaderamente terrible ocurre cuando una sociedad comienza a olvidar por qué existe.
XIX. CONCLUSIÓN: LA HISTORIA FRENTE A LA MEMORIA
El 24 de septiembre de 1810 debe ser estudiado. Pero también debe ser interrogado. No basta repetir la versión recibida. No basta tampoco sustituir una leyenda por otra. Debemos buscar documentos. Comparar testimonios. Examinar intereses. Reconstruir redes. Verificar nombres. Distinguir hechos de interpretaciones. Y, para un estudio católico tradicional, someter finalmente las doctrinas políticas a la luz de la fe.
La historia puede demostrar quién actuó. Puede demostrar qué ocurrió. Puede demostrar qué documentos existen. Puede reconstruir las consecuencias. Pero el juicio moral exige todavía otro nivel de análisis. Por eso, nuestro trabajo debe avanzar siempre por tres caminos: el documento histórico; la razón; y la doctrina católica tradicional.
No debemos llamar masón a quien no podamos demostrar que lo fue. No debemos llamar héroe a quien los documentos no permiten presentar como tal. No debemos llamar traidor a quien simplemente sostuvo otra concepción política sin estudiar sus actos y sus circunstancias. Y tampoco debemos llamar liberación a todo movimiento que terminó con una independencia política.
La historia merece más respeto.Y la verdad merece todavía más. El 24 de septiembre no debe ser convertido ni en una leyenda patriótica intocable ni en una conspiración universal sin documentos. Debe ser sometido al examen. Y si el examen documental obliga a revisar lo que durante generaciones se enseñó como verdad absoluta, entonces debe revisarse. Porque para quien busca sinceramente la verdad, ningún monumento está por encima del documento. Ninguna bandera está por encima de la verdad. Y ningún héroe está por encima de Jesucristo.
Viva Cristo Rey. Viva la Inmaculada Concepción. NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO X
ORO Y DEUDA – DE LA RUPTURA POLÍTICA A LA DEPENDENCIA FINANCIERA
Hay una pregunta que casi nunca aparece cuando se cuenta la historia de las independencias hispanoamericanas:
¿Quién pagó la revolución?
Se habla de héroes. Se habla de batallas. Se habla de discursos. Se habla de libertadores. Se habla de pueblos que supuestamente despertaron de repente para romper sus cadenas. Pero las guerras no se hacen solamente con discursos. Se necesitan armas. Se necesitan barcos. Se necesitan uniformes. Se necesitan soldados. Se necesitan alimentos. Se necesitan municiones. Se necesitan transportes. Y sobre todo, se necesita dinero.
La independencia tuvo también una historia financiera. Y cuando se examina esa historia aparecen nombres, contratos, comerciantes, agentes, bancos, bonos, intereses, garantías y mercados internacionales.
Aparece Londres.
No como una simple ciudad mencionada de paso, sino como uno de los grandes centros financieros desde los cuales las nuevas repúblicas hispanoamericanas buscaron crédito durante las primeras décadas de su existencia. Esto no significa que Gran Bretaña haya organizado por sí sola todas las independencias.
No significa que cada revolucionario fuera un agente británico. No significa que Bolívar fuera simplemente una marioneta de Londres. Y tampoco significa que los pueblos americanos carecieran de aspiraciones propias. Significa algo más concreto y, precisamente por eso, más difícil de negar:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS NECESITARON CAPITAL EXTRANJERO Y ENCONTRARON ESE CAPITAL, EN GRAN MEDIDA, EN EL MERCADO FINANCIERO BRITÁNICO.
I. LA GUERRA TAMBIÉN SE FINANCIA
La independencia hispanoamericana no fue únicamente una guerra política. Fue también una empresa militar de enormes dimensiones. Los ejércitos necesitaban armas. Las expediciones necesitaban barcos. Los hombres necesitaban alimentación y transporte. Y todo ello tenía un precio. En el caso de la Gran Colombia, las primeras operaciones financieras vinculadas con la causa independentista comenzaron incluso antes de que existiera una república plenamente consolidada y reconocida internacionalmente.
El Banco de la República de Colombia señala que los primeros préstamos externos fueron gestionados por emisarios para financiar los gastos de la guerra, cuando todavía no representaban formalmente a una nación reconocida.
Esto resulta fundamental. Porque significa que la deuda no apareció después de la independencia como una consecuencia completamente separada de la guerra. Parte de las obligaciones financieras nació durante el propio proceso bélico. La guerra generó compromisos.
Los compromisos se transformaron en créditos. Los créditos se transformaron en deuda. Y posteriormente aquella deuda pasó a ser responsabilidad de la nueva república.
II. LONDRES Y LAS REDES DE LA REVOLUCIÓN
Aquí encontramos uno de los aspectos más interesantes de la documentación reciente. Un estudio publicado en el Journal of Latin American Studies analiza precisamente las redes financieras y geopolíticas británicas relacionadas con la independencia de la Gran Colombia. La investigación muestra que, aunque el gobierno británico no proporcionó oficialmente el apoyo estatal que los revolucionarios buscaban, se desarrollaron redes privadas de comerciantes e intermediarios británicos que suministraron grandes cantidades de armas, equipos y hombres.
Esto cambia la manera simplista de contar la historia. No tenemos que imaginar necesariamente una conspiración en la que el Gobierno británico ordenaba cada movimiento de Bolívar.
La realidad documentada es más interesante. Había comerciantes. Había intermediarios. Había crédito. Había riesgo. Había intereses comerciales. Había expediciones militares. Había contratos.
Y había un mercado londinense dispuesto a financiar determinadas empresas relacionadas con la independencia.
La revolución entró así en el mundo financiero internacional.
III. EL DOCUMENTO QUE CAMBIÓ EL JUEGO
Uno de los elementos estudiados por esta nueva historiografía es el sistema de poderes otorgados a intermediarios que actuaban en Londres en nombre de Bolívar y de la causa republicana. La llegada de estos poderes a Londres en 1817 permitió desarrollar una red privada de comerciantes. El objetivo no era simplemente obtener simpatía política.
Era conseguir recursos.
Armas. Equipamiento. Barcos. Hombres. Crédito.
El estudio citado demuestra que los contratos celebrados en Londres no fueron una cuestión secundaria. Cuando los representantes de la revolución comenzaron a contratar formalmente con comerciantes británicos, la República comenzó a adquirir simultáneamente activos y obligaciones.
En otras palabras:
EL PROYECTO POLÍTICO COMENZABA A CONVERTIRSE EN UNA REALIDAD FINANCIERA.
Y una realidad financiera tiene acreedores.
IV. ARMAS A CRÉDITO
Aquí aparece un dato que resulta especialmente importante. Los comerciantes británicos no estaban actuando simplemente como filántropos. Existía un interés comercial. Existía riesgo. Existía expectativa de benefício. El estudio de las redes británicas muestra que comerciantes y agentes asumían riesgos considerables al transportar hombres y equipamiento hacia los territorios revolucionarios, y que las operaciones se apoyaban en contratos, crédito y mecanismos para reducir esos riesgos.
Esto no convierte automáticamente a todos esos comerciantes en enemigos de España. Tampoco significa que todo comerciante británico estuviera conspirando contra la Monarquía Católica.
Pero demuestra algo mucho más concreto: LA GUERRA DE INDEPENDENCIA ESTABA INSERTÁNDOSE EN UNA RED COMERCIAL INTERNACIONAL. Y esa red tenía intereses propios.
V. LA REPÚBLICA NACIÓ CON DEUDAS
La situación se volvió todavía más importante cuando la guerra comenzó a producir obligaciones que posteriormente serían asumidas por la nueva República. La investigación del Banco de la República explica que las deudas contraídas antes de la independencia formal fueron integradas posteriormente en la problemática financiera de Colombia. Un estudio histórico de la Gran Colombia señala que en 1817 se habían contraído créditos para sostener la guerra y que, cuando se creó la República de Colombia, las deudas de Venezuela, Nueva Granada y Ecuador fueron unificadas dentro del nuevo marco republicano.
Y aquí aparece una frase que merece quedar grabada: LA REPÚBLICA NO NACIÓ FINANCIERAMENTE LIBRE. NACIÓ CON OBLIGACIONES.
VI. EL EMPRÉSTITO DE ZEA
En marzo de 1822, Francisco Antonio Zea consiguió para Colombia un préstamo de £2 millones con prestamistas ingleses. La documentación colombiana identifica el llamado Empréstito de Zea como el primer préstamo externo obtenido por Colombia como nación independiente. Pero hay un detalle especialmente importante.
Según el estudio publicado en SciELO sobre la política fiscal de la Gran Colombia, el préstamo de £2 millones quedó garantizado mediante la renta del tabaco y los quintos de oro y plata.
Es decir:
INGRESOS DEL ESTADO FUTURO QUEDABAN COMPROMETIDOS PARA RESPONDER A LAS OBLIGACIONES DEL CRÉDITO.
No estamos hablando de una metáfora. Estamos hablando de una garantía financiera. Tabaco. Oro. Plata. Ingresos públicos.
El lenguaje de la independencia puede hablar de soberanía. El lenguaje de los contratos habla de obligaciones. Y los contratos tienen memoria.
VII. £2 MILLONES
El empréstito de 1822 fue emitido con un valor nominal de £2 millones y un interés del 6 por ciento. Una reconstrucción de la deuda latinoamericana muestra que Colombia recibió ese préstamo en el mercado londinense a un precio de emisión del 84 por ciento del valor nominal.
Esto es importante porque una deuda nominal no equivale necesariamente al dinero líquido que el Estado recibe. El Estado podía comprometerse por una cantidad determinada mientras recibía una suma inferior debido al precio de emisión, comisiones y otras condiciones financieras.
Por eso, cuando se habla de empréstitos internacionales, no basta con decir: “Pidieron dos millones.”
Hay que preguntar:
¿Cuánto se comprometieron a devolver?
¿Cuánto recibieron efectivamente?
¿Cuál era el interés?
¿Qué garantías ofrecieron?
¿Quiénes fueron los intermediarios?
¿Quiénes eran los acreedores?
¿En qué se gastó el dinero? Esas preguntas permiten pasar de la leyenda a la historia económica.
VIII. EL SEGUNDO EMPRÉSTITO
Dos años después llegó una operación todavía mayor. En 1824, Colombia contrató un empréstito nominal de £4.750.000 con B. A. Goldschmidt & Co. Los registros financieros británicos de la época confirman la operación.
En febrero de 1826, el Parlamento británico registró oficialmente que en abril de 1824 Colombia había contratado un préstamo al 6 por ciento por £4.750.000 y que de esa operación se habían remitido desde Inglaterra £3.157.500.
La documentación financiera histórica coincide en señalar un valor nominal de £4.750.000 y un precio de emisión de 88,5 por ciento. Aquí encontramos nuevamente la diferencia entre deuda nominal y recursos efectivamente movilizados.
Y esa diferencia importa. Porque una nación puede recibir menos dinero del que nominalmente se compromete a pagar.
IX. NO ERA UNA EXCEPCIÓN COLOMBIANA
Podría pensarse que se trató de un caso aislado. No lo fue. Durante la década de 1820 varios gobiernos latinoamericanos acudieron al mercado financiero londinense. Chile. Perú. Colombia. Buenos Aires. México. Brasil.
Los registros británicos muestran una verdadera oleada de préstamos extranjeros durante esos años. La investigación económica sobre la deuda latinoamericana identifica precisamente la década de 1820 como el comienzo de una nueva relación entre las repúblicas latinoamericanas y los mercados internacionales de capital.
Por tanto, no sería correcto decir:
“Londres controló todas las independencias.” Pero tampoco sería correcto ocultar el fenómeno financiero.
La realidad fue:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS ENTRARON MUY PRONTO EN LOS CIRCUITOS INTERNACIONALES DEL CRÉDITO.
Y EL PRINCIPAL CENTRO DE ESA FINANCIACIÓN FUE LONDRES.
X. ¿POR QUÉ LONDRES?
Aquí debemos evitar también una simplificación. Londres no era simplemente “Inglaterra”. Era uno de los grandes centros financieros del mundo. Allí se concentraban bancos, casas mercantiles, aseguradores, intermediarios, corredores y mercados de valores.
Para los nuevos Estados americanos, acudir a Londres significaba entrar en un sistema financiero internacional. Y para los comerciantes británicos, América Latina representaba una enorme oportunidad comercial.
Un capítulo de Cambridge sobre Gran Bretaña y las independencias latinoamericanas resume esa relación señalando que políticos, industriales y comerciantes británicos veían Hispanoamérica como un espacio de oportunidades, mientras los patriotas latinoamericanos buscaban en Gran Bretaña armas, bienes, protección naval y préstamos para el desarrollo. Aquí encontramos una relación de intereses. No necesariamente una conspiración. No necesariamente altruismo.
INTERESES.
Eso es precisamente lo que estudia la historia económica.
XI. LA INDEPENDENCIA COMO OPORTUNIDAD COMERCIAL
Hay otro aspecto que no debemos olvidar. Para los comerciantes británicos, la desaparición del monopolio comercial español abría perspectivas extraordinarias. Los nuevos Estados necesitaban importar. Necesitaban armas. Necesitaban manufacturas. Necesitaban barcos. Necesitaban crédito.
Y Gran Bretaña poseía una enorme capacidad industrial, comercial y financiera. Por eso la independencia hispanoamericana no fue únicamente una transformación política. Fue también una transformación del espacio comercial atlántico. El antiguo sistema imperial español se debilitó.
Y los nuevos Estados comenzaron a integrarse en un mercado internacional en el que Gran Bretaña ocupaba una posición extraordinariamente poderosa.
XII. LA DEUDA COMO FORMA DE DEPENDENCIA
Aquí debemos elegir cuidadosamente nuestras palabras. La palabra “feudo” puede ser útil como imagen literaria. Pero no es un concepto histórico exacto para describir la relación financiera entre las nuevas repúblicas y los acreedores británicos. Es mejor hablar de: DEPENDENCIA FINANCIERA.
Porque eso sí puede analizarse. Un Estado que necesita crédito extranjero para financiar sus gastos queda expuesto a sus acreedores. Un Estado que compromete ingresos futuros pierde margen de maniobra.
Un Estado que entra en suspensión de pagos pierde acceso al mercado financiero. Y eso fue precisamente lo que ocurrió con Gran Colombia. Los dos grandes empréstitos de 1822 y 1824 terminaron en suspensión de pagos en 1826. El estudio del NBER registra el default de ambos préstamos y señala que aquel episodio inició una larga sucesión de reestructuraciones y crisis de deuda colombianas.
La independencia política, por tanto, no produjo automáticamente independencia financiera.
XIII. EL PRECIO DE TENER CRÉDITO
Existe una ironía histórica. Las nuevas repúblicas necesitaban crédito para consolidarse. Pero para conservar crédito tenían que demostrar capacidad de pago. Y para demostrar capacidad de pago necesitaban ingresos. Y para obtener ingresos necesitaban organizar una administración fiscal que todavía estaba naciendo. La guerra había destruido recursos.
La economía colonial había sido alterada. Las instituciones estaban cambiando. Y los nuevos gobiernos tenían que asumir obligaciones enormes. La investigación reciente sobre la deuda latinoamericana muestra precisamente que las relaciones entre deudores y acreedores en Londres fueron determinantes para el acceso posterior de los Estados latinoamericanos al mercado internacional de capitales.
Así comenzó un ciclo que se repetiría muchas veces: crédito; endeudamiento; incumplimiento; negociación; reestructuración; nuevo crédito.
XIV. NO TODO EL DINERO FUE PARA LA GUERRA
Otro punto que debe quedar claro. Sería incorrecto afirmar que todo el dinero obtenido mediante los empréstitos fue directamente utilizado para comprar armas. Parte de los préstamos sirvió para consolidar obligaciones anteriores.
La historiografía económica ha mostrado que una parte importante de los recursos obtenidos por los nuevos Estados se destinó a cancelar o reorganizar deudas previas, mientras otra parte se destinó a compras militares y otras necesidades estatales. Esto es precisamente lo que hace más interesante el fenómeno.
La deuda no solamente financió nuevas operaciones. También permitió transformar obligaciones de guerra en deuda soberana. La revolución adquiría una memoria financiera. Y esa memoria pasaba al nuevo Estado.
XV. EL CASO DE LA GRAN COLOMBIA
La Gran Colombia es particularmente importante para nuestro estudio. En 1819 se creó la República de Colombia, integrando territorios que comprendían Venezuela, Nueva Granada y Quito. Las obligaciones financieras contraídas durante el proceso revolucionario pasaron a formar parte de las responsabilidades del nuevo Estado.
Después llegaron los grandes empréstitos. £2 millones en 1822. £4,75 millones en 1824. Y en 1826 llegó el incumplimiento de ambos. La magnitud resulta difícil de ignorar.
En apenas unos años, la nueva república había ingresado profundamente en el mercado financiero internacional. Pero todavía no poseía la estabilidad institucional ni fiscal necesaria para sostener esas obligaciones indefinidamente.
XVI. LA DEUDA SOBREVIVE A LOS GOBIERNOS
Y aquí aparece una de las características más duras de la deuda pública: Los gobiernos cambian. Los presidentes mueren. Las constituciones cambian. Las fronteras cambian. Los Estados pueden incluso separarse. Pero las obligaciones financieras permanecen. Cuando la Gran Colombia se disolvió, la deuda externa no desapareció. Fue distribuida entre los nuevos Estados.
Un estudio del NBER recoge el acuerdo de 1834 según el cual la deuda externa de la antigua Gran Colombia se distribuyó aproximadamente en un 50 por ciento para Colombia, 28,5 por ciento para Venezuela y 21,5 por ciento para Ecuador. La guerra había terminado. La Gran Colombia había dejado de existir. Pero la deuda continuaba. Ésta es una de las grandes ironías financieras de la independencia.
XVII. ¿LIBERACIÓN O NUEVA DEPENDENCIA?
Aquí debemos detenernos. No corresponde al historiador serio afirmar que la independencia fue simplemente una operación británica. Eso sería una simplificación. Existieron causas internas. Existieron conflictos locales. Existieron aspiraciones de autonomía. Existieron intereses americanos. Existieron divisiones dentro de la sociedad colonial. Existieron guerras reales. Existieron sacrificios reales. Y existieron hombres que lucharon convencidos de que estaban defendiendo una causa legítima.
Pero también existió una dimensión internacional. Existieron redes británicas. Existieron comerciantes británicos. Existieron armas británicas. Existieron voluntarios británicos e irlandeses. Existió crédito británico.
Existieron empréstitos británicos. Y existió un mercado financiero londinense dispuesto a financiar a las nuevas repúblicas. Por eso, la pregunta correcta no es: “¿Fue todo una conspiración británica?”
La pregunta correcta es:
¿QUÉ PAPEL DESEMPEÑARON LAS REDES BRITÁNICAS EN LA TRANSFORMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA EN UNA REALIDAD MILITAR, COMERCIAL Y FINANCIERA?
La evidencia disponible permite responder: UN PAPEL IMPORTANTE.
XVIII. LONDRES NO NECESITÓ CONQUISTAR AMÉRICA
Hay aquí una reflexión histórica que merece atención. Un imperio no siempre necesita ocupar militarmente un territorio para adquirir influencia. Puede comerciar. Puede prestar. Puede invertir. Puede vender. Puede transportar. Puede asegurar. Puede controlar rutas. Puede convertirse en acreedor. Puede convertirse en proveedor.
Puede convertir su mercado financiero en una fuente indispensable de capital. Eso no significa que todo acreedor sea un conquistador. Pero significa que el poder económico puede producir relaciones de dependencia sin necesidad de una administración colonial directa. Y ésa es precisamente la cuestión que debemos estudiar.
XIX. EL LIBERALISMO ECONÓMICO Y EL NUEVO MUNDO
Aquí el capítulo X conecta con los anteriores. El nuevo orden político hispanoamericano no nació en un vacío. Nació en un mundo que estaba experimentando una enorme transformación económica. El comercio atlántico se expandía. Gran Bretaña avanzaba industrialmente. Los mercados financieros crecían. El capitalismo comercial adquiría dimensiones internacionales.
Y las nuevas repúblicas necesitaban integrarse en ese sistema. Desde la perspectiva de la crítica católica tradicional, esta transformación plantea una pregunta moral.
¿Puede una sociedad ordenar la economía exclusivamente alrededor del lucro?
¿Puede el crédito convertirse en instrumento de dominación?
¿Puede la riqueza convertirse en fin en lugar de medio?
¿Puede el interés financiero separarse completamente de la justicia?
Aquí la cuestión ya no es solamente política.
Es moral.
Porque la tradición católica siempre ha considerado que la economía debe estar subordinada al bien común y a la justicia. Y aquí aparece un concepto antiguo que no debemos olvidar:
LA USURA.
No se trata simplemente de repetir automáticamente todas las categorías económicas medievales sobre cualquier operación financiera moderna. La cuestión debe estudiarse con precisión. Pero tampoco podemos aceptar que cualquier ganancia financiera sea automáticamente justa simplemente porque exista un contrato. La existencia de un contrato no convierte necesariamente una operación en moralmente buena. La justicia exige examinar las condiciones.
XX. EL PROBLEMA MORAL DE LA DEUDA
Un Estado endeudado no es simplemente una entidad financiera. Detrás de sus ingresos existen personas. Detrás de sus impuestos existen familias. Detrás de las rentas públicas existen trabajadores, agricultores, comerciantes y pobres. Cuando los ingresos futuros son comprometidos para pagar deudas, la carga termina repercutiendo sobre la sociedad. Por eso la deuda pública puede convertirse en una cuestión moral.
No porque todo préstamo sea injusto. Sino porque el endeudamiento irresponsable puede trasladar a generaciones futuras las consecuencias de decisiones tomadas por gobernantes presentes. La generación que contrae la deuda puede recibir el beneficio. Las siguientes pueden recibir la factura.
XXI. EL NACIMIENTO DE UNA REPÚBLICA ENDEUDADA
Y ahora podemos comprender mejor el verdadero significado de la documentación. No necesitamos decir que Londres “compró” la independencia. Los documentos no demuestran una afirmación tan simple. Pero sí muestran algo históricamente mucho más preciso: Los procesos revolucionarios establecieron vínculos financieros con comerciantes y acreedores británicos antes y después de la creación de las nuevas repúblicas.
La Gran Colombia heredó obligaciones financieras relacionadas con la guerra. En 1822 obtuvo un empréstito de £2 millones. En 1824 obtuvo otro de £4,75 millones. Parte de sus ingresos fueron comprometidos como garantía. Y ambos préstamos terminaron en default en 1826. Eso no es una teoría. Son contratos. Son cifras. Son obligaciones. Son registros. Son documentos.
XXII. ¿QUÉ TIENE QUE VER ESTO CON SANTA CRUZ?
Aquí debemos regresar al punto de partida de nuestro libro. Alguien podría preguntar: ¿Qué tiene que ver la deuda de la Gran Colombia con Santa Cruz de la Sierra? La respuesta debe ser prudente. No estamos diciendo que Santa Cruz haya sido financiada directamente por el empréstito de Zea. No poseemos aquí la evidencia necesaria para afirmar semejante cosa. Tampoco debemos transportar automáticamente la historia financiera de la Gran Colombia al territorio cruceño.
Pero sí debemos comprender el contexto continental. La revolución hispanoamericana no fue un conjunto de acontecimientos completamente aislados. Buenos Aires estaba conectada con otros centros revolucionarios.
Los revolucionarios buscaban armas y recursos. Las redes internacionales atravesaban el Atlántico. Los comerciantes británicos participaban en el nuevo espacio americano. Y después de la independencia, las nuevas repúblicas entraron progresivamente en los mercados financieros internacionales. Santa Cruz formaba parte de ese mundo hispanoamericano en transformación.
Por eso, comprender la dimensión internacional de la independencia es indispensable para comprender el contexto en el que se produjo la revolución cruceña.
XXIII. EL ERROR DE LA HISTORIA CARICATURESCA
La história escolar suele simplificar. España aparece como opresora. Los patriotas aparecen como libertadores. El pueblo aparece unido. Los héroes aparecen puros. Y la independencia aparece como el instante luminoso en que una nación despierta. Pero la história real es más incómoda. Había intereses. Había divisiones. Había conflictos. Había comerciantes. Había militares. Había sacerdotes. Había propietarios. Había campesinos. Había indígenas. Había pardos. Había esclavos. Había funcionarios. Había realistas. Había revolucionarios. Y había intereses internacionales. Reducir todo eso a una película de buenos contra malos no es historia.
Es pedagogía patriótica. La historia debe ser más exigente.
XXIV. ¿Y QUÉ HAY DE LA INGLATERRA DE AQUEL TIEMPO?
También debemos distinguir. Cuando hablamos de “Inglaterra” o de “Gran Bretaña” no debemos imaginar un único actor perfectamente coordinado. Existía el Gobierno británico. Existía el Parlamento. Existía la diplomacia. Existían comerciantes privados. Existían banqueros. Existían fabricantes. Existían aventureros. Existían voluntarios militares.
Existían sociedades y redes políticas. No todos tenían necesariamente los mismos intereses. El estudio reciente sobre las redes británicas de Bolívar es especialmente útil porque muestra precisamente esta diferencia: el apoyo oficial del Gobierno británico no fue equivalente a la actividad de las redes privadas de comerciantes que financiaron expediciones y suministraron recursos.
Por eso, una investigación seria debe hablar de:
REDES BRITÁNICAS,
REDES COMERCIALES,
REDES FINANCIERAS,
Y ACTORES PRIVADOS,
cuando eso sea lo que los documentos realmente permiten demostrar.
XXV. LA GEOPOLÍTICA DETRÁS DEL CRÉDITO
Pero tampoco podemos ignorar la dimensión geopolítica. El capítulo de Cambridge sobre Gran Bretaña y la independencia latinoamericana señala que los intereses británicos en Hispanoamérica incluían oportunidades comerciales, acceso a mercados, armamentos, protección naval y préstamos. Por tanto, la relación no era únicamente financiera. Era comercial. Era diplomática. Era militar. Era estratégica. Y también cultural. La apertura de Hispanoamérica al comercio británico significó una transformación del equilibrio internacional.
España perdió progresivamente su antiguo monopolio imperial. Gran Bretaña encontró un enorme espacio comercial abierto en el Atlántico americano. Las nuevas repúblicas encontraron crédito. Y los acreedores encontraron nuevos deudores.
XXVI. NO CONFUNDIR INFLUENCIA CON CONTROL ABSOLUTO
Éste es probablemente el punto más importante para que nuestro libro sea difícil de refutar. No debemos afirmar: “Gran Bretaña creó las independencias.” Debemos afirmar: “Las independencias hispanoamericanas se desarrollaron dentro de un contexto internacional en el que las redes británicas comerciales, financieras y militares tuvieron una participación importante y documentable.”
La segunda afirmación es mucho más precisa. Y precisamente por ser más precisa es más fuerte.
XXVII. LA DEUDA Y EL PODER
La deuda crea una relación. El acreedor presta. El deudor promete. El acreedor espera. El deudor debe pagar. Cuando el deudor no paga, pierde crédito. Cuando el deudor necesita nuevamente dinero, tiene que volver al mercado. Y entonces comienza una negociación. No hace falta ninguna conspiración secreta para que exista una relación de poder. La propia estructura financiera produce una relación de dependencia. Éste es uno de los elementos más importantes que debemos comprender.
LA DEPENDENCIA NO SIEMPRE NECESITA UNA CADENA VISIBLE. A VECES BASTA UNA FIRMA.
XXVIII. DEL ORO AL PAPEL
Durante siglos, el poder español en América había estado asociado a territorios, minas, rutas, puertos, impuestos y estructuras administrativas. Después de la independencia, el lenguaje del poder comenzó a incorporar otra realidad: bonos; crédito; intereses; mercados; acreedores; deuda soberana. El oro y la plata seguían siendo importantes. Pero ahora también importaba el papel. El bono. La letra. El contrato. La garantía. El crédito. Y el centro financiero donde esos instrumentos podían negociarse era Londres.
XXIX. LA LIBERTAD POLÍTICA Y LA DEPENDENCIA ECONÓMICA
Aquí encontramos una paradoja que merece ser recordada. Una nación puede alcanzar independencia política y continuar dependiendo económicamente del exterior. Puede tener bandera propia. Puede tener constitución propia. Puede tener ejército propio. Puede tener presidente propio. Y, sin embargo, depender del crédito extranjero. No es una contradicción lógica. Es una realidad histórica. Por eso debemos evitar medir la independencia solamente por la existencia de una bandera. La soberanía política es una cosa. La autonomía económica es otra. Y la independencia cultural es otra. Una nación puede alcanzar una mientras pierde progresivamente otra.
XXX. UNA CONCLUSIÓN SIN MITOS
¿Qué podemos afirmar entonces? Podemos afirmar que la Gran Colombia entró muy pronto en los mercados internacionales de crédito. Podemos afirmar que existieron obligaciones financieras relacionadas con la guerra de independencia. Podemos afirmar que en 1822 Colombia contrató un empréstito nominal de £2 millones con prestamistas ingleses.
Podemos afirmar que ese empréstito estuvo garantizado, según la documentación historiográfica colombiana, mediante ingresos como la renta del tabaco y los quintos de oro y plata. Podemos afirmar que en 1824 se contrató otro empréstito nominal de £4,75 millones. Podemos afirmar que ambos préstamos entraron en default en 1826. Podemos afirmar que las redes privadas británicas participaron en el suministro de armas, hombres y equipos a las fuerzas revolucionarias. Podemos afirmar que Londres se convirtió en uno de los grandes centros financieros de las nuevas repúblicas.
Y podemos afirmar que la independencia política estuvo acompañada por una profunda integración financiera en el mercado internacional. Lo que no debemos afirmar sin pruebas es que todo aquello fue simplemente una conspiración dirigida por el Gobierno británico.
La historia documentada es más compleja. Y precisamente por eso es más inquietante.
XXXI. LA PREGUNTA QUE QUEDA
Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿Quién pagó la revolución? La respuesta no cabe en un solo nombre. Pagaron hombres. Pagaron pueblos. Pagaron Estados. Pagaron generaciones. Pagaron contribuyentes. Pagaron los acreedores. Y, en última instancia, pagaron también quienes heredaron las obligaciones de aquellos que tomaron las decisiones. La independencia podía presentarse como la conquista de la libertad. Pero la libertad política no significaba automáticamente libertad financiera.
Y aquí está una de las grandes paradojas de la historia hispanoamericana:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS NACIERON SOBERANAS EN EL PLANO POLÍTICO, PERO NECESITARON MUY PRONTO DEL CRÉDITO DE LAS GRANDES PLAZAS FINANCIERAS INTERNACIONALES.
Londres fue una de ellas. Y fue, durante aquellos primeros años, una de las más importantes.
XXXII. DEL LIBERTADOR AL ACREEDOR
El relato patriótico suele terminar cuando el héroe entra triunfalmente en la ciudad. La historia económica continúa después. El ejército puede vencer. El enemigo puede retirarse. La bandera puede cambiar. Pero después llega la contabilidad. Hay que pagar las armas. Hay que pagar los barcos. Hay que pagar los préstamos. Hay que pagar los intereses. Hay que reorganizar las rentas. Hay que renegociar las deudas. Y entonces aparece una figura que rara vez ocupa un lugar en los monumentos:
EL ACREEDOR.
Quizá ésta sea una de las imágenes más importantes de este capítulo. El libertador aparece en los cuadros. El acreedor aparece en los libros contables. Pero ambos forman parte de la historia.
XXXIII. LA PREGUNTA CATÓLICA
Para nosotros, sin embargo, queda todavía una pregunta más profunda. ¿Puede una nación llamarse verdaderamente libre si sus gobernantes comprometen irresponsablemente el futuro de sus hijos? ¿Puede llamarse progreso a un sistema en el que el dinero termina gobernando al hombre? ¿Puede llamarse civilización a una sociedad que coloca el lucro por encima de la justicia?
La respuesta católica no puede reducirse a una simple política económica. La economía debe estar subordinada a la moral. La riqueza es un medio. El dinero es un instrumento. El crédito es un instrumento. El comercio es un instrumento. El Estado es un instrumento para el bien común. Ninguna de estas realidades puede convertirse en un ídolo.
Porque cuando el dinero se convierte en señor, el hombre deja de ser su dueño. Y cuando una sociedad deja de reconocer a Dios como Señor, corre el riesgo de terminar sirviendo a otros señores.
XXXIV. CRISTO O EL BECERRO DE ORO
Aquí la crítica católica alcanza su verdadera profundidad. No se trata simplemente de preferir España a Inglaterra. No se trata simplemente de preferir una monarquía a una república. No se trata simplemente de condenar el comercio internacional. Se trata de una cuestión mucho más profunda: ¿QUIÉN ES EL SEÑOR DE LA SOCIEDAD? Si es el dinero, entonces el pobre vale por lo que produce.
Si es el poder, el hombre vale por su utilidad. Si es el Estado, la conciencia queda sometida al poder político. Si es el mercado, la justicia corre el riesgo de convertirse en mercancía. Pero si Cristo es Rey, entonces el dinero ocupa su lugar correcto. El poder ocupa su lugar correcto. El Estado ocupa su lugar correcto. El comercio ocupa su lugar correcto.
Y el hombre vuelve a ocupar su lugar: criatura de Dios, dotada de dignidad y ordenada al bien común y a la vida eterna.
XXXV. LA HISTORIA NO TERMINA EN 1826
El default de 1826 no terminó con el problema. La deuda continuó. La deuda fue renegociada. La deuda fue redistribuida. La deuda acompañó a los nuevos Estados durante décadas. El estudio histórico de la deuda colombiana registra posteriores episodios de incumplimiento y reestructuración a lo largo del siglo XIX. Por eso, la historia de la independencia no termina en Ayacucho. No termina con la entrada triunfal de un libertador. No termina con una declaración constitucional. Continúa en los archivos financieros. Continúa en los presupuestos. Continúa en los contratos. Continúa en las obligaciones. Continúa en las generaciones que tuvieron que pagar.
XXXVI. LO QUE ESTE LIBRO SÍ PUEDE AFIRMAR
Este libro no necesita afirmar que Inglaterra organizó absolutamente todo. No necesita afirmar que cada revolucionario era masón. No necesita afirmar que cada préstamo fue una conspiración. No necesita inventar una mano invisible. La documentación ya proporciona suficiente material. Existieron redes británicas. Existieron suministros militares. Existió crédito. Existieron empréstitos. Existieron garantías. Existieron acreedores. Existieron defaults. Existieron renegociaciones. Y existió una incorporación temprana de las nuevas repúblicas al sistema financiero internacional.
Eso basta para plantear una pregunta legítima: ¿Hasta qué punto la independencia política fue acompañada por una nueva dependencia económica? Ésa es una pregunta histórica. Y debe ser respondida con documentos.
XXXVII. UNA ÚLTIMA ADVERTENCIA
El lector debe desconfiar tanto de la historia oficial simplificada como de la conspiración simplificada. La primera dice: “Los héroes liberaron a la patria y todo fue bueno.” La segunda podría decir: “Todo fue una conspiración inglesa perfectamente coordinada.” Ambas explicaciones son demasiado fáciles. La realidad histórica fue mucho más compleja. Pero dentro de esa complejidad existe un hecho que ya no puede ser ignorado:
LAS NUEVAS REPÚBLICAS HISPANOAMERICANAS ENTRARON MUY PRONTO EN UNA RELACIÓN PROFUNDA CON EL CAPITAL INTERNACIONAL, Y LONDRES OCUPÓ UN LUGAR CENTRAL EN ESA TRANSFORMACIÓN.
Eso está en los contratos. Está en los empréstitos. Está en los registros parlamentarios británicos. Está en los estudios económicos. Está en los archivos. Está en los libros de deuda. No hace falta inventarlo.
XXXVIII. CONCLUSIÓN: LA DEUDA QUE SOBREVIVIÓ A LOS LIBERTADORES
Los libertadores pasaron. Las repúblicas cambiaron. La Gran Colombia desapareció. Venezuela siguió su camino. Ecuador siguió su camino. Nueva Granada siguió su camino. Pero las obligaciones financieras permanecieron. Ésa es quizá la imagen más poderosa con la que podemos cerrar este capítulo. El héroe muere. La estatua permanece. La bandera cambia. El gobierno cambia. La constitución cambia. Pero la deuda espera. Y por eso debemos volver a mirar la historia. No solamente desde el campo de batalla. No solamente desde el Cabildo. No solamente desde el balcón. También desde la mesa donde se firmaron los contratos.
Porque a veces la historia de una nación no se decide solamente con una espada. A veces también se decide con una firma. Una firma puede comprometer los ingresos de un Estado. Una firma puede hipotecar el futuro. Una firma puede convertir una guerra en una deuda. Y una deuda puede sobrevivir a varias generaciones. Ésta es la lección que debemos llevar ahora de vuelta a Santa Cruz.
Porque si queremos comprender verdaderamente qué ocurrió en 1810, no basta estudiar quién levantó la bandera. Tenemos que estudiar también el mundo que esperaba detrás de aquella ruptura. Un mundo de comercio. Un mundo de crédito. Un mundo de intereses. Un mundo de redes internacionales. Un mundo en el que Londres comenzaba a ocupar un lugar central en las finanzas de las nuevas repúblicas.
Y entonces aparece nuevamente la pregunta que atraviesa todo este libro: ¿La independencia significó solamente cambiar de soberano? ¿O significó también entrar en un nuevo sistema internacional de poder? La respuesta no debe decidirse con consignas. Debe buscarse en los documentos. En los archivos. En los contratos. En los bonos. En las cuentas. En la historia.
Y, para nosotros, finalmente, también a la luz de la doctrina católica sobre la justicia, la autoridad y el bien común. Porque una nación no existe solamente para enriquecerse. No existe solamente para comerciar. No existe solamente para acumular oro. Existe para procurar el bien común de sus hombres. Y el bien común no puede separarse de la verdad, de la justicia y de la ley moral.
Por eso, detrás de todo el oro y detrás de toda la deuda queda una pregunta mucho más alta:
¿PARA QUIÉN DEBE EXISTIR UNA NACIÓN?
Para el dinero, no. Para los acreedores, no. Para los políticos, tampoco. Para Cristo. Porque si Cristo es Rey, entonces también debe ser Rey de la vida pública, de la justicia, de la economía y de la sociedad. Y si una sociedad olvida a Cristo, puede conquistar una independencia política y, sin embargo, terminar perdiendo algo mucho más profundo: la libertad interior de vivir bajo la verdad.
Viva Cristo Rey. Viva la Inmaculada Concepción. NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO XI
LA ESPIRITUALIDAD DEL REMANENTE
Cómo ser cruceño, católico y amar la verdad
Tesis central
Este libro no termina con una invitación al odio, al resentimiento ni al desprecio de Santa Cruz. Termina con una invitación a la fidelidad. Amar una tierra no significa aceptar sin examen todas las narraciones que se han construido sobre ella. Amar la patria significa también querer conocer su historia con honestidad, distinguir los hechos de las leyendas y no convertir una celebración cívica en un sustituto de la verdad.
El católico, además, sabe que ninguna patria terrena es absoluta. Por encima de España, Bolivia, Santa Cruz o cualquier otra nación está Cristo Rey, Señor de la historia y de los pueblos. Por eso, quien llega a una conclusión distinta de la celebración oficial del 24 de septiembre no tiene por qué odiar a Santa Cruz. Puede precisamente hacer lo contrario: amarla tanto que no quiera mentir sobre su pasado.
I. EL DERECHO A NO FESTEJAR
En una sociedad acostumbrada a celebrar colectivamente determinadas fechas, puede parecer extraño que un católico diga: «Yo no festejo el 24 de septiembre.»
Pero no existe obligación moral de convertir una fecha cívica en una fiesta personal. Una cosa es respetar la historia de una nación y otra muy distinta es adoptar como propia toda interpretación histórica que haya llegado a ser oficial. El 24 de septiembre de 1810 puede ser estudiado, recordado y analizado sin necesidad de convertirlo en objeto de veneración.
El cristiano no tiene que inclinar la cabeza ante los mitos políticos. Debe inclinarla ante Dios. Por eso, si después de estudiar los acontecimientos de 1810 un hombre llega a la conclusión de que no puede celebrar aquella fecha como una «liberación» sin matices, tiene derecho a abstenerse de hacerlo.
Puede recordar. Puede estudiar. Puede rezar. Puede honrar a los muertos. Puede amar a su pueblo. Y puede, al mismo tiempo, decir: «No comparto la interpretación oficial de este acontecimiento.» Eso no es necesariamente odio a la patria. Puede ser, sencillamente, conciencia histórica.
II. NO CONFUNDIR LA PATRIA CON UNA LEYENDA
Hay una tentación muy peligrosa en la vida de los pueblos: confundir el amor a la patria con la obligación de creer todo lo que la propaganda patriótica afirma. Pero una patria no necesita mentiras para ser amada. Santa Cruz no necesita que sus hijos conviertan a todos sus protagonistas históricos en santos civiles. Tampoco necesita que cada acontecimiento del pasado sea presentado como una epopeya sin sombras.
La historia humana es mucho más compleja. Hubo convicciones sinceras. Hubo intereses políticos. Hubo enfrentamientos entre familias y grupos sociales. Hubo fidelidades a la Corona. Hubo adhesiones revolucionarias. Hubo intervención de Buenos Aires. Hubo guerras. Hubo sacerdotes que tomaron posiciones políticas. Hubo campesinos, indígenas, mestizos y hombres humildes que terminaron pagando con su sangre decisiones tomadas muchas veces por hombres poderosos.
Reconocer esa complejidad no destruye a Santa Cruz. La hace más humana. Y precisamente porque la hace más humana, permite verla con mayor verdad.
III. ¿QUÉ HACER EL 24 DE SEPTIEMBRE?
Si un católico decide no participar de la celebración patriótica, eso no significa que deba convertir el día en una jornada de amargura. Puede transformarlo en una jornada de oración. Puede rezar por Santa Cruz. Puede pedir a Dios por sus familias. Puede pedir por los pobres, los enfermos y los abandonados. Puede rezar por quienes gobiernan. Puede pedir por la conversión de quienes viven alejados de Dios. Puede estudiar la historia con seriedad. Puede enseñar a sus hijos que la patria es un bien, pero que la patria terrena no es Dios.
Y puede hacer algo todavía más importante: examinar su propia conciencia.
Porque es muy fácil denunciar los errores del pasado mientras repetimos los errores del presente.
¿De qué sirve condenar el liberalismo histórico si nosotros vivimos como si Dios no existiera? ¿De qué sirve denunciar la corrupción de otros si nosotros somos deshonestos? ¿De qué sirve hablar de Cristo Rey si Cristo no reina en nuestra familia, en nuestras palabras, en nuestro trabajo y en nuestra conciencia? El verdadero combate cristiano comienza dentro del alma.
IV. LA VERDADERA IDENTIDAD CRUCEÑA
Ser cruceño no consiste simplemente en haber nacido en Santa Cruz. Tampoco consiste en desfilar, levantar una bandera o repetir consignas. Una identidad histórica está formada por generaciones. Está formada por familias. Por costumbres. Por lenguaje. Por música. Por fiestas. Por devociones. Por trabajo. Por sacrificios. Y, para una parte fundamental de la historia cruceña, está profundamente vinculada al catolicismo recibido durante siglos de tradición hispánica.
La fe católica no fue un elemento decorativo de aquella sociedad. Estuvo presente en las misiones, en las familias, en las fiestas patronales, en la educación, en la asistencia a los necesitados y en la vida cotidiana. Por eso, un católico cruceño puede mirar con gratitud muchos elementos de esa herencia sin necesidad de convertir la historia española en una historia perfecta.
España tuvo grandezas. España tuvo pecados. Los españoles fueron hombres. Los cruceños también. La Iglesia nunca enseñó que los hombres fueran impecables simplemente por pertenecer a una determinada nación. Pero tampoco debemos aceptar el extremo contrario: imaginar que todo lo anterior a la revolución era oscuridad y que todo lo posterior fue luz. La historia no funciona así.
V. EL REMANENTE FIEL
La palabra «remanente» tiene una profunda resonancia bíblica. En las Sagradas Escrituras aparece repetidamente la idea de un pequeño resto que permanece fiel cuando muchos se apartan. El remanente no es necesariamente el más numeroso. No es el que tiene más poder. No es el que ocupa las plazas. No es el que posee los medios de comunicación.
Es el que permanece fiel. Para un católico, esa fidelidad no consiste en sentirse superior a los demás. Consiste en permanecer junto a Cristo. Puede ser una familia que reza el Rosario. Puede ser un padre que enseña el catecismo a sus hijos. Puede ser una madre que conserva la fe de sus mayores. Puede ser un joven que no tiene vergüenza de declararse católico.
Puede ser un sacerdote que permanece fiel a la doctrina de la Iglesia. Puede ser un anciano que conserva sus devociones aunque el mundo ya no las comprenda. Puede ser también un hombre que, en medio de una celebración colectiva, tiene el valor de decir: «Yo necesito estudiar más antes de repetir lo que todos repiten.»
El remanente no vive de la arrogancia. Vive de la perseverancia.
VI. CRISTO REY POR ENCIMA DE TODAS LAS PATRIAS
Aquí llegamos al centro de todo. Cristo es Rey. No porque una nación lo proclame. No porque un gobierno lo reconozca. No porque una bandera lleve su nombre. Cristo es Rey porque es verdadero Dios y verdadero hombre, Señor de la historia y de toda la creación. Las naciones pasan. Los gobiernos pasan. Las ideologías pasan. Los imperios pasan. Las fronteras cambian. Las estatuas caen. Los hombres que hoy son celebrados mañana son olvidados.
Pero Cristo permanece. Por eso el católico no puede convertir una patria terrena en un absoluto. Puede amar España. Puede amar Bolivia. Puede amar Santa Cruz. Puede amar su familia, su barrio, su lengua y sus tradiciones.
Pero debe amar a Dios por encima de todas esas cosas. «Viva Cristo Rey» no significa convertir la fe en una bandera partidista. Significa reconocer una verdad mucho más profunda: ningún poder humano es absoluto. Ningún Estado es Dios. Ninguna revolución es salvadora. Ningún sistema político puede ocupar el lugar de Jesucristo.
VII. UNA CARTA A UN CRUCEÑO QUE SÍ CELEBRA
Hermano cruceño: Si tú celebras el 24 de septiembre, no te considero mi enemigo. No quiero insultarte. No quiero despreciarte. No quiero arrancarte el amor por tu tierra. Quizá tú recibiste desde niño una determinada interpretación de esta fecha. Quizá tus padres te enseñaron a desfilar. Quizá tus abuelos te hablaron de los próceres. Quizá para ti esta jornada está asociada a recuerdos familiares, a música, a amigos y a la propia identidad de Santa Cruz.
Lo comprendo. Pero precisamente por eso te digo: estudiemos. No tengamos miedo a los documentos. No tengamos miedo a las preguntas difíciles. No tengamos miedo a descubrir que algunos héroes fueron más complejos de lo que nos contaron.
No tengamos miedo a descubrir que algunos realistas tenían razones que hoy no comprendemos. No tengamos miedo a reconocer que hubo intereses económicos, conflictos sociales y luchas de poder. La verdad no destruye la patria. La mentira sí puede hacerlo. Porque cuando una generación descubre que le enseñaron una historia incompleta, puede terminar desconfiando de toda la historia.
Por eso es mejor enseñar desde el principio la complejidad. Puedes amar Santa Cruz sin convertir el 24 de septiembre en una tradición. Puedes honrar a tus antepasados sin canonizar políticamente a todos sus protagonistas. Puedes recordar la independencia sin convertir la revolución en una religión civil. Y puedes ser profundamente cruceño sin dejar de ser profundamente católico.
VIII. NO SE TRATA DE VIVIR MIRANDO HACIA ATRÁS
Pero hay algo más. No podemos pasar nuestra vida entera mirando hacia 1810. La historia debe enseñarnos algo para el presente. Si aquella generación cometió errores, aprendamos. Si hubo hombres que actuaron con valentía, reconozcamos su valor. Si hubo hombres que actuaron movidos por ambición, reconozcamos también ese hecho.
Si hubo sacerdotes que mezclaron indebidamente su ministerio con luchas políticas, aprendamos de ello. Si hubo gobiernos que terminaron sometiendo a la Iglesia, aprendamos a distinguir la legítima autoridad civil de la intromisión del Estado en las cosas sagradas.
La historia no debe convertirse en una cárcel. Debe convertirse en una maestra. Y la gran pregunta ya no es solamente: «¿Qué ocurrió el 24 de septiembre de 1810?»
La pregunta es: «¿Qué clase de hombres queremos ser nosotros en 2026?» ¿Seremos hombres de verdad? ¿Seremos católicos de verdad? ¿Seremos capaces de defender la verdad cuando sea impopular? ¿Seremos capaces de amar nuestra tierra sin adorarla? ¿Seremos capaces de respetar al que piensa diferente? ¿Seremos capaces de enseñar a nuestros hijos la fe sin vergüenza? ¿Seremos capaces de decir, con humildad pero sin miedo: Cristo es Rey?
IX. EL 24 DE SEPTIEMBRE COMO DÍA DE ORACIÓN
Por eso, para quien no quiera festejar esta fecha, existe una alternativa mucho más cristiana que la simple protesta. Rezar. Rezar por Santa Cruz. Rezar por Bolivia. Rezar por las familias. Rezar por los gobernantes. Rezar por los sacerdotes. Rezar por los pobres. Rezar por quienes sufren. Rezar por los muertos de las guerras. Rezar incluso por quienes hicieron cosas que consideramos equivocadas.
Porque el católico no necesita odiar a sus adversarios para defender la verdad. Puede combatir el error sin odiar al hombre. Puede rechazar una ideología sin despreciar a quien la sostiene. Puede estudiar la historia sin convertirla en una guerra interminable entre muertos. Puede decir «no» sin perder la caridad.
X. LA ÚLTIMA PALABRA
Después de once capítulos, podría parecer que todo termina en una acusación. No. Termina en una esperanza. Santa Cruz no está condenada por su pasado. Bolivia no está condenada por su pasado. Ningún pueblo lo está. Los pueblos pueden convertirse. Las familias pueden recuperar la fe. Los hombres pueden volver a Dios. Las generaciones pueden aprender nuevamente a rezar.
Una sociedad puede recordar que la libertad sin verdad termina convirtiéndose en esclavitud. Y un hombre puede descubrir que ninguna revolución, ningún imperio, ningún gobierno y ningún dinero pueden darle aquello que solamente Dios puede darle. Por eso, yo, Richard Marcelo Romero Cossío, cruceño y católico, no necesito odiar a Santa Cruz para cuestionar una celebración.
No necesito renegar de mi tierra para estudiar críticamente su historia. No necesito despreciar a quienes celebran para decidir personalmente no hacerlo. Y no necesito sustituir una leyenda patriótica por otra leyenda.
Necesito la verdad. Y después de la verdad, necesito la caridad. Y por encima de ambas, necesito a Cristo. Porque al final de todas las banderas, de todas las revoluciones, de todos los imperios, de todos los gobiernos y de todas las ideologías, queda una sola pregunta:
¿Quién reina?
Y la respuesta del católico es la misma ayer, hoy y siempre: CRISTO REY.
Por eso, el 24 de septiembre, mientras otros celebren según su conciencia, yo puedo permanecer en silencio, rezar por Santa Cruz y pedir a la Santísima Virgen que conduzca nuevamente a sus hijos hacia su Divino Hijo.
No por odio. No por resentimiento. No por nostalgia política. Sino por amor a la verdad. Por amor a la Iglesia. Por amor a Santa Cruz. Y, sobre todo, por amor a Jesucristo.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! ¡Viva Santa María, Madre de Dios! NON PRÆVALEBUNT.
CAPÍTULO XII
LA HISTORIA DE LA HISTORIA
24 de Septiembre: la historia que casi nadie cuenta – La otra historia del 24 de Septiembre de 1810 – 24 de Septiembre: héroes, mitos y documentos
Qué dicen realmente los historiadores sobre el 24 de septiembre de 1810
Tesis central
Después de recorrer los acontecimientos de 1808 a 1825, queda una última pregunta que no podemos evitar: ¿De dónde viene la interpretación que hoy tenemos del 24 de septiembre? Porque una cosa es lo que ocurrió en 1810 y otra cosa es cómo las generaciones posteriores decidieron recordar aquello que ocurrió.
La historia tiene documentos. Pero también tiene historiadores. Y los historiadores tienen épocas, preocupaciones, métodos y perspectivas.
Por eso, si queremos buscar la verdad sobre el 24 de septiembre, debemos hacer algo que rara vez hace la propaganda patriótica: comparar las interpretaciones. No basta con repetir que el 24 de septiembre fue un «grito libertario». Tampoco basta con sustituir esa expresión por otra y afirmar, sin más pruebas, que todo fue una conspiración internacional.
Hay que volver a los historiadores. Y entre ellos aparecen nombres fundamentales para comprender la historia cruceña:
Gabriel René Moreno. José Manuel Durán Canelas. Humberto Vázquez Machicado. Hernando Sanabria Fernández.
Y, en la historiografía más reciente, autores como Ana María Seoane de Capra, Paula Peña y otros investigadores que han vuelto a estudiar la independencia desde perspectivas sociales, regionales y políticas.
I. GABRIEL RENÉ MORENO: LA MEMORIA DEL MUNDO COLONIAL
Gabriel René Moreno ocupa un lugar fundamental en la historiografía boliviana. Su obra Últimos días coloniales en el Alto Perú sigue siendo una referencia imprescindible para estudiar la sociedad y la política de Charcas en los años inmediatamente anteriores a la independencia. Su importancia para nuestro tema no consiste simplemente en que fuera «realista» o «antirrealista». Lo importante es que permite observar una sociedad mucho más compleja de la que presenta la narración patriótica posterior.
En esa sociedad había criollos fieles a la Corona, funcionarios ilustrados, universitarios influenciados por nuevas ideas, familias divididas y grupos que fueron modificando sus posiciones conforme cambiaban las circunstancias.
El propio estudio de Gabriel René Moreno sobre las familias vinculadas a los protagonistas cruceños permite observar que la adhesión revolucionaria no era necesariamente uniforme dentro de las familias.
Esto es importante: Porque demuestra que la independencia no puede explicarse simplemente como una lucha entre «todos los cruceños» y «España».
Existían conflictos dentro de la propia sociedad. Existían familias divididas. Existían fidelidades distintas. Existían intereses locales. Y existía también una transformación intelectual producida en los centros universitarios de Charcas.
Por eso, Gabriel René Moreno nos ayuda a recuperar algo que la memoria patriótica tiende a simplificar: la sociedad de 1810 no pensaba como una sola persona.
II. JOSÉ MANUEL DURÁN CANELAS Y LA PRIMERA MEMORIA CRUCEÑA
Otro nombre indispensable es José Manuel Durán Canelas. Su Historia de la Independencia de Santa Cruz, publicada en 1888, pertenece a una generación posterior a los acontecimientos. Su obra tiene enorme importancia porque forma parte de la construcción de la memoria histórica cruceña sobre el proceso independentista.
Hay aquí un dato particularmente significativo. Según documentación del siglo XIX estudiada por investigadores posteriores, la primera celebración institucional del 24 de septiembre como efeméride se produjo en 1889, un año después de la publicación de la obra de Durán Canelas. (Red Uno)
Esto no significa que Durán Canelas «inventara» la revolución. Tampoco significa que la celebración de 1889 fuera una falsificación.
Significa algo más interesante:
la memoria pública de una revolución también tiene una historia. Los acontecimientos de 1810 ocurrieron primero. La interpretación historiográfica vino después. Y la transformación del acontecimiento en una gran efeméride cívica fue posterior todavía.
Por eso debemos distinguir entre:
el acontecimiento, la memoria del acontecimiento, y la celebración pública del acontecimiento.
No son exactamente la misma cosa.
III. HUMBERTO VÁZQUEZ MACHICADO: LA FRACTURA SOCIAL
Aquí llegamos a uno de los historiadores más importantes para nuestro estudio. Humberto Vázquez-Machicado ofrece una lectura particularmente interesante porque no presenta la revolución cruceña simplemente como una explosión homogénea del «pueblo».
En su reconstrucción, Antonio Vicente Seoane y sus compañeros eran jóvenes formados en Chuquisaca, influidos por las nuevas ideas. Vázquez-Machicado relata incluso el dramático enfrentamiento generacional entre Antonio Vicente Seoane y su padre, Antonio Seoane de los Santos, funcionario de la Corona. El padre aparece como un hombre fiel al Rey, mientras el hijo regresa de Charcas con ideas políticas diferentes. (Conectorium)
Esto permite comprender que la revolución fue también una ruptura generacional. Y Vázquez Machicado va más lejos. Al describir el apoyo social de la revolución, señala que Seoane y su Junta, pese a pertenecer a la aristocracia ciudadana, no encontraron grandes apoyos dentro de su propia clase, mientras que consiguieron seguidores entre artesanos y campesinos.
También explica que Warnes buscó especialmente el apoyo de las clases bajas y organizó con ellas unidades militares de pardos. (Conectorium) Este punto es fundamental para nuestra investigación. Porque obliga a abandonar una imagen demasiado sencilla.
No podemos decir: «todo el pueblo cruceño se levantó». Pero tampoco sería correcto decir: «nadie apoyó la revolución». Lo que aparece es una sociedad dividida. Una minoría dirigente revolucionaria. Sectores acomodados mayoritariamente vinculados al orden tradicional. Y sectores populares que, en diferentes momentos, participaron activamente en el proceso revolucionario y en la guerra posterior. La revolución, por tanto, tuvo una dimensión social mucho más compleja.
IV. HERNANDO SANABRIA FERNÁNDEZ: LA CRÓNICA DEL PROCESO
Hernando Sanabria Fernández es otro nombre indispensable. Su trabajo como historiador cruceño contribuyó enormemente a reconstruir la secuencia de los acontecimientos. La historiografía que sigue esta línea presenta el 24 de septiembre como un levantamiento producido después de la llegada de los emisarios de Charcas y de Eustaquio Moldes, enviado desde el espacio revolucionario rioplatense.
Según esta reconstrucción, Seoane y Lemoine habían trabajado previamente en la difusión de las ideas revolucionarias y consiguieron la adhesión de Antonio Suárez. Posteriormente llegó Moldes con la misión de acelerar el movimiento. (Conectorium) Aquí aparece un dato que debemos conservar: el movimiento cruceño no nació en un vacío.
Estaba conectado con acontecimientos mayores: Chuquisaca en 1809. Buenos Aires en mayo de 1810. Las campañas militares del Río de la Plata. Y las luchas políticas dentro de la Audiencia de Charcas. Por tanto, hablar de un proceso puramente local resulta insuficiente. Pero también sería insuficiente reducirlo a una simple orden recibida desde Buenos Aires.
Existieron actores locales. Existieron intereses locales. Existieron conflictos locales. Y existió una decisión concreta tomada en Santa Cruz.
V. LA HISTORIOGRAFÍA RECIENTE: DEL HÉROE AL PROCESO
La historiografía más reciente ha introducido una transformación importante. Ya no se estudia la independencia únicamente como una sucesión de grandes héroes. Se estudian también: las instituciones; las comunidades; los indígenas; los afrodescendientes; los campesinos; las redes familiares; los intereses económicos; las jurisdicciones;
las relaciones entre Charcas, Lima y Buenos Aires; y las diferentes formas de participación política.
Ana María Seoane de Capra, por ejemplo, ha estudiado el proceso de independencia de Santa Cruz precisamente desde la tensión entre los intereses locales y un proyecto político más amplio. Su trabajo fue publicado en Reescrituras de la Independencia: Actores y territorios en tensión, obra colectiva dedicada a revisar las interpretaciones tradicionales del proceso. (Revista de Indias)
Esto resulta especialmente importante.
Porque la nueva historiografía no obliga a elegir entre dos caricaturas: «fue una gloriosa revolución popular» o «fue únicamente una conspiración extranjera».
La realidad histórica puede ser más incómoda: hubo proyectos locales; hubo influencia de Charcas; hubo conexión con Buenos Aires; hubo conflictos sociales; hubo intereses económicos; hubo actores populares; hubo fidelidades realistas; y hubo posteriormente una guerra prolongada.
VI. EL PUNTO QUE NUESTRA PROPIA TESIS DEBE CORREGIR
Aquí debemos ser intelectualmente honestos. En los capítulos anteriores hemos utilizado expresiones fuertes como: «agentes de Buenos Aires», «operación externa», «golpe revolucionario», «minoría que impuso la revolución», «red masónica», «capital londinense». Algunas de esas expresiones pueden servir como interpretaciones.
Pero no todas pueden presentarse como hechos demostrados con el mismo grado de certeza. Por ejemplo: Está documentada la presencia de Eustaquio Moldes y su vinculación con la Junta de Buenos Aires. Está documentada la influencia de los movimientos de Chuquisaca sobre Seoane y Lemoine. Está documentado que la Junta de 1810 se alineó con el movimiento revolucionario que tenía su centro político en Buenos Aires.
Pero afirmar que todos los miembros de la Junta eran «agentes» de Buenos Aires exige una demostración adicional. Del mismo modo, la existencia histórica de masones entre algunos protagonistas de las independencias hispanoamericanas no demuestra por sí sola que la masonería dirigiera el 24 de septiembre de 1810.
Y la existencia de préstamos británicos durante las guerras de independencia no demuestra automáticamente que Londres hubiera diseñado el levantamiento cruceño. La diferencia entre estas afirmaciones es fundamental.
Una cosa es decir: «existieron conexiones». Otra: «esas conexiones fueron decisivas». Y otra, mucho más fuerte: «sin esas conexiones el acontecimiento no habría ocurrido».
La última afirmación necesita pruebas específicas.
VII. LO QUE SÍ PODEMOS AFIRMAR CON SEGURIDAD
Después de comparar las distintas corrientes historiográficas, podemos establecer varios puntos con bastante seguridad.
Primero: El 24 de septiembre de 1810 no fue un acontecimiento aislado.
Estuvo relacionado con el ciclo revolucionario iniciado en Charcas en 1809 y con la Revolución de Mayo de 1810. (Conectorium)
Segundo: Antonio Vicente Seoane y Juan Manuel Lemoine estuvieron vinculados al ambiente revolucionario de Charcas.
Tercero: Eustaquio Moldes llegó desde el espacio revolucionario rioplatense y participó en el proceso cruceño.
Cuarto: Antonio Suárez se incorporó al movimiento y pasó a formar parte de la Junta.
Quinto: José Andrés Salvatierra fue uno de los protagonistas de la Junta revolucionaria.
Sexto: la sociedad cruceña no reaccionó de manera uniforme. Existieron realistas, revolucionarios y posiciones cambiantes.
Séptimo: la guerra posterior involucró ampliamente a sectores populares. Vázquez-Machicado destaca la participación de campesinos y trabajadores en las fuerzas de Mercado. (Conectorium)
Octavo: la memoria pública del 24 de septiembre se consolidó mucho después de los acontecimientos de 1810, y la primera celebración institucional de la fecha está documentada para 1889. (Red Uno)
VIII. LO QUE DEBE QUEDAR COMO HIPÓTESIS
También hay afirmaciones que debemos mantener abiertas. ¿Fue Buenos Aires el verdadero director de toda la operación? La documentación demuestra influencia y conexión, pero eso no permite reducir toda la iniciativa local a una simple orden porteña.
¿Fue la masonería la infraestructura indispensable del movimiento? Es posible documentar vínculos masónicos en determinados círculos independentistas, pero demostrar una cadena masónica específica que conecte directamente a cada protagonista del 24 de septiembre requiere pruebas individuales.
¿Fue Londres el verdadero financiador de la revolución cruceña? El papel británico en el financiamiento de determinados movimientos independentistas y en la apertura comercial posterior está ampliamente estudiado, pero no debemos proyectar automáticamente esos procesos sobre Santa Cruz sin documentación específica.
¿La independencia significó simplemente sustituir la dependencia española por la británica? Es una interpretación estructural posible, pero necesita distinguir entre influencia comercial, dependencia financiera, relaciones diplomáticas y soberanía política.
La historia seria no teme decir: «esto todavía no está demostrado».
IX. UNA CONCLUSIÓN MÁS FUERTE POR SER MÁS PRUDENTE
Y aquí llegamos a algo importante. La prudencia histórica no destruye nuestra tesis. La fortalece. Porque nuestra crítica al relato tradicional no necesita inventar una conspiración.
Los propios historiadores nos permiten formular preguntas suficientemente profundas. El 24 de septiembre fue realmente una ruptura política. Pero no fue una ruptura producida por una sociedad homogénea.
Fue un proceso protagonizado inicialmente por determinados sectores de la sociedad cruceña, conectado con los movimientos revolucionarios de Charcas y del Río de la Plata, y posteriormente transformado en una guerra que involucró a sectores mucho más amplios de la población.
Eso es bastante más interesante que una leyenda. Y también es bastante más humano.
X. NO NECESITAMOS FABRICAR UNA CONTRAHISTORIA
Si este libro quiere defender la verdad, debe evitar cometer el mismo pecado que critica. No debemos sustituir una leyenda patriótica por una leyenda antipatriótica.
No debemos convertir a los próceres en santos. Pero tampoco convertirlos automáticamente en demonios. No debemos convertir a todos los realistas en héroes.
Ni a todos los revolucionarios en traidores. Debemos estudiar. Debemos comparar. Debemos citar. Debemos distinguir. Y cuando el documento permite afirmar algo, afirmarlo.
Cuando el documento solamente permite plantear una posibilidad, decir que es una posibilidad. Eso es mucho más poderoso que una acusación absoluta.
XI. EL VERDADERO VALOR DE LA HISTORIA
Después de estudiar a René-Moreno, Durán Canelas, Vázquez-Machicado, Sanabria y la historiografía posterior, queda una conclusión fundamental: Santa Cruz no necesita una historia simple. Necesita una historia verdadera. Una historia donde aparezcan los revolucionarios y los realistas. Los letrados y los campesinos. Los sacerdotes y los militares.
Los indígenas y los afrodescendientes. Los hombres que miraban hacia Charcas. Los que miraban hacia Buenos Aires. Los que permanecían fieles al Rey. Y los que comenzaron a imaginar una nueva organización política. Porque todos ellos forman parte de nuestra historia. Y precisamente porque todos ellos forman parte de ella, nadie tiene derecho a convertirla en una caricatura.
XII. EL ÚLTIMO PRINCIPIO
Yo, Richard Marcelo Romero Cossío, no necesito decir: «Todos los historiadores están equivocados.» Tampoco necesito afirmar: «Mi interpretación es la única posible.»
Digo algo más sencillo: Leamos. Leamos a Gabriel René Moreno. Leamos a José Manuel Durán Canelas. Leamos a Humberto Vázquez Machicado. Leamos a Hernando Sanabria Fernández. Leamos a los historiadores contemporáneos.
Leamos los documentos. Comparemos las versiones. Y después de haber leído, tengamos el valor de pensar. Porque un pueblo que no conoce su historia puede ser conducido fácilmente por cualquier relato.
Pero un pueblo que conoce sus fuentes puede mirar su pasado sin miedo. El 24 de septiembre puede seguir siendo una fecha histórica. Puede seguir siendo una fecha cívica.
Puede seguir siendo recordada por quienes la consideran el inicio de la emancipación cruceña. Pero nadie debería exigir que un católico, después de estudiar estos documentos y estas interpretaciones, abandone su conciencia para repetir una fórmula oficial. La verdad histórica no pertenece a un partido.
No pertenece a una bandera. No pertenece a una ideología. Y tampoco pertenece a nosotros. La verdad debe ser buscada.
Y cuando la encontramos, aunque sea parcialmente, debemos recibirla con humildad. Porque solamente quien ama la verdad puede decir verdaderamente que ama su tierra.
Y para nosotros, por encima de toda patria terrena, permanece la única realeza que no pasa:
CRISTO REY.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción! NON PRÆVALEBUNT.






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